Del frente electoral a la coalición de gobierno

Por Mariano Pica
@_astier

p10-1La polémica mediática en torno al balotaje porteño nace de la incomodidad que nos producen los acuerdos políticos, que dependiendo de la circunstancia histórica en que se imaginan o finalmente se establecen, toman, a la luz de la opinión pública, básicamente dosformas: una es desconfiada y asimila acuerdos con pactos espurios, la otra es ansiosa y ve los acuerdos como una oportunidad imperdible de vencer a un otro poderoso, sin detenerse a pensar en lo queda más allá de la elección. Hoy estamos, claramente, parados sobre esta última. Y la ansiedad lleva a exabruptos como los cometidos por algunos dirigentes y no menos formadores de opinión durante esta semana, en referencia a la contradicción y el riesgo que implicaría -de acuerdo a esta mirada cargada de ansiedad- la competencia en balotaje entre Rodríguez Larreta y Lousteau. Que perjudica las aspiraciones de Macri, dicen.
Esta dificultad para imaginar y comprender futuros escenarios políticos no es producida por una formación defectuosa de nuestros políticos y ciudadanos, ni tampoco es que se trate de mala predisposición democrática. Existe en la Argentina un diseño institucional que no exige ni motiva a la formación de ese tipo de acuerdos. Simplemente padecemos de un sistema que no es afín a ello. En los sistemas parlamentarios se forma gobierno entre los poderes ejecutivo y legislativo, por esta razón las coaliciones electorales se transforman fácilmente en coaliciones de gobierno, los gabinetes se componen con miembros de los distintos partidos de la coalición y su permanencia en el gobierno depende del apoyo parlamentario. En cambio, en los presidencialismos estos poderes están separados: el presidente puede gobernar sin apoyo del congreso y tiene la potestad para nombrar y remover ministros. Y muchas veces suele ocurrir que una coalición electoral exitosa, luego no se traduce en coalición de gobierno. Esta falta de experiencia nos lleva a utilizar como sinónimos los conceptos de frente electoral, alianzas, pactos y coaliciones, y a disgustarnos cuando los resultados no son los deseados. En el camino, todo es ansiedad.
Los sistemas parlamentarios con sus coaliciones manejan mejor las crisis de gobierno y mantienen a los partidos bien entrenados en la deliberación y la negociación democrática. Sus gobiernos son más representativos y sus medidas requieren de consensos entre distintas fuerzas, lo que les da mayor legitimidad. Pero no es nuestro sistema y prefiero en este momento no caer en el análisis sobre la conveniencia de una eventual reforma constitucional que pudiera modificarlo, algo que pensó Raúl Alfonsín en su momento, que luego merodeó en las cabezas de los constituyentes del 94 y más cerca en el tiempo lo retomó Zaffaroni. En cambio quisiera decir algo acerca de qué puede hacerse con lo que hay. Y lo que hay es un sistema de gobierno presidencialista, elecciones en distintos niveles, calendario fragmentado y hasta distintos sistemas de votación, incluso en una misma provincia. Las combinaciones son muchísimas, demasiadas. Pero no todo está perdido. Puede apelarse a la creatividad si creemos que vale la pena intentar otras formas de deliberación y decisión política. Los acuerdos son buenos (¿no?) y es muy auspicioso que estén entrando al debate. Pero sin la ayuda de un marco institucional que “obligue” a alcanzarlos ¿qué está haciendo y que puede hacer la política argentina para salvar este escollo?
Entendiendo que la formación de coaliciones entre partidos es una práctica saludable para la democracia, quisiera analizar de qué manera podrían implementarse en nuestro país. Veamos cómo se está tramitando y qué debería ocurrir para que el tránsito entre coalición electoral y coalición de gobierno sea posible.
Para la elección a diputados nacionales, el acuerdo de Cambiemos (UCR-PRO-CC) es sólido, ya que a la hora de confeccionar las listas repartieron sus lugares de acuerdo a negociaciones entre las fuerzas según el distrito. Esto podría garantizarles, en caso de alcanzar el sillón de Rivadavia, un bloque en la cámara que brinde su apoyo a los proyectos enviados por el ejecutivo. Pero como se dijo anteriormente, nada obliga al Presidente a gobernar con el Congreso. Es preferible, sí. Pero si no, ahí están el poder de vetar y decretar leyes.
La dificultad a la hora de afianzar la coalición se encuentra en la elección al premio mayor: la presidencia. Mientras que para el caso de elección a gobernadores, Cambiemos funcionó como una coalición electoral con vísperas a ser coalición de gobierno, presentando fórmulas mixtas (candidato a gobernador de una fuerza, candidato a vice de otra) para la elección a presidente esto no fue posible: se dirimirá en las PASO cuál de las tres fórmulas (una del PRO, otra de la UCR y la otra de CC) será la que compita en octubre.
Este problema no es menor, y no lo es por una razón sencillamente cultural: en nuestro sistema el gran ganador, el que regirá los destinos del país los próximos cuatro años, es el presidente. Por eso la concepción ansiosa de las coaliciones lee los distintos escalones hacia octubre en base a la conveniencia o no del candidato con mayor posibilidad de alcanzar ese cargo.
Tal vez aun no sea el momento, pero los presidenciables de Cambiemos harían bien en ir dando señales sobre lo que debería ocurrir el día después de las PASO, si es que confían en que un acuerdo entre distintas fuerzas gobernará con mayor consenso y legitimidad. Nada impide que Cambiemos quede solamente en una coalición electoral con el objetivo de vencer al oficialismo. Pero se tornaría aún más atractiva si entre agosto y octubre anuncia cómo será su gobierno a partir del 10 de diciembre. No va a existir frente electoral afianzado mientras no pueda vislumbrarse la posibilidad de transformarlo eventualmente en coalición de gobierno. Quién, si no, estaría dispuesto a firmar pactos en los que, de ser exitosos, quedarían afuera. Y, por consiguiente, cuantos adherentes de los dos candidatos que queden eliminados en las PASO brindarían su apoyo al socio ganador.
La coalición sólo podrá ser efectiva si el Presidente distribuye los ministerios entre las distintas fuerzas y se compromete a gobernar con participación real de ellos. Nadie lo obliga, claro. Será cuestión de establecer un pacto entre caballeros para calmar la ansiedad y, a largo plazo, crear una mejor cultura de gobierno. Y sin necesidad de cambiar la Constitución.