Un momento de felicidad PRO no homologable



Por Pablo Esteban Dávila

p07-1Como aquellos porteños que, a comienzo del siglo XX, visitaban las sierras de Córdoba buscando aire puro y alivio a sus dolencias, Mauricio Macri viajó anoche a Villa Allende para oxigenar su campaña presidencial. La victoria de Eduardo “gato” Romero le proporcionó –finalmente– un motivo de festejo para una estrategia que, por ahora, le ofrece módicos resultados.
Primero, el PRO se había apresurado a considerar a Santa Fe como un triunfo indubitable. El pronóstico falló por milésimas. Luego cifró grandes esperanzas en la mega alianza opositora que, contra natura, consiguió estructurar en la provincia de Córdoba. El resultado fue magro. Finalmente, esperaba deslumbrar al país político con un triunfo rotundo en su bastión, la Ciudad de Buenos Aires, pero la victoria fue tan ajustada que muchos la tildaron de pírrica.
Esta sucesión de infortunios aconsejaron al líder del PRO a explicitar, por primera vez, algunas de sus ideas políticas en caso de ocupar el sillón de Rivadavia. Sorprendentemente, resultaron bastante parecidas a las del kirchnerismo. Esta constatación desorientó a muchos de sus simpatizantes. Algunos, como el popular conductor Mario Pereyra, manifestaron su desconcierto a viva voz, visiblemente contrariados por estas primeras certezas ideológicas. Otras personas, honestamente macristas, deben haber sentido sensaciones similares.
El oficialismo nacional, previsiblemente, se restregó las manos con satisfacción. El razonamiento fue sencillo: si el principal enemigo del modelo termina coincidiendo con algunos de sus pilares fundamentales (Aerolíneas e YPF estatales y Fútbol para Todos, por ejemplo) significa que sus críticas son superficiales, meras cuestiones de detalle. Para el kirchnerismo, Macri se ha plegado a la amplia miríada de opositores que sólo quieren retoques a las grandes políticas ya establecidas; poca cosa para ser presidente.
Con estos contratiempos como telón de fondo, no resultó extraño que el jefe de gobierno festejara con enjundia la segunda intendencia del PRO en la provincia. La diferencia de más de diez puntos entre Romero y Héctor Colombo, el derrotado intendente justicialista, justificó con creces la felicidad amarilla.
El resultado, además, pareció ratificar dos conceptos muy maltratados dentro el campamento macrista: el recurso a los famosos y la estrategia “PRO pura”. Por un lado, el expediente de recurrir a otro conocido deportista como mascarón de proa demostró que, en ciertos contextos, este tipo de atajos no políticos pueden funcionar para ganar una elección aunque, como siempre, subsiste la duda sobre si servirán para consolidar una fuerza que, por el momento, no acierta a producir cuadros políticos en calidad y cantidad suficientes. Por el otro, el hecho que se haya prescindido del resto de los aliados de Juntos por Córdoba (la UCR postuló a un ex intendente también en soledad) parecería mostrar que el PRO posee una potencialidad autónoma que excede la intención de voto que ostenta su líder en esta fase electoral.
Sin embargo, nadie debería apurarse en certificar la validez de las recomendaciones aislacionistas de Jaime Durán Barba en base a los resultados de Villa Allende. No sólo porque la imagen de un golfista de origen humilde y fama internacional es irrepetible en la mayoría de las ciudades argentinas sino porque, sociológicamente, esta ciudad es absolutamente afín con el estilo y estética del macrismo. Si existía una comunidad en donde el PRO podía triunfar era, precisamente, Villa Allende. Estas particularidades hacen que sea difícil extrapolar el resultado hacia la realidad nacional, de la misma manera que nadie se atrevería a hacerlo desde las tendencias electorales de Belgrano “R” en la Capital Federal.
Como fuere, este es el único festejo que tendrá Macri antes de las elecciones PASO y, razonablemente, intentará nacionalizarlo. El resto de los presidenciables le restará importancia, deslizando que simplemente confirma cuál es la base política del PRO. José Manuel de la Sota mostrará la victoria del peronismo en Colonia Caroya como la contracara de lo sucedido en las sierras chicas, y todo seguirá más o menos igual. No habrá una alteración de las tendencias debido a esta elección.
Con todo, es posible que Macri utilice la victoria de Romero como una oportunidad de corregir alguno de sus yerros. Ayer, en el matutino La Nación, se aseguraba que el líder del PRO había entendido que “tiene que abrirse” a sus aliados y abandonar la posición solipsista que, en forma deliberada, ha cultivado en los últimos tiempos y profundizado desde el anuncio de Gabriela Michetti como compañera de fórmula. Siempre es mejor mostrar una cara más amable frente a los socios desde un triunfo que hacerlo desde un traspié, pues es un hecho que la magnanimidad paga más que la soberbia.
Los antecedentes, sin embargo, no ayudan. El macrismo ha sido una máquina en el arte de ningunear a potenciales aliados y cortarse solo. Si, en adelante, utilizara el triunfo de Villa Allende para mostrar un estilo diferente sería una señal inequívoca que también es una fuerza con capacidad de aprender. ¿Demostrará el PRO una capacidad –hoy desconocida– de ir más allá de sus cantinelas del cambio e introducir novedades políticas dignas de tal nombre? La oportunidad la tiene; hay que ver si es digno de ella.