El General en nuestro laberinto



Por Luis Alfredo Ortiz

Tapa_Triple_AAl parecer, una regla no escrita establece que los títulos de los libros de historia reciente deben ser lo más atractivos posibles para el lector, aunque rocen el sensacionalismo y no correspondan exactamente al tema desarrollado en la obra. No escapa a esta norma el libro de Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó, que es mucho más de lo que su título indica. El tema de la obra es en realidad la demencial escalada de violencia que asoló a la Argentina en la década de los setenta, en este caso particular el período comprendido entre el regreso definitivo de Perón desde su exilio, el 20 de junio de 1973 y su fallecimiento, el 1º de julio de 1974, en la cual la llamada Triple A fue solo uno de los actores. Casi un año exacto, en el cual la violencia armada que había comenzado durante la dictadura de Onganía tomó un cariz especial: fue de modo casi excluyente una lucha entre dos facciones del peronismo por el reconocimiento de la condición de “peronistas” que cada una reivindicaba para sí, disputa en la cual Perón tomó posición públicamente que desde el día siguiente al de su llegada al suelo argentino.
Los autores estructuran su crónica en veinte capítulos, ordenados cronológicamente, y cada uno centrado en una de las profusas advertencias públicas que el General fue realizando a los sectores de la llamada Tendencia Revolucionaria, cuya columna vertebral era la organización armada Montoneros. Como documentan los autores, esas advertencias incluían siempre la conminación a encuadrarse en los lineamientos fijados por el líder o, en su defecto, a dejar el peronismo, algo que nadie estaba dispuesto a hacer: el proclamarse “peronistas” era lo único que les aseguraba la aceptación de los sectores populares.
El discurso de Perón fue creciendo en dureza a medida que se hacía evidente que nadie estaba dispuesto a ceder posiciones. El 21 de setiembre de 1973, hablando por radio y televisión dijo: “… es preciso también que la juventud se persuada de que la lucha activa ha terminado y que comienza otra lucha […] por la Reconstrucción y la Liberación de la Patria”. El día 23, el 62 % de los argentinos lo consagró presidente, y vice a su esposa, que lo acompañaba en la fórmula. El 25, Montoneros asesinó al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, acción que la organización evitó atribuirse de inmediato, mano derecha del líder. Los autores citan a un miembro de Montoneros, Alejandro Peyrou, quien postula una razón para el atentado: “Creo que la verdad es que estaba escalando la idea de reducir a la impotencia a Perón y se confiaba en que Montoneros tenía más prestigio y poder político que Perón.” Este hecho demencial marcó un punto de no retorno; a partir de allí Perón expulsaría ante las cámaras de televisión a los diputados de la “Tendencia”, y luego a todo ese sector, desde el balcón de la Casa Rosada en el acto del día del Trabajador, el 1º de mayo de 1974.
El 10 de mayo, en conferencia de prensa, Montoneros dijo: “Lo que estamos viviendo no es lo que se votó y esperaba el pueblo y en especial la clase trabajadora”, y “No fuimos a buscar un insulto, que naturalmente sólo puede ser catalogado como un error”. Según comentan los autores, “concediéndole a Perón la posibilidad de equivocarse”, lo que demuestra “… una soberbia que daba cuenta del grado de autismo que primaba en sus dirigentes. Absolutamente convencidos de que representaban a toda la sociedad, Montoneros pretendía que el Presidente de la Nación adoptara el rumbo que ellos propugnaban: la destitución de todos los dirigentes de la burocracia sindical, el cambio radical de la política económica, la formación de milicias civiles, en definitiva la patria socialista que ostentaban en sus banderas.”
El 1º de julio de 1974, Perón muere, para desazón de todos los argentinos. Según los autores, “No obstante, hubo quienes se beneficiaron con la desaparición del hombre fuerte del peronismo. Uno de ellos fue Montoneros: a partir de ahora sus dirigentes ya no tendrían que soportar las admoniciones ni las advertencias formuladas durante el año en el que habían sido los principales destinatarios de la ira del General.”
Para quienes vivieron esa época, el libro constituye una recreación minuciosa de la mezcla de horror, comedia de errores y diálogo de sordos en que se había transformado la acción política en la Argentina. Para los más jóvenes, contiene material suficiente para formarse un juicio sobre la actuación de sus principales protagonistas. En esto reside su principal mérito.
Según los autores, a su muerte, Perón “Dejó un país caótico dirigido por una minúscula secta dogmática, ávida de muerte… ¿Podría haber hecho otra cosa? Claro que sí… No fue una víctima de las circunstancias coyunturales; fue un hombre que eligió el camino que no correspondía”. Este juicio es apresurado y casi maniqueo. La reiterada afirmación de Perón, “No tengo herederos, mi único heredero es el pueblo”, no era retórica demagógica, de la cual el líder no tenía ninguna necesidad, sino la aseveración de un hecho cierto y una advertencia de no confiar en ninguno de los sectores en pugna. En ese momento histórico de la Argentina nadie podía garantizar la evolución pacífica del proceso político, y el enfrentamiento de las facciones que se reivindicaban peronistas hubiera continuado sin importar en manos de quien estuviera el gobierno. A ello debe agregarse la presencia activa de la guerrilla marxista, el ERP, que no dejó de actuar en ningún momento, y que el ciudadano común no diferenciaba de la guerrilla peronista.
Aciertan los autores en lo que todo esto significó para los argentinos: “Fue una gran frustración de la ciudadanía que luego de haber depositado su confianza, corroída por años de golpes militares y gobiernos civiles débiles, se encontró con la peor de las desesperanzas”.
Ningún líder en la historia argentina tuvo la autoridad ni la adhesión de las que gozó Perón. Por eso, a más de 40 años, aún está sin respuesta la pregunta que cierra el libro: “Si Perón no había podido, ¿quién iba a poder?”.