Coincidencia fortuita: De la Sota y Macri objetan interna anti K

Por Pablo Esteban Dávila

p03-2Lejos de caer en las encuestas, las chances de Daniel Scioli para llegar a la Casa Rosada parecen crecer semana tras semana. Para colmo, su desacople tantas veces profetizado de la presidente Cristina Fernández no termina de llegar nunca; antes bien, sus recientes y copiosos elogios al ministro Axel Kicillof sugieren un alineamiento aún más preciso con el gobierno nacional que el que había manifestado hasta ahora. Es un hecho que, contrariamente a lo que se suponía hacia finales del año pasado, las posibilidades que el motonauta obtenga un 40% en la primera vuelta electoral ya no lucen descabelladas.
La perspectiva de una continuidad kirchnerista bajo un ropaje diferente hace que mucha gente, en forma harto previsible, tenga los nervios de punta. El listado de preocupados es extenso pero, en las últimas semanas, sobresalen como puntas de este iceberg dos actores importantes, como lo es el empresariado y el grupo Clarín. Sus inquietudes se explican rápidamente. Entre los primeros, inquieta la salud del largo plazo de la economía, el cepo cambiario, las restricciones a la libre empresa y la seguridad jurídica; no en vano la Argentina es, según un trabajo del Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF) el penúltimo país en cuanto al ambiente de negocios, sólo antes de Venezuela, dentro una lista de 141 naciones. En el caso de Clarín, no es necesario abundar en mayores explicaciones.
En términos prácticos, de la pregunta respecto acerca de cómo frenar el avance de Scioli se deriva una respuesta pretendidamente estratégica, que consiste en reclamar la unidad opositora. Este es el talismán que, de formas más o menos sutiles, se despliega por estas horas ante los principales referentes de la oposición política.
Por supuesto, la recepción de la iniciativa no es uniforme. Sergio Massa (uno de los más perjudicados por la patria encuestadora) se muestra como el más proclive a receptarla, habida cuenta que un mal resultado en las PASO determinaría el fin de su aventura presidencial, pero Mauricio Macri no piensa lo mismo. Para el jefe de gobierno el negocio electoral pasa hoy, más que nunca, por la diferenciación a ultranza del universo K, un mantra establecido por el poderoso asesor Jaime Durán Barba. La influencia de este pensamiento parece inapelable, tanto que Emilio Monzó –uno de los armadores territoriales del porteño y, por lo tanto, proclive a acordar con aliados dudosos, tal como se ha visto en Córdoba– ha quedado de momento fuera del juego.
En este punto, aunque no así por las mismas razones, Macri coincide fortuitamente con José Manuel de la Sota. El cordobés no quiere saber nada la unidad opositora antes de las PASO. Su argumento es incontrastable: si la oposición hiciera tal cosa, significaría que no existen diferencias entre sus dirigentes, algo que no es cierto. En consecuencia, forzar un acuerdo antes de esta instancia sería sólo agrandar al kirchnerismo y defraudar las expectativas de representación de una sociedad que, políticamente, exhibe un rostro mucho más plural. Por lo bajo, también sostiene que muchos de quienes hoy los urgen por logar un entendimiento opositor son los mismos que, hasta no hace mucho, alababan las bondades de los Kirchner y celebraban sus arbitrariedades como obras maestras del realismo político. Debe convenirse que, en este punto, razones no le faltan para pensar de tal modo.
Las preocupaciones por la consolidación de Scioli y su reciente “camporización” tienen como trasfondo la renuencia a haber intentado explicitar un modelo de país diferente al establecido en la cadena nacional. La mayoría de los empresarios nunca se le atrevieron públicamente al gobierno (con la loable excepción de Juan José Aranguren de Shell) y disimularon sus diferencias a la espera de obtener concesiones bajo la mesa de la burocracia. Clarín fue aliado de Néstor Kirchner durante todo su primer mandato, y sólo desfalleció en su fe pingüinera cuando, en plena crisis del campo, fue sindicado atrabiliariamente como el ariete periodístico de las corporaciones rurales y sandeces por el estilo. De la oposición política mejor no hablar: ningún dirigente, con la salvedad de De la Sota, se atrevió nunca a marcar diferencias ideológicas con el gobierno. Tampoco Macri lo hizo, a pesar que muchos lo consideran como el verdadero distinto. Su énfasis en la gestión y en “solucionar los problemas de la gente” constituyó siempre una coartada temerosa para evitar hablar sobre cuál es el futuro que piensa para el país.
El énfasis puesto en los detalles, como si estos fueran el problema central del gobierno, hizo de la oposición, tanto la social como la política, comentaristas de varieté. Se olvidaron de mostrar sus convicciones, sus deseos de liderar, sus propuestas sobre qué cosa encarnan de distinto para la Argentina. El resultado de este entendimiento provisional sobre la razón de ser de la actividad política se traduce, ahora, en la incredulidad frente a la incombustión de Scioli. Adviértase lo endeble del andamiaje conceptual opositor: pese a cuatro años de inflación, estancamiento económico, variables sociales deterioradas y una ruinosa situación institucional, basta un veranito cambiario para destruir las previsiones de colapso oficial que muchos daban por descontado. Es un programa demasiado avaro por parte de quienes aspiran a que Cristina regrese al Calafate sin dejar un sucesor razonablemente condicionado.
Las PASO son una buena oportunidad de exteriorizar un debate político que, en la primera vuelta, será más complicado de explicitar con el debido énfasis. Si la oposición tuviera intenciones de librar una batalla unificada en contra del oficialismo debería pensar en el día después de aquella instancia, no antes. Esto lo entiende bien De la Sota, lo intuye Macri (aunque por razones diferentes) y le preocupa a Massa, el único de los presidenciables que pierde seguidores en lugar de ganarlos. Pero, antes que ellos –que, en definitiva, no dejan de ser equilibristas sistémicos entre las convicciones y los votos– deberían comprenderlo mejor los que ahora los presionan con ansiedad creciente para cerrar filas contra el gobierno tras haber callado, durante tanto tiempo y con calculada complicidad, frente a un kirchnerismo autoritario y medieval.