¿La universidad hacia un nuevo Medioevo?

Por Pablo Esteban Dávila

p04-1La Universidad Nacional de Córdoba parece estar descendiendo aceleradamente hacia un nuevo Medioevo. Al parecer, hay ciertos temas que no pueden ya debatirse en sus claustros. La que debería ser la casa del saber, de la ciencia, de la reflexión crítica, se está transformando en una guarida de la izquierda fascista que decide, con los métodos más antidemocráticos a su alcance, sobre cuáles asuntos pueden hablarse y de cuáles no.
Lo que sucedió el viernes pasado con el divulgador y científico español José Miguel Mulet es otra prueba de esta preocupante tendencia. Mulet es el autor de un libro denominado “Comer sin miedos”, en el cual aborda con tono cáustico las preocupaciones de ciertos ambientalistas que, con argumentos pseudocientíficos, atacan por peligrosos a los alimentos transgénicos y a las técnicas de cultivo que los sustentan.
Mulet llegó a la Argentina la semana pasada para presentar su trabajo en la feria del libro de Buenos Aires, en donde fue víctima de los clásicos escraches ecologistas. El viernes visitó la Bolsa de Comercio de Córdoba y, por la tarde, tenía programado brindar la charla “Mitos y debates: del campo a la mesa” en el pabellón Argentina de la UNC, organizada por la Facultad de Ciencias Agropecuarias y otras instituciones. Pero, cuando la conferencia debía comenzar, el decano Marcelo Conrero anunció que el autor no se presentaría por “haber recibido amenazas de muerte” a través de las redes sociales. Cuando los presentes se retiraban (visiblemente fastidiados por la suspensión), un grupo de militantes ambientalistas desplegaron banderas y comenzaron con su clásica retahíla: “¡fuera Monsanto!”, “doce millones de personas envenenadas por el glifosato” y estupideces por el estilo.
Es obvio que se trataba de una emboscada. Los ecologistas estaban agazapados, a la espera que Mulet comenzara con sus argumentaciones. En el momento preciso comenzarían a agredirlo y a interrumpirlo con sus cánticos y amenazas, de de modo tal que la reunión se suspendiera con escándalo. Luego la prensa hablaría de ellos, no del español ni de su aporte al razonamiento científico. El eco – obscurantismo habría ganado otra batalla, nada menos que en el seno de la Universidad.
La prudente retirada de Mulet impidió la consumación de la maniobra, pero esto es sólo un detalle. Lo lamentable del episodio es que los violentos impidieron, quizá por primera vez, que un científico expusiera sus conclusiones dentro de una universidad cuatro veces centenaria. Hasta el viernes, estos Atilas del conocimiento sólo habían logrado afectar, por cierto que bastante exitosamente, las reuniones de sus órganos políticos, pero ahora demostraron estar dispuestos a atacar la mismísima base de legitimidad de la Casa de Trejo, esto es, la posibilidad del debate científico sin censura ni supercherías.
A juzgar por lo acontecido con Mulet, el partido entre ciencia e ignorancia va cero contra uno. Y se corre el riesgo de perderlo por goleada. No se ha escuchado que el rector Francisco Tamarit haya repudiado lo ocurrido, ni que los centros de estudiantes respalden a viva voz la libertad para divulgar el conocimiento sin amenazas. ¿Será que esta versión de la izquierda berreta (que difícilmente haya leído a Carlos Marx) ha percudido hasta tal punto el entramado universitario que nadie se le atreva a enfrentarla desde dentro de sus claustros? ¿Habremos de acostumbrarnos a una universidad pública militante, sin el temple suficiente como para cuestionar cualquier comportamiento anticientífico, aunque sea políticamente incorrecto hacerlo?
No hay motivos para ser optimistas. Recuérdese que el año pasado, ante el chantaje de los ambientalistas, el señor Tamarit exigió al decano Conrero que derogara un convenio que había firmado con la multinacional Monsanto, una multinacional líder en biotecnología. El propio decano fue insultado en más de una oportunidad por estos gamberros, sin que la comunidad académica se solidarizara con él o, al menos, que lo hiciera a viva voz. Para colmo, ningún científico serio respalda sus posiciones catastrofistas. El célebre estudio sobre Monte Maíz, que demostraría una mayor incidencia de cáncer debido a las fumigaciones, hace agua por varios costados y nadie con algún prestigio ha salido a respaldarlo. Es un hecho que la Universidad se encuentra jaqueada por esta clase de Torquemadas, y nada hace suponer que sus profesores o alumnos se encuentren particularmente indignados por tal asedio.
Hacemos votos porque el señor Mulet pueda, alguna vez, exponer en paz su trabajo y responder cualquier tipo de preguntas, incluso las más adversas, frente a un auditorio civilizado, capaz de discernir entre el método científico y la simple habladuría. Tan modesto objetivo no parece posible por ahora. Es una lástima, porque este investigador tiene el estilo que hace falta para sacudir las telarañas de demagogia con las que este tipo de ecologismo ha inmovilizado el cerebro de grandes porciones de la población. Sus conclusiones sobre que, para la Organización Mundial de la Salud, “el glifosato está en la misma categoría que el mate” o que los documentales del tipo “El Mundo según Monsanto” consisten en “demasiadas mentiras por metro cuadrado” para cualquiera que sepa algo de agricultura, constituyen aportes demasiado valiosos como para no poder escucharlos.
Alguna vez debería haber alguna manifestación en las grandes avenidas de Córdoba reclamando por el derecho a la libre expresión de tipos como Mulet o Mario Vargas Llosas (otro segregado) sin la censura de la izquierda. Ojalá pudiera decirse que la humanidad come mejor que nunca y tiene más esperanza de vida al nacer que en ningún otro tiempo pasado gracias a los avances en genética y biotecnología. Que la predicción de la hambruna general de Thomas Malthus no se ha cumplido gracias a los agroquímicos, el control de plagas, la siembra directa y las patentes de Monsanto y otras grandes empresas innovadoras. Que es muy romántico hablar en contra de los transgénicos cuando en los supermercados existe una gran variedad de alimentos que sólo podrían producirse gracias a estas tecnologías. Que, en definitiva, es fantástico quejarse del capitalismo liberal cuando este sistema político es el único que permite quejarse, dado que todos lo demás que se probaron, hasta ahora, terminaron con las quejas y también con los quejosos.
Es difícil que tal marcha se produzca en lo inmediato y, seguramente, que pedirla es pedir mucho. Pero lo que debería ser mandatorio, no negociable, es que la UNC no adoptara la censura ideológica para tratar los temas científicos. Después de todo, es una institución pública que financian los impuestos de gente de centro, derecha e izquierda, y no parece justo que sólo los últimos tengan el derecho a veto sobre los asuntos que pueden considerarse en su seno. Únicamente la ciencia debería ser el parámetro de admisión de una cuestión determinada; todo lo demás forma parte del comité, la libre opinión (incluso la peor fundamentada), la religión o la superstición.