Reelección del modelo

Por Gonzalo Neidal

el-gobierno-pide-declara_407988En este su último tramo, el gobierno se empeña en afirmar que lo verdaderamente importante es que sea el modelo quien resulte reelegido en los comicios de octubre.
Hay también quienes afirman que en los años de los Kirchner hubo dos modelos en vigencia: uno, el que desarrolló Néstor, tuvo más aciertos. Por ejemplo, dicen, tuvo superávits gemelos (en comercio exterior y en el presupuesto), baja inflación, alto tipo de cambio, armonía macroeconómica. El otro, el de Cristina, ha sido desprolijo, aseguran. Ya no existe el equilibrio presupuestario, la inflación se ha desbocado, el tipo de cambio ya resulta insuficiente para que varias actividades puedan seguir exportando, la actividad económica ha comenzado a caer, la industria lleva casi dos años de retroceso, tenemos cepo cambiario y escasez de dólares. Al parecer, si el “modelo” de Néstor fue reelecto, Cristina no parece haberlo honrado en plenitud.
En realidad, no existe tal cosa llamada “modelo”. Lo que existe son condiciones económicas internacionales que son las que terminan modelando la economía local, con un cierto margen de decisión nacional en relación con las grandes variables.

Los años dorados
Néstor vivió la época dorara de los años K. El país venía de una recesión de la que ya había comenzado a salir durante el breve gobierno de Eduardo Duhalde. Las cosas comenzaron a cambiar a nivel internacional de un modo decisivo: los precios de nuestros productos de exportación empezaron a subir de un modo sustancial. Esto permitió que el estado pudiera solucionar el déficit crónico de su presupuesto. El comercio exterior floreció, las divisas abundaron y la actividad interna creció al ritmo de los precios internacionales de los commodities.
Además, el gobierno previo había devaluado la moneda local con lo que quedaba un grueso colchón para imponer retenciones a las exportaciones y fortalecer las cuentas públicas. Alto nivel de actividad interna y superávits gemelos. Una pinturita. Además, los elevados recursos fiscales permitían una política de abundantes subsidios a la población, con alto rédito electoral. El mejor de los mundos.

La decadencia
Cristina no cambió el modelo sino que cambiaron las circunstancias internacionales y también locales. La avidez recaudatoria creó innecesariamente, un conflicto con el campo. La derrota electoral de 2009 obligó al gobierno a reforzar la política de seducción hacia el electorado. Y lo hizo del único modo que conoce: con más gasto público. Además, los precios de las commodities comenzaron a ceder. El horizonte optimista de 1.000 dólares por tonelada de soja, que existía a comienzos de 2008, se evaporó en el aire. En su intento de cautivar al electorado, el gobierno reforzó la política de subsidios y el gasto público se elevó a las nubes. Con ello regresó la inflación. Y con la inflación, el retraso cambiario.
En el discurso K dejó de mentarse algo que antes se nombraba como pilar fundamental del modelo: el tipo de cambio alto, pudorosamente llamado “competitivo”. Es razonable: el gobierno adora el tipo de cambio alto pero le resulta ominoso devaluar. Siempre resulta mejor heredarlo que imponerlo.
Sin embargo, el retraso cambiario acumuló tal magnitud que el gobierno se vio obligado a realizar un “toque” del 30% hacia comienzos de 2014, calculando que si no lo hacía, tendría severos problemas con peligro de desbordes peligrosos en los meses que le restaban.
En realidad, los años de Cristina fueron la consecuencia natural de la política económica inaugurada por Néstor en condiciones harto favorables. El populismo siempre significa una utilización depredadora de los recursos. Y esto, a la postre, desemboca en restricciones económicas que demandan un ajuste.



Aceite resbaladizo
Lo que está sucediendo con los salarios, la dificultad para negociarlos, es una consecuencia inevitable de los desequilibrios generados en los últimos años. El gobierno se empeña en decir que las negociaciones salariales entre gremios y empresas son libres. Pero no lo son, ciertamente. Con fórceps lograron sacar algunos convenios significativos. Los gremios oficialistas finalmente acordaron un 27% pero, después de firmar, aclararon que si la inflación continúa, volverán a reclamar nuevos aumentos.
El gremio de los aceiteros lleva más de tres semanas de paro completo, lo que significa una parálisis sectorial creciente, con impacto en las exportaciones. Sindicalistas y empresarios acordaron pero es el gobierno el que se niega a homologar el acuerdo. Teme que sirva de ejemplo a otras actividades y que los reclamos por aumentos aún mayores, se multipliquen. El gobierno quiere sueldos menores a los que los empresarios están dispuestos a pagar. Y el conflicto sigue.
Cuando se pretende “que el modelo siga” ¿qué es lo que se pide que continúe? ¿La alta inflación? ¿El receso industrial? ¿El déficit fiscal? ¿El apartamiento de los mercados de capitales? ¿La pérdida de poder adquisitivo de los salarios? ¿El retraso del tipo de cambio? ¿La escasez de divisas? ¿El cepo cambiario?
No: quien sea que llegue a gobernar a partir de diciembre, incluso sea alguien cercano al gobierno, estará obligado a corregir el rumbo de estos últimos años, en los que la ambición de conquistar votos a través de subsidios, ha llevado a profundos desequilibrios económicos que resultan insostenibles a lo largo del tiempo.
Si hay algo que es seguro no será reelecto, es “el modelo” que, agotado y exangüe, clama por ser reemplazado.