Comienza la pelea por el poder en la era pos De la Sota (¿y pos Juez?)

Por Pablo Esteban Dávila

0 ilustra los q se vanLa anécdota dirá que se cerraron las listas para las próximas elecciones, pero lo central es que en la provincia comienza la pelea por el poder en la era pos José Manuel De la Sota. Como se sabe, el gobernador ha abdicado de sus posibilidades de continuar en la política provincial (la Constitución, sin embargo, le permitía disputar un período más) y concentrarse en la carrera presidencial para suceder a Cristina Fernández. Potencialmente, esta decisión tiene el efecto de clausurar uno de los ciclos políticos más longevos de la política nacional. De la Sota es protagonista desde 1983 –cuando fue candidato a intendente de la ciudad de Córdoba– y ha venido animando la vida institucional desde entonces prácticamente sin interrupciones. ¿Quién lo sucederá en lo inmediato en este rol de preeminencia?
Una de las actuales posibilidades es que lo haga Juan Schiaretti. Si el exgobernador fuera electo nuevamente, es seguro que el justicialismo se encolumnaría rápidamente tras de su estrella, como casi siempre sucede con los peronistas. Pero ocurre que también Schiaretti tiene un ciclo político próximo al ocaso. De triunfar en las próximas elecciones, en 2019 dejaría el poder pisando los 70 años, un horizonte temporal que lo habilitaría a pensar en el retiro.
Otro tanto sucedería con Oscar Aguad. El radical viene de perder dos veces como candidato a gobernador (en 2003 y 2011) y será esta la tercera que lo intenta. En las cantidades de porfías se asemeja a De la Sota, pero no en la edad en que podría llegar a la gobernación. Mientras que el peronista tenía 49 en 1998, Aguad cuenta hoy con 65 años. También para él el retiro podría ser una opción al finalizar un hipotético mandato.
Además, el candidato de Juntos por Córdoba tiene un pecado de origen. Su postulación no surgió de un claro consenso partidario, sino de una virtual imposición de Mauricio Macri. Hay varios heridos por la forma en que resultó ungido y no sería de extrañar que las facturas a cobrárselas se emitieran en un futuro cercano, tenga o no éxito en la aventura electoral. Por estos motivos, cuesta imaginarlo como el orientador carismático de un movimiento de largo plazo. De resultar gobernador, su probable influencia no se extendería mucho más allá de su primer período constitucional.
Así como ni Schiaretti ni Aguad podrían encabezar en sus respectivos partidos una época similar a la inaugurada por De la Sota hace tres décadas atrás, tampoco Luis Juez parece en condiciones de llevar adelante epopeya semejante. El líder del Frente Cívico ha mostrado su actual vulnerabilidad en las negociaciones que desembocaron en la triple alianza. En su caso, debe prácticamente el 100% de su inclusión al dedo de Macri, súbitamente encandilado por el personaje. Ninguno de los socios lo querían adentro, con la probable y solitaria excepción del propio Aguad. Es un tanto paradójico que el más cordobés de todos los políticos mediterráneos (sea por lo forzado de su tonada, sea por sus dudosos chistes de humor vernáculo) deba su supervivencia a un jefe de gobierno porteño con exclusión de cualquier otro mérito.
El tutelaje macrista bien puede haberlo salvado por ahora de la extinción, pero es inocultable la decadencia política de Juez. Dado su violento giro ideológico –pasó sin escalas del progresismo de Binner a la centro derecha del PRO– su partido se ha hecho añicos. En las últimas semanas se ha producido una diáspora de dirigentes desde el Frente Cívico hacia otras expresiones más izquierdistas, y nadie parece haber llenado los espacios que estos han dejado vacantes. La misma cosa podría decirse de su credibilidad. Nada queda de aquél justiciero rocambolesco que en 2003 prometía barrer a los corruptos de la madre tierra. Sus denuncias demostraron ser simples chapucerías, aunque muchas honras personales quedaron dañadas por su proceder, tan inescrupuloso como reñido con la prudencia. Por lo tanto, sería un milagro que el senador encabezara, a partir de los resultados de julio, un movimiento político capaz de establecer un período con su sello, más allá que su edad lo habilite a soñar con tal cosa.
La pregunta, entonces, regresa al comienzo. ¿Hacia dónde hay que mirar para encontrar a los líderes del mañana? Si se juzga la inquietud por quienes aparecen en las actuales marquesinas, debe concluirse que tanto Eduardo Accastello como Ramón Mestre y Martín Llaryora tienen posibilidades de aspirar al largo plazo.
Los tres tienen en común que han llegado a ocupar espacios de poder por mérito propio, cada uno dentro de sus respectivas fuerzas. El villamariense cuenta a su favor que es un buen administrador y que goza de los favores de Daniel Scioli, uno de los presidenciables más fuertes. El radical, por su parte, puede ufanarse de gobernar el distrito más importante de todos los que gestiona su partido, mientras que el peronista se ha consolidado territorialmente en el departamento San Justo, en donde contabiliza los votos como propios. Desde el punto de vista generacional, Mestre y Llaryora tienen 43 años, en tanto que los 53 de Accastello no parecen ser demasiados como para obturar un proyecto político más allá del 2019. Estos tres dirigentes pueden ser los reemplazos naturales de los liderazgos que comenzarán a ser discutidos en los próximos años.
El hecho que exista un fin de ciclo en ciernes estrictamente local y no homologable al resto del país no debería soslayar, sin embargo, que la provincia será la primera en replicar exactamente el mapa de la confrontación nacional que habrá de vivirse en las próximas elecciones PASO. Tal como se analizara en la edición de Alfil del 9 de mayo pasado, en Córdoba se enfrentarán los referentes del peronismo no kirchnerista con los de la alianza PRO – UCR y los del Frente para la Victoria. No son muchos los distritos que puedan exhibir esta simetría, no obstante que las relaciones de fuerzas sean probablemente diferentes a las que se verifican en el resto de la Argentina.
La imagen de una “provincia probeta” podría mover a la tentación de suponer que lo que aquí suceda adelantaría el entendimiento de acontecimientos futuros, pero es seguro que las semejanzas se agotarán en la figura de una maqueta a escala de la estructura nacional de fuerzas. Aunque todavía es prematuro profetizar sobre los resultados cordobeses, es razonable pensar que el postulante kirchnerista no logrará el triunfo, así como tampoco sea probable que una eventual victoria de Schiaretti prefigure otra similar de los candidatos de UNA en las PASO.
El hecho de haber contado con un ciclo político tan prolongado, cuya transición comenzará en breve, ha logrado que la vida política de Córdoba se haya desacoplado hasta cierto punto de los vaivenes nacionales. Habrá que ver si en la próxima década esta tendencia se revierte o sí, para solaz de los que aman los particularismos locales, los nuevos dirigentes se las arreglan para mantener esta pasión por la diferencia.