A cuatro meses

Por Gonzalo Neidal

En algún momento las encuestadoras de opinión se contagiaron del INDEC.
El organismo oficial, se sabe, trocó la pureza técnica por el dibujo de los indicadores, con el objetivo de obtener beneficios para su patrón, el gobierno nacional. Con las encuestadoras ocurrió algo similar: las más importantes lograron su prestigio trabajosamente, a fuerza de aciertos en las encuestas. Pero luego quizá entrevieron un negocio mayor y no pudieron resistirse a semejante tentación. Como los sociólogos están seguros de que las encuestas influyen en la opinión pública, nada mejor entonces que ajustar los resultados a las necesidades de los patrones, los que contratan los relevamientos de opinión.
Y a partir de ahí, los resultados electorales vuelven a ser una incógnita. Como era antes. Hay que esperar el recuento de votos para saber quién gana y por cuánto. Según los encuestadores, la elección de Río Negro y Mendoza eran parejas. Y ya sabemos cómo salieron.
Todo esto que decimos viene a cuento de que todos los analistas políticos dan por seguro que Daniel Scioli ganará los comicios presidenciales, aun cuando faltan 4 meses para su realización. Uno de los argumentos centrales que utilizan son, justamente, las encuestas. Ellas favorecen al bonaerense. Añaden, además, que en el complicado mundo del conurbano bonaerense, Scioli tiene amplia mayoría a partir del aparato de los intendentes y Macri apenas si puede presentar una fórmula porteña, prácticamente desconocida.
Y es probable que esto sea así, que el rumbo electoral ya esté definido. Pero hay que recordar siempre lo volátil que resulta el humor popular, incluso en lapsos breves.

El estallido no llega
Abona también la teoría de un Scioli seguro ganador la ausencia de un estallido económico. El gobierno y los intelectuales afines, incluidos algunos economistas, transmiten la idea de que “con la economía, está todo bien”. Los más atrevidos dicen: “la oposición viene vaticinando un estallido y esto no ha ocurrido ni ocurrirá. Todo está bajo control”. Y la oposición ha renunciado virtualmente a ser severa en sus advertencias sobre las distorsiones de la economía y los ajustes necesarios que se avecinan porque teme que ello le enajene el voto popular. Si la oposición cuestiona severamente la economía, el oficialismo dirá: “¿Ven? Están abriendo el paraguas para hacer un ajuste feroz, en perjuicio de los que menos tienen”.
Pero lo cierto es que si no se realizan algunas correcciones importantes en breve plazo, los peligros de un cimbronazo aumentarán y su intensidad será directamente proporcional al tiempo transcurrido.
El gobierno aspira a estirar hasta las elecciones una política económica que resulta imposible prolongar en el tiempo más allá de algunos pocos meses. Ella consiste en mantener todo lo alto que le sea posible el nivel de consumo, a fuerza de emisión monetaria, o sea, de inflación. Y de la mano de la inflación viene el retraso cambiario, los problemas para exportar y la acumulación de tensiones que acercan a la economía a situaciones críticas. Además, la recesión ya es palpable. La estrategia del gobierno está fracasando pero le sirve, apenas, para amortiguar el descenso en el nivel de actividad, por un corto plazo.
El gobierno intenta así crear la sensación de la existencia de problemas leves, de fácil arreglo, generando un clima que arroje en manos de la próxima administración la responsabilidad de los ajustes que inevitablemente sobrevendrán.
Con cualquier ganador, las rectificaciones llegarán. Del futuro presidente dependerán los matices pero el trazo grueso recorrerá el trillado camino de un ajuste más o menos clásico, cimbronazos incluidos.
Cualquiera de los candidatos percibirá rápidamente que el camino actual es insostenible y que conduce a una situación como la de Venezuela, si se continúa transitando sin rectificaciones importantes.
Porque, hay que recordarlo, en Venezuela tampoco ha existido un estallido como el de 2001 en la Argentina. Allí se trata de una larga agonía de alta inflación, baja en la producción y la productividad, desabastecimiento y destrucción de la economía.

Escenarios probables
Los kirchneristas se imaginan, cándidamente, un escenario futuro con un Scioli pendiente de la palabra de Cristina, que sería en definitiva la que conduciría el gobierno detrás del trono. Se trata, ciertamente, de una ficción pueril.
Los empresarios y muchos y notables periodistas y analistas políticos, responsabilizan a Macri por su negativa a acordar con Sergio Massa y, de ese modo, asegurar la victoria.
Ahora, ellos piensan que existe una alta probabilidad de un triunfo de Scioli en la primera vuelta electoral. Y esto significará, piensan, la continuidad del kirchnerismo. En definitiva, han sido persuadidos por la creencia oficial sobre lo que significaría una victoria de Scioli.
Cristina ha hecho con Scioli algo similar a lo que hizo con Jorge Bergoglio: lo hostigó durante largos años pero cuando fue elegido Papa, muere por sacarse una selfie con él. Con todo el poder que concentra, Cristina no pudo imponer a Florencio Randazzo. “El candidato sos vos, flaco”, dijo Randazzo que le aseguró Cristina. Pero el candidato es Scioli, no Randazzo. Y tras ese fracaso, todo el oficialismo –desde Carta Abierta hasta La Cámpora- se transformó en sciolista de la primera hora. Es muy poco serio tomar este fracaso como una victoria. La imposición de Carlos Zannini como vicepresidente es apenas un premio consuelo.
Hoy, a cuatro meses de las elecciones, amplios sectores de opinión ven como inevitable ganador a Scioli en razón de que Macri no accedió a aliarse con Massa.
Pero todavía es muy pronto para asegurar tendencias definitivas en el electorado. Los meses que faltan pueden ser tan largos como para que en ellos quepan muchos sacudones inesperados.