Mitos presidenciales

Por Federico Moughty
Lic. Ciencia Política (UBA)

presidentes (1)De cara a las elecciones presidenciales de este año, y ante la incertidumbre que inevitablemente genera el futuro, se recurre al pasado para encontrar patrones. Pero en Argentina es difícil encontrarlos, porque ha habido muchas discontinuidades institucionales que hacen difícil cualquier comparación. En base a eso, muchos hacen comparaciones con patrones arbitrarios. Yo también voy a hacerlas, pero acotando un poco la arbitrariedad.
Pensemos en algo que se suele decir: ningún gobernador de la Provincia de Buenos Aires fue electo presidente post Don Bartolomé Mitre (hasta Eduardo Alberto Duhalde), o ninguno nunca por voto popular. Ahora, ¿cuántos presidentes habían sido antes gobernadores?
Los primeros presidentes de Argentina desde 1853 (incluso de aquella “Argentina incompleta” cuando Buenos Aires no formaba parte) habían sido antes mayoritariamente gobernadores. Es decir, Justo José de Urquiza fue Gobernador de Entre Ríos (y “de facto” de Buenos Aires), Santiago Derqui “de facto” en tanto interventor en Santa Fe y San Juan, Juan Esteban Pedernera lo fue de San Luis y Bartolomé Mitre de Buenos Aires.
Desde entonces, hasta Carlos Saúl Menem, solo un presidente electo había sido antes gobernador electo (Miguel Juárez Celman, por Córdoba). José Figueroa Alcorta (presidente desde 1806) fue electo vicepresidente (de Manuel Quintana) habiendo sido antes gobernador de Córdoba. Fueron presidentes habiendo sido antes gobernadores Domingo Faustino Sarmiento, que fue gobernador de facto de San Juan, como Jorge Rafael Videla un siglo más tarde lo fue de facto de Tucumán. Desde 1874 hasta 1989 ser gobernador no era un buen camino para llegar a la presidencia. Hubo notables varios, ministros, pero esencialmente militares. Claramente la mejor trayectoria potencial hacía la presidencia incluía el Colegio Militar.
Desde 1989 hasta la actualidad todos los presidentes, incluso los provisionales, fueron gobernadores antes (Carlos Saúl Menem, Fernando De la Rúa en tanto Jefe de Gobierno de la CABA, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saa, Eduardo Alberto Duhalde y Néstor Carlos Kirchner) salvo por Eduardo Camaño y Cristina Elisabet Fernández de Kirchner. Como ya se ha dicho y está claro en la evidencia, ser gobernador parece ser el mejor (y casi único) camino para llegar a la presidencia en estos tiempos y la más clara excepción era consorte.
Plantear “ningún gobernador de la PBA deviene presidente” esconde el “casi ningún gobernador devino presidente desde 1868 hasta 1989”. Y dado que desde 1989 ser gobernador es condición “conveniente” para ser presidente, para quien pertenezca políticamente a la Provincia de Buenos Aires ser su gobernador (o ser consorte presidencial) tal vez sea el único camino.
En cuanto a la provincia de Buenos Aires, y viendo lo sucedido desde 1983 a la fecha, Alejandro Armendáriz era intrascendente, Antonio Cafiero perdió la interna, Eduardo Alberto Duhalde llegó a presidente por la vía de la Asamblea Legislativa, Carlos Federico Ruckauf huyó como rata por tirante, Felipe Solá sigue a su modo en carrera y Daniel Osvaldo lo está intentando. Con lo cual eliminarle chances a Daniel Osvaldo porque “ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires llegó a presidente” es sumamente débil como hipótesis.
Descreditado el mito, y de cara a la posibilidad de que Daniel Osvaldo suceda a Cristina Elisabet, el tema es qué pasa si llega. Eso nos lleva a otro mito sobre las sucesiones en sentido estricto, o específicamente a las sucesiones de “no ruptura”. Se suele sostener que quien hereda el poder se enfrenta o anula a quién heredó. Pero clasificando las sucesiones presidenciales, nos encontramos con que la realidad es mucho más diversa.
Hay sucesiones “de ruptura”, porque hay un cambio de régimen y asume un opositor a este. En sentido estricto en 1862, 1916, 1930, 1943, 1955, 1958, 1963, 1966, 1973a, 1976, 1983. O sucesiones porque dentro de un régimen democrático gana un partido de oposición (1989, tal vez 1999). Esto último sería el caso si gana Mauricio, o Sergio Tomás (o Margarita o Nicolás del Caño) pero dejo que otro lo analice.
Y hay sucesiones institucionales no electorales porque muere o renuncia el presidente (1861, 1890, 1895, 1906, 1914, 1942, 1943b, 1944, 1955b, 1962, 1970, 1971, 1973b, 1981, 1982, 2001a, 2001b, 2001c, 2002). Muchas de ellas han sido un golpe de palacio, lo que implica un cambio en la coalición gobernante. Incluso muchos vicepresidentes asumen como ruptura de la coalición del presidente saliente (aunque no siempre, dice María Estela) pero esencialmente no fueron electos para el cargo (sea en un territorio constitucional o no) lo que implica una lectura más micro y más arbitraria.
Deberíamos además excluir los extraños casos de “vuelta del líder”, es decir las presidencias de Julio Argentino Roca en 1898, Hipólito Yrigoyen en 1928 y de Juan Domingo Perón en 1973.
El residual (1860, 1868, 1874, 1880, 1886, 1892, 1904, 1910, 1922, 1932, 1938, 1946 si quieren, 2007) puede organizarse en tres grandes grupos:
1. Los rebeldes sin causa. Pocos y escasos lusers: Santiago Derqui en 1860, Miguel Juárez Celman en 1886 e incluso Hector Cámpora en 1973 y fuera de programa Fernando De la Rúa en 1999 (era la oposición partidaria, ¿no era la apuesta del presidente en ejercicio?).
2. Los rebeldes con causa. Pocos y notables güiners: tal vez Julio Argentino Roca en 1880, Nestor Carlos Kirchner en 2003, con cambio de régimen incluido Juan Domingo Perón en 1946 y Agustín Pedro Justo en 1932.
3. Los sucesores que no se rebelaron: Domingo Faustino Sarmiento en 1868, Nicolás Avellaneda en 1874, Luis Saénz Peña en 1892, Manuel Quintana en 1904, con sus cuitas Roque Saenz Peña en 1910, Marcelo Torcuato como referencia de la continuidad en 1922, Roberto Marcelino Ortiz en 1938 y Cristina Elisabet en 2007.
Es decir, hay aquellos poquitos que se rebelaron contra aquellos de quienes heredaron el poder pero lo que consiguieron fue romper la coalición electoral y la estabilidad política y económica. Empezó Santiago Derqui, siguió Miguel Juárez Celman y en nuestra memoria más cercana lo hicieron Héctor Cámpora y tal vez Fernando De la Rúa. No parece un buen camino.
Hay quienes se rebelaron y consiguieron armar sus propias coaliciones y sus propios equilibrios.
Ese es el panteón. Julio Argentino Roca lo comenzó, en entornos mas cuestionables desde la ilegitimidad electoral (Agustín Pedro Justo) y de inicio (Juan Domingo Perón) la patria fue refundada (o al menos el Estado fue refundado) en el siglo XX y una vez más Néstor Kirchner lo logró en el cambio de siglo.
Pero también están los que fueron por la continuidad. Marcelo Torcuato era el ejemplo hasta Cristina Elisabet, que asumió siendo Cristina Alvear Duarte y deja el gobierno siendo Cristina Yrigoyen Perón. Cristina Yrigoyen Perón de Kirchner, obvio.
Como se ve, los hombres (y las mujeres) hacen su historia en su contexto. Pero parece lógico que las posibilidades de Daniel Osvaldo de triunfar en una elección nacional no están acotadas por ninguna maldición y que sus opciones de cara a cómo resolver la herencia son variadas.
Si gana, la historia parece indicarle que lo más sabio es apostar a la continuidad. Ser conservador de lo ganado. Los que “rompen” con su herencia a hierro matan o mueren, pero han sido los menos en su conjunto y los ganadores han sido una excepción.
Todo es posible y la historia la escriben los que ganan, pero si Daniel Osvaldo gana debería hacerlo siendo Fernández de Kirchner y conseguir, más desde la continuidad que desde la ruptura, contener a su coalición que más o menos integre al PJ y entregar el gobierno en 2019 o 2023 siendo Kirchner de Menem, o Perón de Kirchner o alguna cosa similar. Ser Daniel Osvaldo Derqui De la Rúa no parece la opción más inteligente. Y ser Daniel Osvaldo Scioli así nomás a secas, sugiere apostar a un subirse a un panteón que la historia argentina ha demostrado esquivo.

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