Supercómplices

Por Agustín Campero
Vocero UCR. Economista. Socio River 2-12–021-7
Secretario de Ciencia y Tecnología de la UTN Buenos Aires.

Por Sebastián Katz
Docente en escuelas técnicas públicas porteñas. Socio Boca 54763-2
Maestro mayor de obras.

2015-05-17_BOCA_RIVER_webNuevamente hay cruce Superclásico por Copa Libertadores. Se parece más al del 2004 que al del 2000, aunque como en los clásicos del 2000, los partidos de la Libertadores también fueron acompañados por uno por el campeonato en la Bombonera. No hablamos del resultado deportivo, este texto no es para eso, o sí pero al final, y ya nos cruzaremos con tuits y comentarios.
Aquella vez, en el 2004, la novedad fue la decisión del gobierno del presidente Néstor Kirchner, a través de secretario de Seguridad de Espectáculos Deportivos, Javier “Sherif” Castrilli -cuyas discutibles habilidades y capacidades estaban acotadas al referato- de hacer jugar dos partidos de fútbol sin público visitante. Era eso o jugar a primera hora de la tarde, antes de las primeras luces artificiales, antes de que la gente termine sus trabajos.
Se lo tomó como un hecho excepcional, por esa única vez, para evitar la violencia en el fútbol. Roberto Abbondanzieri, Marcelo Gallardo y otros jugadores de ambos planteles se opusieron a la decisión, que ya estaba tomada.
La medidad excepcional, por única vez, irrepetible, supuestamente era para frenar la violencia en los estadios. Como con muchas otras cosas que están mal, nos acostumbramos. Quedó naturalizado.
Pasó la década ganada y la violencia aumentó.
La violencia aumentó en todos lados, fronteras adentro de lo que hoy conocemos como Argentina.
Vino el “Fútbol Para Todos” y en principio nos pareció bien. Pero detrás de la declamada intención de evitar que nos “secuestren los goles” y de llenar de partidos casi todas las horas del día de cuatro días a la semana, apareció la propaganda del entretiempo al servicio de un partido político, los anuncios de obras antes de las elecciones y las publicidades de quioskeros que no aumentaban los precios para luego caer en el hoyo del relato. Llegaron a acomodar los horarios de los partidos más importantes para que 678 arañe un poco más de rating, para que se los rapiñe a algún diez gambeteador o algún nueve alto grandote y duro, de esos que se crían en Santa Fe. Le trataron de sacar espectadores a Lanata, y obligaron a que la salida de los hinchas del partido final sea a las 12 de la noche. Así sigue siendo hasta hoy.
Vinieron también los relatores y comentaristas que, mientras el 8 de Olimpo traba con el 5 de Arsenal trafican un “tercer plan quinquenal gracias Néstor, fuerza Cristina. Máximo cumple, Boudou dignifica” y los desvíos de fondos que la oposición denuncia y por los que pocos esperamos justicia. A pocos nos importa. Crudo y duro, pero así es.
Fútbol Para Todos se usó, también, para lapidar opositores. Para declararlos enemigos públicos. Para martillar cínicas sentencias militantes. Para acompañar el fervor de los bombos y las banderas.
Pero los barra bravas la pasan bien. El trabajo de barra brava contempla un desarrollo jerárquico piramidal, y las hinchadas tienen un funcionamiento en red, como mandan los tiempos. Son redes de solidaridad, y economizan recursos contratando los mismos abogados. Hay hinchas que van con sus hijos y se sacan fotos con los jefes de la barra porque los ven en la tele. Vas a hacer las visitas guiadas a los estadios de los dos grandes y las señoritas que conducen los contingentes te dicen: “ven, ahí se instala la 12” o “a ver, ¿quién sabe cómo le dicen a la hinchada de River” y los niños de la mano de sus padres, felices de compartir colores con su descendencia contestan “los borrachos del tabloooooon”. No señorita: los borrachos del tablón se llama la barra brava. Y ser barra brava está mal. Son una mafia, básicamente. El mismo tipo de mafia que en Rosario, por ejemplo, comparte tropa con las dos grandes hinchadas, en un trabajo que una vez por semana incluye partido y los 6 días restantes la vigilancia o la venta o la distribución o lo que sea de falopa, y se inflan el pecho porque Los Monos ayudan a pintar escuelas.
Los Monos son los narcotraficantes de Rosario. Y mandan en Newells y Central.
Los barras se agremiaron y eso les facilitó ir a los Mundiales. Tampoco es para asombrarse, que vayan a los Mundiales. Hay gente que todavía se alegra al ver las banderas inglesas robadas a los hoolligans.
Pero esta vez se agremiaron y el gobierno les facilitó los pasajes. Les facilitó pasaportes. Les hizo la vida fácil en los consulados, para que no pierdan tiempo en pasillear. La jefa ordenó y el movimiento ejecutó: ayuden a los muchachos.
En el último Mundial saturamos de barras. Algunos se disfrazaban de hinchas suizos para que la policía no los atrape. Imagínense: barras argentinos disfrazados de suizos. Eso sí que es un disfraz. En ese carnaval esos barras disfrazados fueron, por unos segundos, eso que nunca nunca nunca ninguno va a poder ser: como un suizo. Ni se lo pueden imaginar, ser como un suizo, en realidad.
También saturamos de hinchas no barras que cantaron una de las canciones más vergonzosas de la historia de la arenga a cualquier cosa: “Brasil, decime qué se siente”. Esa canción nació de un grupo de chicos que viajaron al Mundial en tren de viaje de egresados. Fotocopiaron la letra y la repartieron entre periodistas, relatores, gente. Se cantó en las radios, en la tele, en los colegios, en los cumpleaños, en los jardines de infantes. Para nosotros, los abajo firmantes, esa canción fue uno de los puntos más bajos de la producción cultural argentina, pero también fue un reflejo bastante fiel de lo hecho pelota que estamos. Fea la letra, ridícula, mentirosa, auto indulgente, complaciente, discriminatoria, sexista, nostálgica, costumbrista, como si cada uno de los días de nuestra vida contemporánea fuera el loop de una falacia mala y descreída . Un asco.
Antes de eso el gobierno y la AFA hicieron un show político de la presentación de la lista de jugadores que participarían de la competencia. Un auténtico acto stalinista. En eso son muy profesionales: no pierden ninguna oportunidad para apropiarse de lo que no les corresponde y resulta popular. Ese no es el único problema. Más problemático es el elenco de interesados que baila al ritmo de esa música, que bien podría haber sido Brasil decime qué se siente.
Y antes que eso, la Presidente reivindicó a las barras. Reivindicó a las personas barras bravas y a la cultura barra brava también. No es que dijo “que vivan aquellos que se organizan para chorear entradas y venderlas y quedarse con la guita”. Ni tampoco “que vivan esos que hacen, distribuyen y venden falopa”. Tampoco dijo “que vivan esos que matan a la vuelta de la esquina, o tiran piedras, o rompen autos y vidrieras o corren a la gente”. Todo eso estaba implícito. No hay nadie que ignore que los barras a los que se refería la Presidente hacen eso. Pero todos supimos, y ella también, que no sólo defendía a las barras, sino también castigaba a todos los que criticaban a las barras. Los criticaba por antipopulares, por anti cultura criolla, por prejuiciosos.
Doce años kirchneristas después estamos peor. Más violencia en las canchas, más problemático el tema de las barras, más relaciones entre la política y esos aspectos del fútbol. Más plata cruzada.
La única solución imaginada fue sacar a los visitantes de las canchas. Es cierto que es más cómodo, más seguro, y más complaciente con los clubes grandes que pueden llenar sus estadios con su propio público. También es cierto que antes que eso ir a una cancha de visitante era un incordio, no por el tema de ir sino de sacar una entrada. Salvo pocas excepciones, sacar una entrada para un partido concreto es un fastidio inexplicable, y el AFA Plus, otra autopista que no conduce a ningún lado. Como nunca antes, todo retrocedió.
Ya sabemos que el gobierno nacional no va a hacer nada al respecto, ya sabemos que es indecorosa su complicidad con los violentos. También sabemos que el gobierno que asuma el 10 de diciembre, si es de cambio y no de continuidad, deberá tomar medidas y que los resultados tardarán en llegar. Los primeros 100 días van a ser claves, y el primer año va a marcar todo. No es imposible, y la sociedad lo va a acompañar. Pero tienen que ir al hueso. En este tema el new deal es ir hasta el hueso para que vuelva la paz.
Quizás seamos, mientras tanto, los ciudadanos los que debamos hacer algo. Mientras se veía venir este cruce, la pregunta de muchos era si estamos preparados como sociedad. Lamentablemente, no. O sí pero a condición de estar amputados: sin visitantes. Tenemos que bajar un cambio, desdramatizar, vivirlo con pasión pero sin promover conductas violentas. En definitiva, ser personas normales.
¿Quién va a pasar de ronda en estos River-Boca de la Libertadores? Ojalá que el que mejor juegue. Y ojalá, también, que esta docena de años pasen y los dejemos, para siempre, atrás.

Escribe para Bastion Digital
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