Fayt, el dinosaurio de Monterroso

Por Gonzalo Neidal

2015-05-07_-FAYT_webAl populismo no le interesa la plena vigencia de las instituciones. No considera que ello sea algo verdaderamente importante y que forme parte de las condiciones para el desarrollo del país. Las consideran una carga plomiza cuya defensa está a cargo de la derecha, de los conservadores y de algunos radicales empecinados.
El parlamento aburría a Néstor. Y es razonable: el hombre estaba acostumbrado a la función ejecutiva: dar órdenes y punto. Eso de debatir horas y horas, de negociar, de ceder para obtener algo a cambio… no era para él. El Parlamento sólo tiene sentido si apoya al ejecutivo, si todos levantan las manos al unísono, votando lo que el ejecutivo propone, sin mover una coma.
¿Debate democrático? Esas son pamplinas inventadas por los partidarios del status quo. El único voto importante del pueblo es el que da a favor del presidente. ¡Esa es la voluntad del pueblo y ninguna otra! Y a ella deben someterse todos los demás poderes. Los parlamentarios deben alinearse con el poder presidencial. Nada de libertad de criterio o de opinión. Al legislador que no vote las propuestas que baja la presidencia de la Nación, se le hará una propuesta que no podrá rehusar, al estilo Corleone. Su provincia corre peligro de ser discriminada en materia de obras, fondos, remesas. Eso de que el Parlamento es un poder diferenciado del ejecutivo, es para la gilada. El que manda y debe gobernar sin impedimentos de ningún tipo, sin traba alguna, es el Poder Ejecutivo. Así piensa un populista.
La Justicia es otro de los poderes que puede trabar al ejecutivo. Y en este caso se trata –así se piensa en el populismo- de un poder aún menos legítimo porque nadie vota a los jueces. Además, duran para siempre. Y peor: hay algunos que se empeñan en no retirarse de sus cargos pese a su avanzada edad. Ni tienen, siquiera, la discreción de morirse en plazos apropiados. Por otra parte, las leyes deben ser interpretadas conforme al criterio del gobierno. Como ha hecho siempre el Dr. Oyarbide, por ejemplo.
Claro que la Justicia es un poder más difícil de alinear con las necesidades del ejecutivo. Los jueces son muchos y piensan de diversa manera. Además, su grado de discrecionalidad está acotado por los Códigos y las Leyes. Y la Constitución. Eso complica todo aún más. Por eso era importante que los jueces fueran votados por el pueblo, para que sean elegidos aquellos que fueran más afines al pensamiento del gobierno. De este gobierno, sobre todo. No estaría mal que todos los jueces tengan la cara de Oyarbide, por ejemplo. Pero esta propuesta ¡ay! fue rechazada, incluso por un amigo como Eugenio Zaffaroni. Es probable que haya sido un tanto alocada, entonces.

El obstáculo Fayt
El ataque a Carlos Fayt es tan grosero y sus motivos son tan obvios, que no es preciso un análisis sesudo del caso. El gobierno necesita fallos a favor o, cuanto menos, paralizar la Corte mediante la ausencia de una minoría perpetua pues, en el caso de que sólo queden tres jueces, hará falta unanimidad. Y entonces ataca a Fayt que, a los 96 años era apto para ejercer su cargo pero no a los 97.
El gobierno no quiere a Fayt como no quiere a Lorenzetti y probablemente tampoco a Maqueda, por una razón muy rústica: suelen fallarle en contra cualquiera sea la importancia del tema. Y eso ciertamente fastidia. Apenas cuentan con Highton de Nolasco en muchos asuntos pendientes de resolución, pero no en todos. El gobierno necesita un voto propio. Falló el intento Carlés, aunque fuera investido (¿disfrazado?) con la venia papal. Ahora necesitan a Fayt afuera de la Corte. Pero se trata de un esfuerzo inútil, Fayt no parece muy dispuesto a renunciar. Y se empeña en seguir viviendo, al menos hasta el final del mandato de Cristina. ¡Es el colmo de la insubordinación! Hay que terminar con él como sea. Poniendo en duda su existencia, o sus facultades. O bien mediante un juicio político.
Pero el gobierno no cuenta con los votos suficientes para instrumentar un juicio político. Y esto es un fastidio. Para la presidenta, claro. Es tan grotesca la maniobra y tan caprichosa la actitud presidencial que salió a cruzarla alguien completamente impensado: el periodista Horacio Verbitsky, que no tiene demasiados pergaminos en materia de defensa de las instituciones democráticas.
Lo que ha dicho Verbitsky es muy sencillo: “el rey está desnudo”. O sea, Cristina carece de los votos para sacar a Fayt. No tiene los dos tercios.
Puede escrachar contribuyentes por Cadena Nacional pero no puede sacarlo a Fayt.
Puede hacer renunciar precandidatos del Frente para la Victoria pero no puede expulsar a Fayt de la Corte Suprema.
Puede hablar todos los días por Cadena Nacional pero, no puede conseguir que Fayt se vaya.
Como en el cuento de Monterroso: cuando Crsitina despertó, Fayt todavía estaba ahí.