Divergentes



Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustra guitarra rompiendo bandera inglaterraPor un lado están los hechos que suceden y por el otro están las crónicas que los registran. Desde siempre, para relatar algo y hacerlo comprensible a quienes siguen ese relato, se ha apelado a diversos recursos retóricos, que muchas veces más que aportar a la fidelidad de la descripción, lo que hacen es desvirtuar todo. Y lo que termina ocurriendo es que una realidad anárquica se convierte, por obra y gracia de las teorizaciones, en un esquema perfectamente organizado, donde cada elemento responde a una lógica irrefutable.
En el caso de la ciencia, estas categorías para encasillar los acontecimientos se respaldan en una estructura de pensamiento probada y sistematizada a lo largo del tiempo. Pero cuando el periodismo es el que se obstina en establecer ese organigrama, lo hace desde la urgencia propia de sus procedimientos para producir la información. Y, sin embargo, esos rótulos inventados por la prensa suelen ser aceptados sin remilgos y se eternizan en el tiempo sin que nadie cuestione su pertinencia. No pocos de ellos ingresan después en los libros de historia, para legitimarse de esa forma y perpetuarse entre las nuevas generaciones, que se anotician del pasado a través de esos textos.
En la crítica cultural, se ha adoptado la modalidad de estudiar la evolución del arte a través de movimientos, de camadas de artistas que suelen compartir una circunstancia espaciotemporal, pero por sobre todo tienen en común una manera de elaborar y presentar sus obras. Desde épocas pretéritas, esta categorización ha servido para catalogar estilos musicales, pictóricos, literarios o arquitectónicos, mediante casilleros que a veces abarcan a varios géneros y que en otras ocasiones se limitan a uno o dos. Este método de abordaje de un corpus tan heterogéneo como la cultura, permite realizar generalizaciones sobre algo personalísimo: las creaciones artísticas.
Puesta en esta tarea, y con el horario de cierre pendiendo sobre sus espaldas, la prensa de rock se ha doctorado en maquinar todo tipo de rotulaciones, que agrupan a gente con inquietudes aparentemente similares en su forma de encarar una manera particular de hacer música. Existe una abrumadora cantidad de ejemplos que muestran lo acertadas que han sido estas clasificaciones a lo largo de los últimos cincuenta años. Pero también se puede encontrar un indisimulable cúmulo de errores en esa decisión de agrupar, sin demasiados argumentos, a intérpretes que suenan parecidos entre sí, o que coinciden en lo que dicen sus letras.
Al dialogar con la prensa, a su paso por Córdoba, el bajista de la banda inglesa Blur, Alex James, expresó su desagrado ante el estilo “britpop” dentro del que se incluye a su banda, y calificó a esa categoría como “un invento de los periodistas”. En palabras de un miembro de una de las principales formaciones de ese movimiento surgido en las Islas Británicas en la primera mitad de los años noventa, el “britpop” no existió. O, por lo menos, habría que poner en duda que Blur tenga algo en común, más allá de la contemporaneidad, con grupos como Oasis, Pulp o Suede.
En todo caso, el demoledor concierto que brindó Blur el sábado pasado en la Plaza de la Música, fue la mejor desmentida: en 120 minutos, la banda atravesó por todos los climas, todos los ritmos y todas las sonoridades, dejando en claro que nada (mucho menos aún los estrechos márgenes estilísticos) puede ponerle límites a su talento para expresarse artísticamente. Otra vez, la inclinación periodística hacia el encasillamiento se ha revelado como inútil. Sólo sirvió, hace un cuarto de siglo, para denominar a un conjunto de bandas que luego fueron exhibiendo más divergencias que convergencias, según pasaron los años.