Fraude y status quo

Por Gonzalo Neidal

tucumn-marcelo-caponi_429300Entre otros importantes y deplorables, el kirchnerismo nos está dejando dos legados muy vinculados entre sí.
Uno es la reintroducción del fraude en los comicios. El ingenio humano es asombroso según se ha hecho evidente. Se han puesto de manifiesto decenas de recovecos por los cuales se puede filtrar la trampa en los comicios. Algunos de estos modos son insólitos e inéditos. Los votos de muertos se conocen desde los años treinta. Los votos de extranjeros que se trasladan ad hoc es una novedad. Las sumas mal hechas, las actas trampeadas, los telegramas que no coinciden con las actas, el reemplazo de urnas y muchas más, son prácticas difundidas en la última década.
Pero también, a contrario sensu, la trampa grotesca abre las puertas a una modificación del sistema electoral a fines de hacerlo invulnerable a las maniobras o, cuanto menos, bastante más sólido de lo que resulta ahora.
El caso de Tucumán, que incluye urnas quemadas, ha llegado a su fin: la Corte Suprema provincial ha resuelto que el ganador de los comicios es el candidato oficialista Juan Luis Manzur. Fin de la discusión por el momento.
Pero además, es lo que le conviene a la oposición. Hay que aceptar la derrota electoral y judicial. Hay que aceptar un hecho que es evidente aunque pueda ser doloroso para una ancha franja de la oposición: el peronismo es mayoría (a veces clara mayoría) en el grueso de las provincias del interior más postergado. Con fraude o si él, es mayoría.
Provincias del NOA y del litoral ven en el peronismo su representación política desde tiempos inmemoriales. En cualquiera de sus variantes: con Menem o con Kirchner. Siempre y cuando ocupen el poder, claro. La dependencia del poder de provincias tales como La Rioja, Santiago del Estero, Catamarca, Formosa y varias más es tan abrumadora que es impensable desde allí una rebelión federal 200 años después de aquellas que alimentan los textos de historia revisionistas.
Si aparece algún gobernador radical, enseguida el cooptado por el oficialismo nacional si éste fuera peronista. Las buenas migas de Menem con Alfonsín en tiempos en que el riojano era gobernador y el bonaerense presidente, son otra muestra de una dependencia estructural que atraviesa todos los tiempos.
Esas provincias son dóciles dominios feudales embebidos de clientelismo. Es el sistema aceptado por todos: gobernantes y votantes. Al menos en una mayoría importante.
Provincias que viven no de sus propias producciones sino de las arcas federales, en parte a través de la coparticipación, en parte por transferencias directas del gobierno nacional, cuyo negocio es asegurarse los votos de los diputados y senadores de cada una de esas provincias.
Es una sociedad congelada, en lo esencial, desde hace dos siglos. O más. Y que no cambiará sino por una transformación productiva profunda que haga del mísero sueldo del empleo público, un mal negocio.
De tal modo, el clientelismo, la dádiva, el estilo feudal, la baja calidad institucional, son los condimentos esenciales del status quo provincial, que sólo cesará con décadas de inversiones transformadoras que lleven la lógica y la dinámica del mercado a cada rincón provincial.
Y al revés: el dinamismo en esas provincias se concentra en las grandes ciudades, principalmente en la clase media, en la gente que de un modo u otro está inserta en el aparato productivo y se siente sofocada por el quietismo estéril de la larga siesta provinciana.
En otras palabras: la práctica del fraude electoral –que es preciso erradicar, por supuesto- tiene en estos casos una índole confirmatoria de una realidad que existe desde hace décadas y que es funcional a la clase política local y también a anchas franjas de un electorado recostado sobre el empleo público y el presupuesto nacional.
Pero lo de Tucumán puede servir para encarar una gran transformación en el sistema de votación, que limite al máximo las posibilidades de fraude electoral y que impida la existencia de prácticas clientelistas. El voto a través de boleta electrónica, como se practica para elecciones locales en la Ciudad de Buenos Aires y en Salta, o la boleta única, que se utiliza en Córdoba, son opciones valederas y significarían un gran avance para dotar de transparencia al sistema electoral.
Pero para eso tiene que existir, claro, una voluntad mayoritaria en la clase política argentina. Y no está del todo claro que así sea.