La Triple Alianza, rumbo a un iceberg electoral



Por Pablo Esteban Dávila

0 ilustra titanic juez y aguadLa imagen es elocuente, aunque todavía no pueda ser validada en plenitud. Oscar Aguad, candidato a gobernador por la Triple Alianza, parece navegar hacia un iceberg electoral. Ninguna encuesta que se haya conocido hasta el momento le otorga chance alguna, en tanto que otras indican un peligroso acercamiento del kirchnerista Eduardo Accastello a la segunda posición.
En su derrotero, Aguad amenaza a hundir la incipiente recuperación política que había mostrado el radicalismo desde el triunfo de Ramón Mestre en la ciudad capital y la acelerada agonía del Frente Cívico. Hacia 2013, muchos analistas estaban convencidos que el tradicional bipartidismo cordobés se encontraba pronto a resurgir. Las elecciones de 2015 debían ser la prueba de fuego a tal certeza.
Sin embargo, y a esta altura de la contienda, nadie alienta expectativas semejantes, ni siquiera dentro del propio radicalismo. Muchos sectores internos están trabajando a media máquina (si es que lo están haciendo), la mayoría de sus intendentes han convocado a elecciones en fechas distintas a la del 5 de julio y algunos referentes hasta han manifestado públicamente que trabajarán por Juan Schiaretti. Algo, sin dudas, no está saliendo como se había planificado.
Las causas que explican esta situación son varias, pero pueden ser resumidas en una sola: Luis Juez. El senador es el catalizador de la ola de frustración y desconcierto que recorre a la UCR. Las razones no son ningún misterio. Desde las acusaciones vertidas en su momento contra Mario Negri (llegó a decir que había recibido 7 millones de pesos de parte de José Manuel de la Sota para ser un “candidato tapón” en 2007) hasta las recientes denuncias penales contra el intendente Mestre y su equipo, el líder del Frente Cívico no dejó agravio por verter en contra de los azorados dirigentes radicales. Para colmo de males, Aguad tuvo la osadía de nombrarlo su jefe de campaña ante la incredulidad generalizada entre sus correligionarios. Esta decisión, más que hablar de la soga en la casa del ahorcado, es algo así como invitar al verdugo a compartir la mesa con sus víctimas.
Es obvio que Juez no llegó solo ni que el radicalismo lo invitó cortésmente a participar, quizá con la única excepción del actual candidato a gobernador. Al senador, debe decírselo con todas las letras, se los enchufó Mauricio Macri, casi como si fuera parte del paquete PRO. Qué cosa vio el porteño en este dirigente tan estrafalario (y que, de paso, también a él supo criticar con dureza) forma parte de la psicología. Lo concreto es que su imposición dentro del combo llenó de estupor a muchos y produjo inevitables resistencias. Sólo después que el jefe de gobierno amenazara a presentar a Ércole Felippa como candidato propio para prescindir de socios tan conflictivos, la unidad de la Triple Alianza pudo ser sellada.
La pregunta es para qué se hizo lo que se hizo. Si se observan las encuestas, cae de maduro que esta entente ha expulsado simpatizantes antiguos antes que sumar otros nuevos. Raro que Macri no se haya dado cuenta del paso que estaba dando en Córdoba. Cuando muchos empresarios y operadores del riñón le aconsejaron, recientemente, que hiciera las paces con Sergio Massa e integrara con él un gran frente opositor que incluyera la provincia de Buenos Aires, se negó argumentando que, en política, uno más uno no siempre da por resultado dos. Esto es lo que ha ocurrido, precisamente, con su experimento mediterráneo. Juntó con fórceps a dirigentes que se detestan y los resultados, previsiblemente, no asoman en el horizonte. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago podría ser, perfectamente, la conclusión de este asunto.
En el PRO las cosas no parecen ir por mejor rumbo. Independientemente de si Baldassi es el mejor referente para la centro derecha cordobesa (en otra ocasión se analizará este tema), hay mucha gente defraudada por la inclusión de Juez. Las explicaciones originales, respecto a que este fichaje era imprescindible para ganar, se van derrumbando a medida que la coalición se aproxima al iceberg. “Cambiaron los ideales por la realpolitik” –sostienen, por lo bajo, algunos dentro del partido amarillo– “pero el realismo nos está llevando al naufragio. Para esto, era preferible morir con la botas puestas y consolidar nuestro espacio”. El 6 de julio, probablemente, el PRO se encuentre con una enorme desilusión provincial a cuestas y sin la coartada de haber fortalecido su todavía incipiente estructura.
El rumbo de colisión ha sido fijado por Aguad con la venia de Macri, y no hay señales sobre que vaya a ser alterado. Faltan apenas 14 días. La campaña de la Triple Alianza no termina de convencer, ni su fórmula alcanza a posicionarse sobre eje alguno. Las apelaciones talismánicas al cambio (ya lo hemos dicho) no dan ninguna pista hacia donde podría llevar la mudanza que se propone ni, mucho menos, proporciona garantía alguna de gestión. Ni Aguad ni Baldassi vienen de gestionar nada, ni siquiera el acuerdo que los tiene como mascarón de proa… ¿alcanzará la esfinge de Macri para cubrir estas falencias en el mensaje? Por ahora, el “el equipo del cambio” no parece ser siquiera capaz de corregir el peligroso derrotero que ha tomado su campaña.
El radicalismo, de seguro, será la fuerza que más sufrirá el impacto. El Frente Cívico ya pagó con el éxodo de algunos dirigentes el desparpajo ideológico de Juez, pero los que se quedaron a su lado sólo tienen que esperar los resultados (aún si fueran módicos) para pasar por caja a cobrar. El PRO tal vez deba sufragar un precio en términos de militancia pero nadie se preocupa por esto, más allá de la candidatura a presidente de Macri. Es una fuerza de gerentes, cuyo único cometido es el de llegar a la Casa Rosada. La UCR es, por lo tanto, el partido que ha tomado los mayores riesgos y en el que las consecuencias de una derrota serán las más gravosas entre los que integran la alianza.
Las candidaturas obtenidas por la fuerza en los tramos nacionales tampoco sugieren un consuelo para la probable catástrofe provincial. Según el acuerdo ratificado por la convención en Gualeguaychú, el radicalismo no podría tener menos cargos electivos que los que pusiera en juego en cada distrito. Pero en Córdoba esta regla no se ha cumplido. Si bien es cierto que en la boleta de Diputados Nacionales Mario Negri y Olga Rista tienen grandes posibilidades de ser electos y conservar las dos bancas que se ponen en juego, en el Senado no ocurre tal cosa. En 2009 fue electo por seis años Ramón Mestre, quien luego renunció para ocupar la intendencia. Lo reemplazó Marta Borello, cuyo mandato vence en diciembre. Sin embargo, no hay ningún radical con chances de ingresar a la cámara alta. El primer lugar, como se sabe, es para el propio Juez, en tanto que el segundo le corresponde a la ucedeísta – macrista Laura Rodríguez Machado. Sin candidatos expectables en esta boleta, la UCR resignará una posición que hoy posee por derecho propio, aunque en las elecciones de octubre existan grandes posibilidades que la alianza nacional que integra finalmente triunfe en la provincia.
Las perspectivas, por lo tanto, son sombrías. Capitaneado por Aguad y Juez, el radicalismo evoca a un Titanic cuyos tripulantes no aciertan a advertir el riesgo que están corriendo, aunque el senador tiene la ventaja de poder treparse a un bote salvavidas antes que el iceberg haga su trabajo. También Baldassi podría hacer algo parecido (nadie lo responsabilizaría particularmente ni tampoco importaría mucho su aporte al desastre), pero el candidato a gobernador no tendrá esta suerte. Por supuesto, siempre pueden ocurrir cosas favorables en cualquier momento, e inclusive develar un arma secreta que fuerce a enmendar las actuales previsiones; sin embargo, no hay noticias que tal estrategia pueda llegar a tiempo. El vapor parece navegar a toda marcha hacia su destino y, entre sus pasajeros, aquellos tocados con una boina blanca son los que sufrirán la peor parte.