Adelanto del último libro de Ceferino Reato, “Doce Noches”

Por Ceferino Reato *

reato libroEs el domingo 30 de diciembre de 2001, son las cuatro y media de la tarde. Siete días después de su juramento sorpresivo como presidente de la Nación, el caudillo puntano Adolfo Rodríguez Saá ha perdido su sonrisa gardeliana. Somnoliento, enojado, convencido de que está siendo despedazado por una poderosa conspiración “de lobos y de lobbies”, integrada por políticos, empresarios, diarios y canales de televisión, “El Adolfo” —como lo llaman todos en San Luis— repasa los rostros de los seis gobernadores peronistas que han venido a respaldar su breve gobierno.

—Muchachos, el proyecto de Presupuesto ya está terminado. Por primera vez en décadas se prevé equilibrio fiscal —anuncia el presidente desde su sillón de madera.

Los gobernadores se miran, incómodos. ¿Será verdad? ¿Una muestra de eficacia del caudillo desmesurado, discrecional y autoritario pero creativo, dinámico y modernizador que todos ellos reconocen en “el” Adolfo? ¿O será apenas otro anuncio apresurado, voluntarista, como el del millón de empleos o el de la nueva moneda, pomposamente bautizada el “Argentino”, pero que murió antes de nacer?Una cosa es segura: sin el respaldo de los catorce gobernadores peronistas —amplia mayoría en el país— el proyecto de Presupuesto para 2002 no tiene ninguna posibilidad de ser aprobado por los diputados y senadores.



Dijeron presente los gobernadores de Buenos Aires, Carlos Ruckauf; Salta, Juan Carlos Romero; Formosa, Gildo Insfrán; La Rioja, Ángel Maza; Misiones, Carlos Rovira, y San Luis, Alicia Lemme, que se convirtió en la primera mujer en gobernar una provincia cuando Rodríguez Saá renunció a su mandato local y saltó a la Casa Rosada.

Los jefes provinciales del peronismo no están solos; también han llegado algunos legisladores que, de todos modos, no logran disimular las ausencias de gobernadores de peso como el cordobés José Manuel de la Sota, el santafesino Carlos Reutemann y el santacruceño Néstor Kirchner.

—Muy bien, Adolfo. ¿Cómo se hizo tan rápido? —quiere saber el salteño Romero.

—Con este lápiz rojo. Se eliminaron todos los gastos superfluos. Ahora, podemos comenzar a negociar una ayuda con el Fondo Monetario Internacional.

—¿Y qué economista lo hizo? —pregunta Ramón Puerta, un ex gobernador de Misiones que ahora es el presidente provisional del Senado y virtual vicepresidente del país.

—Yo mismo.

—Ah, entonces debe ser un presupuesto de la gran puta —bromea Puerta, para distender.

Una pequeña corte asiste a Rodríguez Saá, encabezada por su movedizo e influyente hermano, “el” Alberto: no tiene un cargo formal, pero todos saben que es el número dos del gobierno.

Vestido de oscuro, el rostro sombrío, los ojos encendidos de bronca, “el” Adolfo alza la voz.

—Pero, no hemos venido a hablar solo del Presupuesto o de la coparticipación federal de impuestos. Debo confesarles que esperaba otra concurrencia, otro respaldo. Para seguir acá, yo necesito apoyo. Así, yo no sigo: renuncio.

El presidente que nadie esperaba está furioso con el cordobés De la Sota, con quien tuvo un áspero cruce por teléfono antes del encuentro con sus visitantes y es una de las ausencias que más se notan.

—¡“El Gallego” De la Sota es un envidioso! ¡Recién lo mandé a la mierda!

De la Sota le había enviado un fax en el que explicaba que no podía viajar por el mal tiempo y respaldaba “cualquier medida” que se tomara en esa cumbre de gobernadores peronistas siempre “que esté a favor del pueblo”. E hincaba el dedo en la acotada legitimidad de Rodríguez Saá al recordarle que era “un presidente transitorio, hasta que el pueblo vuelva elegir su destino”, dentro de sesenta y tres días.

De la Sota se lo mencionó por teléfono, luego del almuerzo: “Antes de pedir apoyo, tenés que cumplir con el llamado a elecciones para el 3 de marzo”.

Los catorce gobernadores peronistas habían designado a Rodríguez Saá como nuevo presidente, pero ahora varios de ellos desconfiaban de que “el” Adolfo cumpliera con su compromiso: ordenar el país y convocar rápidamente a elecciones para que quien resulte vencedor complete el mandato de De la Rúa, hasta el 10 de diciembre de 2003.

Frenético, el hermano Alberto no deja de traer malas noticias a la cabecera de la mesa, bajo la forma de cables de agencias con declaraciones de De la Sota y de dos aliados que se acaban de dar vuelta: el ex presidente Carlos Menem y el sindicalista Rodolfo Daer, secretario general de una de las dos CGT. También acerca partes de organismos de Inteligencia que alertan sobre protestas, saqueos y encuentros reservados.

—¡Pensar que en solo siete días, equilibré el Presupuesto! —reprocha el Presidente, y deja caer sobre la mesa uno de esos partes de Inteligencia.

—Adolfo, quedáte, tenés mi apoyo —le repite Ruckauf, dando inicio a un coro de respaldo al que se acoplan rápidamente todas las voces.

—Es que si no me apoyan, renuncio… Yo me voy a dormir una siesta; cuando me levante, espero que hayan firmado esto; si no, renuncio —y extiende sobre la mesa un papel con una declaración de apoyo.

Kirchner, que ya está lanzado como candidato presidencial, envió a su ex vicegobernador, el diputado Sergio Acevedo. Antes de levantarse de la mesa, Rodríguez Saá repara en el rostro redondo, barbado e impasible de Acevedo.

—¿Qué piensa Néstor de esto, de este respaldo?

—No sé, Adolfo. Si querés, le pregunto ahora mismo.

Acevedo se levanta, elije un rincón y llama a su jefe.

—Che, quiere que todos los gobernadores le den por escrito un nuevo aval. Y dice que si no lo hacen, va a renunciar.

—¡Ah no! Que renuncie, si quiere. Él aceptó una responsabilidad, pero, si ahora quiere renunciar, que renuncie.

Acevedo vuelve a la mesa y se sienta.

—Dice Néstor que, si querés renunciar, renuncies —le informa.

—¡No ven que no me apoyan los gobernadores! ¡No ven que me están jugando en contra! Pero, yo no voy a ser forro de nadie, que se consigan otro De la Rúa… Quédense a deliberar sobre lo que está pasando —explota el presidente. El final de su corto gobierno ha comenzado.

*Extracto de su libro “Doce Noches”.