Tribulaciones del votante antikirchnerista

Por Alejandro Bonvecchi
Para elestadista.com.ar

DYN07.JPGTal como las encuestas de opinión pública y las estrategias de campaña de los principales candidatos presidenciales lo reflejan, el votante antikirchnerista consideraría tres opciones este año: Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli. Que Macri sea una opción no sorprende: desde su lanzamiento a la política se propuso como la contrafigura del kirchnerismo. Que Massa lo sea quizá sorprenda: fue Jefe de Gabinete del actual gobierno entre 2008 y 2009, y director de la Anses con Kirchner. Que Scioli, vicepresidente de Néstor Kirchner y gobernador de Buenos Aires con Cristina Fernández, lo sea es definitivamente sorprendente. Tras esa alternativa hay un cálculo estratégico que vale la pena analizar.
La opción por Scioli del votante antikirchnerista estratégico descansa en dos supuestos: éste tiene mayores probabilidades de sacar al país del atolladero económico y político en que se encuentra que Macri o Massa; y esas mayores probabilidades residen en que además de disponer del poder presidencial contará con la adhesión de la mayoría de los legisladores peronistas. Esa adhesión podrá no estar reflejada en la selección de candidatos a las bancas en esta elección, ni en las manifestaciones públicas de aquellos que hoy tienen mandato hasta 2017, pero como Scioli tendrá el poder presidencial en sus manos conseguirá que los legisladores que hoy no le responden sean mañana sus soldados. Con esa nueva tropa, Scioli conseguirá del Congreso la legislación necesaria para cambiar el statu quo, y obtendrá del peronismo el apoyo territorial y sindical que hace falta para atravesar el desierto del –siquiera moderado– ajuste económico que ese cambio exige. Según esta visión, pues, Scioli tendría mayores posibilidades de sacar al país adelante porque podría repetir con Cristina Fernández lo que Kirchner hizo con Duhalde y Menem.
Dos factores apoyan la verosimilitud de esta visión. Por un lado, la centralización del federalismo fiscal: concentrando importantes fuentes tributarias –exportaciones, transacciones financieras– y aprovechando al máximo la discrecionalidad que la legislación le provee para incidir sobre la distribución del resto de las transferencias fiscales, Scioli podría intercambiar –como hizo Kirchner– apoyo financiero por apoyo político. Por otro lado, la relativamente baja intensidad de la crisis económica: pese a la cesación de pagos y la estanflación, el mantenimiento de la estabilidad cambiaria, el todavía escaso impacto del desempleo y el leve incremento del consumo le otorgan al oficialismo un piso de popularidad –claramente más alto del que disfrutó Kirchner en 2003– sobre el cual Scioli podría edificar su propio apoyo entre la opinión pública como un presidente que trabaja para potenciar los mejores aspectos de una economía que –en alguna medida– los tendría.
Sin embargo, estos supuestos y factores están sostenidos en una analogía histórica estática, que omite la naturaleza dinámica de las mismas variables invocadas para realizar el cálculo estratégico. Según esta analogía, los incentivos de los legisladores kirchneristas para alinearse con Scioli son equivalentes a los de los duhaldistas y menemistas para alinearse con Kirchner; el federalismo fiscal bajo Scioli estará tan concentrado y será manejado de manera tan discrecional como con Kirchner; y la economía acompañará la instalación del nuevo liderazgo presidencial de modo tan consistente y virtuoso como ocurrió con Kirchner. Estas analogías estáticas son, empero, cuestionables.
Kirchner comenzó su presidencia cuando la economía empezaba a crecer luego de una crisis larga y profunda; por eso pudo capitalizar la salida y distribuir sus frutos. Scioli comenzaría la suya con una economía en serios problemas, no a la salida de una crisis; debería, pues, encarar la resolución de esos problemas para estar en condiciones de distribuir algunos frutos. A Kirchner lo ayudó el crecimiento de la economía internacional –tanto en los países centrales, como en los emergentes– y en la región. Scioli no tendría esa ayuda: si bien los emergentes crecen, sus tasas son menores; sólo algunos centrales crecen; y los socios regionales están en caída. Sin ese motor, Scioli tendría dificultades para usar la economía como cemento de su liderazgo: sin crecimiento, el federalismo fiscal sería menos eficaz para conseguir apoyo político.
Hay un contraargumento: los actores privados locales y extranjeros esperan un ajuste; si Scioli satisface sus expectativas haciéndolo pronto, la economía podría repuntar y cimentar su liderazgo. Pero el ajuste no es fácil de implementar: para bajar la inflación y recuperar la competitividad, el empleo y el crecimiento sin profundizar la recesión ni generar una corrida cambiaria, Scioli tendría que tomar deuda, para lo cual debería optar entre un programa con el FMI, y el consiguiente costo político de negociar sus condiciones, o los mercados internacionales de capitales, de los cuales necesitaría obtener tasas razonables para no caer en una nueva espiral de endeudamiento. Descartado el FMI, para obtener tasas razonables de los mercados Scioli necesitaría al menos mostrar disposición a salir de la cesación de pagos. Para mostrar esa disposición necesitaría cooperación del Congreso para formar una mayoría que derogue la ley cerrojo y facilite la renegociación con los acreedores. ¿Cómo podría construir esa mayoría si la economía no está creciendo, el federalismo fiscal no alcanza y ningún bloque tendrá más del 40% de las bancas?
La analogía con Kirchner invita a una respuesta: polarizando. Atacando a militares y menemistas, Kirchner dio a los legisladores la ocasión de sumarse a su coalición apoyando reformas institucionales que tanto peronistas como no peronistas preferían a cambio de acompañar o tolerar decisiones económicas que no preferían: canjeando Corte Suprema independiente y reapertura de juicios a militares por tipo de cambio real alto con política monetaria expansiva y renegociación de la deuda amplió el margen político de coincidencias y consiguió su mayoría legislativa.
¿Pero contra quiénes podría polarizar Scioli para ofrecer a los legisladores un trato análogo? ¿Contra el kirchnerismo, para ofrecerle al resto la reconstrucción del INDEC, la derogación de leyes controvertidas, la despartidización del Estado y el realineamiento internacional a cambio de apoyar su programa económico? Riesgoso si esa facción, con su líder en una banca, controla más de un tercio del bloque oficial: retacería el quórum, bloquearía algunas reformas o les pondría como precio la descentralización del federalismo fiscal –para simultáneamente debilitar a Scioli y rellenar las arcas provinciales para la campaña de retorno en 2019–. ¿Contra el “noventismo”? Riesgoso también si las bancas oficialistas, incluyendo al kirchnerismo, no alcanzan para el quórum.
¿Podrían Massa o Macri escapar a esta trayectoria? Tampoco a ellos los ayudaría mucho la economía ni les alcanzaría con el federalismo fiscal para formar mayorías en el Congreso. Pero a diferencia de Scioli tendrían margen político para ampliar el espacio de coincidencias: polarizando –contra el kirchnerismo– y canjeando apoyo al programa económico por crédito compartido por reformas institucionales podrían construir mayorías sin resignar la centralización del federalismo fiscal. Las tribulaciones del votante antikirchnerista estratégico no se resolverían, pues, votando a Scioli sino a aquel de sus competidores que llegue a la segunda vuelta.