La entendible continuidad del cristinismo

Por Bernardo Maldonado-Kohen
especial para JorgeAsísDigital

DYN25.JPGCuesta admitir que el ciclo negativo del cristinismo apueste aún por su continuidad. En doce años de imposturas, construyó un régimen sostenido por los desposeídos que sacan, y por los épicos que plantean la Revolución Imaginaria. Pero abiertamente enfrentado con los poseídos que no ponen. Con los idiotas que les pagan los impuestos y los obstinados que conservan un “canutito”.
Extraño modelo de inclusión social que excluye a los que invierten. Un cachivache que nada tiene que ver, siquiera, con el peronismo.
La economía encepada (que se niega). El descenso del default (que se niega también). La nación desacatada. Con la inflación tolerable por hábito histórico. Acostumbramiento cultural. Con la recesión tergiversada.
El vicepresidente no puede ser mostrado ni en fotografías. La señora presidente salpicada por el infantilismo lavador de la hotelería menos responsable. La ofensiva brutal sobre el Poder Judicial marca que mantienen problemas severos con el delito. Por la corrupción estructural de los primeros siete años de recaudación centralizada. Para garantizarle impunidad al delito, no vacilan en cultivar la viejofobia más cruel.
Para concluir la sinopsis queda el balance de la sospecha internacional. La responsabilidad por el crimen ensuciado, oscurecido. Consecuencia de “los cambios”, mientras se ensaya el antiimperialismo inconvincente y preventivo. Cambios geopolíticos a través de acuerdos que se desconocen. Como si estuvieran seguros que ningún sucesor podrá jamás revisar la historia reciente.
Pese al breve catálogo de catástrofes escogidas, con una audacia infinita el cristinismo instala la idea de quedarse. Porque vuelve, en octubre, a ganar. En los últimos 45 días pasaron de la resignación cultural de irse, al triunfalismo jactancioso de la actualidad. Dejaban la “bomba para el sucesor”, al decir de Méndez. Aunque amagan ahora con sucederse a sí mismos. Con el objetivo de resolver la elección, incluso, en la primera vuelta.
Al cierre del despacho nadie se atreve a asegurar tampoco que, de existir la segunda vuelta, la pierdan. La continuidad del cristinismo es entonces entendible. Casi admisible. No presenta ningún misterio. Las razones para la permanencia son absolutamente terrenales.
La explicación elemental alude a la intrascendencia de la contestación opositora. Induce a evaluar que el cristinismo no tiene enfrente nada serio que, en el fondo, lo inquiete. Sólo la gran prensa, que se equivoca con énfasis y también pierde. Y algún sector de la Justicia, que marca limites, como puede.
Daniel Scioli es la cría involuntaria del proceso kirchnerista. Caso más tratable desde el esoterismo que desde la ciencia política. Un hombre sensato, apreciablemente elemental, con la sobreestimación personal que arrastra la ideología positiva del vitalismo. Nada tiene en común con lo más detestable del resignado Frente para la Victoria que lo enarbola como candidato. Siempre que supere el obstáculo de Florencio Randazzo. O sea, en definitiva, el obstáculo permanente de La Doctora.
Si Scioli está hoy poco más fuerte que Mauricio Macri, y bastante más que Sergio Massa, es por la pertenencia al extinguido Partido Justicialista. El sello vegetal está disminuido, pero conserva vigencia como instrumento electoral. Un gran partido en estado de misericordia, pero es el único que subsiste. El resto es un conglomerado de cartas de intención. Algunos son muy auspiciosos, como el PRO, expresión institucional del macricaputismo. Y aún persiste otro gran partido, un esqueleto en conservación. El despedazado radicalismo que aporta, en su fragmentación, “radicales para todos”. Hasta para el Frente de la Victoria.
Aunque el PJ y el Frente carecen de fuerza consistente en los grandes centros urbanos (Córdoba, Rosario, Artificio Autónomo de la Capital) se sostiene sobre todo en la Inviable Buenos Aires. Marca la diferencia en el territorio donde se suele castigar al oficialismo en las legislativas. Pero se lo respalda en las presidenciales.
Macri y Massa, los dos principales desafiantes, al carecer de estructuras territoriales propias, debieron apoyarse en el esqueleto sin gran musculatura de los radicales. La batalla (por los radicales) la ganó Macri. Para generar una asociación sostenida en su figura, aún más allá del Artificio Autónomo.
Cuenta con una base atendible en Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Pero resulta insuficiente en la Buenos Aires Inviable donde ya supo triunfar dos veces. Asociado a Francisco De Narváez, en 2009, y a Massa en 2013.
Desligado hoy de ambos, Macri confía en su carisma de producto providencial para arrastrar, desde la candidatura a presidente, a quien disponga como gobernador. Repetición argumental del fenómeno Alfonsín de 1983, cuando logró imponer como gobernador al frágil Armendáriz.
Pese al entusiasmo del pensador Durán Barba, hoy resulta casi ingenuo apostar por la pureza ideológica del PRO. Con aspirantes que enarbolen el certificado de “lo nuevo”. Modernos. Danzarines novedosos.
Al perder su batalla por los radicales, Massa opta, en cambio, por asegurarse una parte considerable del electorado peronista, pero desconforme con la pertenencia al frepasismo tardío del Frente para la Victoria.
Hoy Massa padece los operativos exitosos para depilarlo. Son pequeños caudillos suburbanos que lo abandonan por desencantos juveniles. Y del único territorio donde El Depilado está más sólido. Buenos Aires. Mientras tanto, para contener recíprocamente la adversidad, Massa ensaya la aventura del entendimiento con De la Sota, el peronista cultural que hoy nos sorprende como Demócrata Cristiano.
Desde los espacios de la racionalidad emergen los esclarecidos que tienen una firme vocación por perder el tiempo. Pugnan aún por el acercamiento imposible entre Macri y Massa. Pero para algarabía de Scioli y La Doctora, la grieta, entre ellos, se profundiza con intensidad.
La tesis clásica del Portal remite a interpretar el cristinismo a través de las caídas. Las que generan las recuperaciones. El último descenso en el infierno alude al Crimen de Nisman, que mantiene el destino clavado de misterio irresoluble.
El cristinismo envolvente sirve para entender sobre todo al opositor envuelto. El que crece, en exclusiva, solo a partir de los errores del adversario. La proyección del opositor envuelto nunca es consecuencia de los propios atributos para plantear la superioridad.
Si no comete más equivocaciones, con Scioli -la cría involuntaria- el cristinismo siente el regalito de cuatro años más en el poder. Salvo que los opositores envueltos modifiquen la estrategia de la fragmentación, que les deja el obsequio de la permanencia garantizada a los envolventes.
Esta oposición envuelta, vacilante y colmada de egolatrías y competencias pasionales, consigue que ninguna crisis del cristinismo sea suficientemente grave. Como para evitar la ceremonia de la recuperación. Ocurre que esta oposición sólo se conforma con oponerse. Indignarse con declaraciones a los medios. Pero siempre sin sustituir. Larga vida (regalada) para el cristinismo.