Creo que yo no fui

Por José Santamarina(*)
Docente

1FAD02D467CFB573747DFC70DD88305AVengo a aclarar que yo no fui. A desligarme de cualquier autoincriminación colectiva quedándome solo, si es necesario, porque no hice nada, y porque en el repaso de los hechos me sigo encontrando inocente. No había cámaras en mi casa pero me acuerdo: yo no fui.
Vengo a decir eso y me voy a la cancha hoy a la noche, a cantar que el que no salta abandonó, no porque crea literalmente que abandonaron, sino porque cantarlo va a ser gracioso y no mata a nadie, como no me mató esa bandera que decía “te fuiste a la B por puto y cagón”. Me sacudió el orgullo y después me hizo reír, pero sobre todo me dejó vivo y queriendo cosas, que es la única forma de estar en este mundo. Qué nos mueve si no nos mueve el deseo, y qué es el deseo sino la desesperación de que algo cambie, de que esa bandera se borre, que sea mentira o que algún día se invierta.
Voy a frenarme, eso sí, cuando canten que son todos bolivianos, para escuchar al resto que no frene, absorbiendo en mi silencio la idea de que el insulto que arrastra a un tercero nace pifiado porque el tercero no está y no puede defenderse. Y que el nombre propio o el adjetivo gentilicio que se vuelve calificativo vuelca en un agujero sin fondo la comprensión de las cosas.
Si paraguayo o boliviano no son solamente identidades de partida y se usan como conceptos que representan actitudes, nos perdemos en el camino cualquier noción de realidad que les corresponda y que tenga que ver con la verdad, transferible a las generaciones del futuro y abierta a sus experiencias: a que cada uno salga a vivir sin certezas previas.
Esa libertad perdida se transfiere a nosotros mismos, multándonos a ser etiquetas fijas de lo que somos desde que nacemos, para que el otro siga siendo el otro y que el mundo se entienda más fácil. Pero el mundo es más difícil. Fuera de las condiciones de identidad, de los costados abiertos, se compone el mapa real, ese en el que Hitler acaricia un perro u Osvaldo le dice a Sánchez que Cavenaghi se volteó a su mujer y después se acerca al banco para ver cómo están los lastimados. No hay pero en esa suma: hay y.
El día que cumplí diez años, en 1994, me regalaron un sobre y una bolsa. El sobre tenía un carnet de River con mi nombre y mi foto en blanco y negro, y la bolsa tenía dos camisetas: la de la selección para el Mundial, con el 17 en la espalda y el nombre de Ortega, y una blanca de algodón, estampada con la foto que me había sacado hace unos meses con Maradona, cuando lo vi a la salida de Canal 9 y me abrazó de atrás, juntando los brazos del saco cuadriculado, azul y negro, que se había puesto para ir a Hora Clave y decirle a Mariano Grondona y al país, a todos nosotros, que estaba libre de drogas y listo para traernos la Copa.
Ese conjunto de regalos oficializó algo que ya era: que mi entretenimiento oficial en este mundo iba a ser el fútbol. La forma de pensar en otra cosa y la forma de no pensar. En el colegio, mis amigos me preguntaban cómo tenía una foto con Maradona y por qué le decía Diego si era de River, y yo agachaba la cabeza y no decía nada o decía por qué no, intimidado por la propia rareza pero asomando un principio de orgullo por la sospecha de que algo en esa contradicción estaba bien parido. La primera vez que fui al colegio con la de Ortega, para jugar un partido contra los de A después de hora, un par de chicos de séptimo me frenaron para mirarla. Yo escondí la vergüenza de que alguien más grande me estuviera felicitando, pero después el otro me preguntó con la cara torcida, como no entendiendo, por qué tenía la de Ortega durante un Mundial que jugaba Maradona. Te respeto, eh, me dijo, pero no entiendo. Acá tampoco supe qué contestar, pero también me gustó el principio de haber despistado a un chico más grande.
Desde entonces, hace veinte años que soy socio de River y voy a la cancha seguido. La prohibición de hinchadas visitantes me salvó del delirio que era sacar entradas, cruzar la ciudad en una combinación de colectivos o viajar en el auto con la Filcar y andar esquivando piedrazos en Avellaneda o tragando gases lacrimógenos en la cancha de Ferro. Estuvo bien para atravesar la adolescencia pero hubiera estado de más en estos años, y el HD nos salvó de cualquier duda.
Mil veces entré al Monumental desde Ciudad Universitaria y hace varios años que el ingreso va empeorando en cada partido de estadio lleno. La última revolución de la policía fue poner dos instancias de control en el puente Labruna, para ir reteniendo a la masa y soltándola de a poco, de forma que espere bien comprimida lo que no habría que esperar, mientras el tiempo avanza y se acerca la hora del partido, lo que hace crecer la impotencia y los empujones y habilita a los oficiales a rebotar el impulso hacia atrás, dificultando la respiración y aumentando el miedo en los más chicos, que van acomodándose en los hombros de los padres a la idea de que entrar en un evento público tiene que ser un infierno, al que se sobrevive, sí, y en el que caen dos o tres borrachos, que no pudiendo contener el cuerpo intentan pasar sin permiso y el permiso les llega a los agentes para desenfundar los garrotes y pegarles a estos dos o tres hasta hacerlos bichos bolita contra el asfalto. La escena, tan didáctica para los que la miramos de atrás, se repite todos los domingos. Conozco varios socios que mandaron cartas al club, pero ninguno recibió respuesta.
Cansado de salir cada vez más temprano para llegar con tiempo y esquivar esa secuencia, hace unos meses entro a la cancha por Libertador. El ritmo es más tranquilo, pero hay otra escena más chica que también se repite. En la entrada de la calle Udaondo, un viejo de pelo blanco y panza hacia fuera vende garrapiñadas sentado en un heladerita de telgopor. La gente le pasa por al lado y alguno le grita desde lejos: “Viejo hijo de puta, vos sos de Boca”. Él contesta: “De la boca de tu hermana”. Hay un par de risas alrededor, como si el guion tuviera cierta complicidad pública, pero yo veo que el viejo se enoja y tiene que concentrarse en los tubos de garrapiñadas para volver a lo suyo y no sacarse: “Compren acá, no sean pelotudos, que adentro sale diez mangos”, grita. Vive insultando y de que lo insulten a él.
Qué necesita ese hombre y qué necesita el otro que levanta aplausos por putearlo, me pregunto. Qué necesito yo, que vuelvo a caminar esa calle, cada vez que decido ir a la cancha otra vez. Qué necesita Osvaldo cuando le habla a Sánchez así. Qué necesita el Panadero cuando desenfunda el aerosol y después dice que no sabía que lo estaban filmando. Qué quiere el plantel de Boca cuando levanta esos brazos, y qué quiere cuando llega el vestuario y alguien le dice que la gente anda diciendo que era mejor no levantarlos. Qué quiere la gente de los jugadores, del tipo de la Conmebol, del árbitro y los líneas, que no tenga respuesta en sus casas. De esas necesidades se prende una bengala, nace una barra, se quema una tribuna, pero yo nunca agarré una pistola y no sé como se prepara el gas pimienta. El jueves pasado estaba sentado en un sillón, no hay cámaras pero hay testigos, ansioso porque la noche era difícil pero podía pasar. Vi el primer tiempo en silencio, germinando con el tiempo más ansiedad porque River estaba bien parado y Gago muy atrás, muy confundido, muy nervioso.
Vengo a vengarme por el tiempo que me afanaron. Porque es larga la construcción que me llevó hasta ahí, con los muslos inquietos, creyendo que en esos minutos que faltaban se definía mi suerte. Es largo el trecho para no ser Alejandro Fabbri, enojado con lo que le gusta, o Quique Wolff, enamorado de la caprichosa, pero poder ser tonto de a ratos, cuando quiero y cuando el fixture llama. Es necesario mentirse un rato la diferencia con otro para que el gol de uno me alegre y el ajeno me entristezca, estirando la propia identidad en el juego, que siempre es necesario porque alimenta la fantasía, las ganas de ir hacia otro lado.
Alguien encegueció a Ponzio pero yo no fui, porque si fuimos todos no fue nadie. Falta la convicción de que no fue uno solo, por más tapas de Olé que le hagan a la cara del único agarrado. Falta la aceptación de que el mundo es más complejo. De que dividirlo en buenos y malos, gallinas y bosteros, Osvaldo y Sánchez, no ayuda nada. Y de que las cosas que pasaron no valen lo mismo que las que no pasaron. La multiplicación de que “esto podría haber sido en cualquier lado” borronea la verdad de que pasó cuando pasó y donde pasó y la mezcla con todas las veces en que no pasó: en esas estoy yo queriendo mirar fútbol, volviendo a decidir ir a la cancha, seguro de nada de lo que estoy diciendo.

Licenciado por Bastion Digital
www.bastiondigital.com