Economía, de todo lo que no se habla



Por Gabriela Origlia

Argentina's economics minister, Axel KicillofPor estos días los candidatos presidenciales con más chances de ganar y sus equipos económicos desfilan por todo escenario empresario que se les presente. En Córdoba, en las últimas semanas, pasaron casi todos. Un dato clave es que el diagnóstico no difiere abismalmente entre los postulantes, más allá de la pirotecnia verbal que nunca falta en épocas de campaña.
Hay muchas promesas con las cuales –nadie en su sano juicio- podría estar en desacuerdo. Bajar la inflación, atraer inversiones, mejorar el poder adquisitivo, copar mercados con productos argentinos, reducir la presión impositiva. Son sólo algunas, las más relevantes, de las que se escuchan a diario.
La inquietud es el cómo. Como corresponde a cualquier candidato que se precie, hay palabras y conceptos que se evitan decir. Ajuste y devaluación son, en ese sentido, las estrellas en el vocabulario económico argentino. En su lugar se echa mano a términos como reacomodamiento, reordenamiento, ganancia de competitividad o mejora del tipo de cambio.
En un país –como la Argentina- acostumbrado a vivir en una montaña rusa económica quienes escuchan esos términos hacen la traducción inmediata. Y no sólo en función de qué se quiere decir, sino que se actúa en consecuencia con lo que se proyecta va a pasar. ¿Si no se descontara que habrá una devaluación, por qué tanto apetito por el dólar ahorro? ¿Si no se creyera que el dólar está barato en relación a otros bienes y servicios, por qué comprar pasajes internacionales con medio año de anticipación?
Claro que esas medidas las toman quienes tienen cierta capacidad de ahorro. Pero cada cual actúa a su medida. El que no consigue autorización de la Afip elige un producto en 12 cuotas. Sabe que así le ganará a la inflación. El que está en el medio de la escalera, compra un auto. Porque –rara avis el argentino- cree que ahorra en un bien que pierde valor ni bien empieza a rodar. Cada cual se cubre a su manera.
Es que no hace falta una maestría económica en Harvard para advertir que si hay un dólar oficial a nueve pesos y uno paralelo a 16 pesos seguramente algún valor en el medio terminará siendo el que gane. Ningún empresario cree que sólo con medidas indirectas (como reducir retenciones o bajar carga impositiva) se pueda ganar competitividad. Se ven venir una devaluación.
El cuánto y el cuándo son las dudas. Por eso se multiplican los debates económicos con el título “shock o gradualismo”. Cuál será el camino sólo lo sabe el que decidirá. Tal vez no lo diga para no espantar votantes.
Así, mientras adentro del país unos compran en los planes más largos que consiguen y otros no venden esperando a ver qué hace el que llegue a la Rosada, afuera también esperan. Ahí está buena parte de la “lluvia de dólares” de la que hablan varios candidatos. Que el diluvio empiece no es una cuestión de calendario. No esperan el 11 de diciembre y un cambio de nombres. Monitorearán señales, intentarán ver para dónde va el que desembarca en el poder.
El frente externo hoy no es el mismo que el de hace un año ni cinco. No sólo Brasil devalúa y no reacciona en sus niveles de actividad. China y Rusia, dos aliados comerciales y políticos de la Argentina, se desaceleraron. Las materias primas bajaron sus precios y las proyecciones no marcan un salto en el corto plazo. El viento de cola dejó de soplar.
No hay fondo anti cíclico. Nadie pensó en el que le sigue. Se gastó lo que había y también a cuenta. La herencia no es explosiva pero tampoco fácil de gestionar. Como siempre, las decisiones que se instrumenten implicarán un costo político. Ese es el costo que los candidatos –con lógica- quieren evitar empezar a pagar antes de asumir.
Para el shock hace falta mucho poder y también la percepción social de una crisis inminente. Sino la gente no soporta una cirugía mayor. Para el gradualismo el reloj apura. Hay sectores que necesitan soluciones urgentes para no seguir hundiéndose. El economista Ricardo Arriazu asegura que es posible una combinación. Los consumidores la prevén. Los candidatos guardan el secreto.