Massa y Túpac Amaru

Por Gonzalo Neidal

DYN39.JPGPese a su desbordante acto en la cancha de Vélez Sarsfield, donde concentró partidarios de todo el país, Sergio Massa no cesa de recibir malas noticias.
Cada día que pasa lo abandonan dirigentes cercanos, intendentes amigos, políticos aliados e incluso figuras fundacionales de su sector, que lo acompañan desde el inicio mismo de la creación de su espacio político.
¿Qué está pasando con Massa? Hace pocos meses se comía a los chicos crudos y avanzaba con una fuerza arrolladora hacia la presidencia, presunción sólida fundada en un hecho también robusto: su triunfo en la Provincia de Buenos Aires en las elecciones legislativas de 2013.
Lo rodearon prominentes economistas provenientes del kirchnerismo y algunos fuertes dirigentes peronistas de todo el país le dieron su apoyo. Consiguió incluso el guiño de algunos radicales importantes. Todo parecía encaminado para que Massa y ningún otro sería quien dirimiera con el candidato oficialista, la presidencia de la Nación.
Pero en pocas semanas, el panorama parece haber cambiado sustancialmente aunque, por supuesto, nadie podría afirmar que las nuevas tendencias son definitivas. Nada es permanente en tiempos de elecciones y mucho menos en la Argentina, donde transitamos una zona resbaladiza y el humor social se desplaza con vaivenes insospechables.
Hoy por hoy, lo cierto es que Massa está siendo abandonado por muchos aliados que se desplazan en dos sentidos: unos vuelven al peronismo cristinista y otros enfilan hacia la figura de Mauricio Macri.

La Gran Túpac Amaru
Por supuesto que en su éxodo, muchos revelan la simple existencia de razones mezquinas, supuestos incumplimientos de promesas realizadas, ambiciones personales que no se concretan, expectativas individuales no concretadas, etcétera. Pero toda argumentación personal, sin embargo, se enmarca probablemente en un fenómeno más global, que impulsa esas voluntades individuales hacia otros destinos. Nadie abandona un movimiento en alza, que marche hacia un destino inexorable de poder.
Es como si existiera una presunción prematura de derrota en el massismo. Probablemente infundada, seguramente. Pero es como si los protagonistas fueran percibiendo un escenario polarizado, partido en dos, que reduce las posibilidades de una tercera fuerza que proviene del partido de poder y que, hacia el final del largo, larguísimo período de gobierno, se decidió por plantear diferencias.
En los últimos días Massa ha sufrido dos deserciones importantes: la de Jesús Cariglino, intendente de Malvinas Argentinas y la de Darío Giustozzi, su socio más importante en la Provincia, ex intendente de Almirante Brown. Abandonos importantes y significativos por lo que tienen de simbólico. Pero también ha tenido gestos de distancia el propio Gerardo Morales, socio de la UCR de Jujuy, al que se suman movimientos similares en otras regionales, como Tucumán, por ejemplo. No hay que olvidar que Martín Insaurralde hace algunas semanas y tras un largo coqueteo con Massa, decidió volver a las filas del oficialismo.
No hay que olvidar tampoco las fugas de Sandro Guzmán (Escobar) y de Gustavo Posse (San Isidro), que abandonaron a Massa antes y que iniciaron esta ráfaga de abandonos de intendentes.
Cabe preguntarse si esto que aparenta ser un veloz desdibujamiento de Massa y su espacio político terminará beneficiando a Daniel Scioli o a Mauricio Macri. Por de pronto, estamos lejos de aceptar que el debilitamiento de Massa marque una tendencia definitiva de su poder de convocatoria o de las intenciones de voto del electorado. Todavía faltan meses decisivos.
Lo que es cierto, sin embargo, es que los problemas que enfrenta hoy el gobierno (convenios salariales, embestida contra la Corte y Fayt, asunto Nisman), suman problemas a Scioli, obligado a abrazarse al kirchnerismo y a defender todas y cada una de sus políticas específicas, hasta el momento de su consagración como candidato definitivo por el oficialismo y quizá, aún después de eso.
Ha de resultar sumamente incómodo para el gobernador de Buenos Aires pronunciarse a favor de la feroz ofensiva contra un ministro casi centenario como Carlos Fayt. Tampoco ha de sentirse excesivamente a gusto defendiendo la irracional escala de retenciones para el Impuesto a las Ganancias, que entorpece las negociaciones salariales y enemistan al peronismo con los gremialistas que, si bien es cierto que son peronistas y como tales siente afinidad por Scioli, también es cierto que no pueden dejar a un lado su condición de sindicalistas y lo que ello supone en primer lugar: la defensa del salario de sus representados.
En definitiva, el espacio de Massa está sometido a una suerte de efecto Túpac Amaru. Un despedazamiento que, en todo caso, no hace más que confirmar que el próximo escenario político tendrá dos fuerzas fundamentales: los que están a favor de la continuidad del modelo kirchnerista y los que se oponen a él.
Blanco o negro.
Después habrá tiempo para matices intermedios.
Pero no ahora, según parece.