Massa y los cuatro de Córdoba

Por Pablo Esteban Dávila

p05-1Hace exactamente dos años atrás, José Manuel de la Sota invitó a un locro gigantesco en la explanada del Centro Cívico. El pretexto era conmemorar el día del trabajador (uno de los fastos peronistas junto con el 17 de octubre) y, con esta excusa, congregar en Córdoba los referentes más destacados, por aquel entonces, del justicialismo no kirchnerista. La convocatoria contó con el eco deseado. Francisco de Narváez, Hugo Moyano y Roberto Lavagna acompañaron al gobernador, dedicándose cálidos elogios y augurando un futuro político en conjunto. Este diario bautizó aquella reunión como “los cuatro de Córdoba”.
El cónclave tomó de sorpresa a varios, tanto en el Frente para la Victoria como en el de la oposición. Gabriel Mariotto sentenció que la foto de estos dirigentes “atrasa 30 años”, en tanto que Marcos Peña, el secretario de gobierno de Mauricio Macri, coincidió con el vicegobernador de Daniel Scioli en que aquella “era una foto vieja”. Estas descalificaciones fueron eficazmente respondidas por Moyano y Lavagna, demostrando un espíritu de cuerpo digno de las mejores causas. El futuro del cuarteto prometía ser venturoso.
Por supuesto que pasó mucha agua bajo el puente. En aquel entonces, los sueños presidenciales de Sergio Massa dormitaban en su laboratorio electoral, al punto tal que en el kirchnerismo existía el convencimiento de que el entonces intendente de Tigre no desafiaría al gobierno. Macri todavía soñaba con una vigorosa pata peronista y sus coqueteos con el radicalismo se reducían a sus excelentes relaciones personales con Oscar Aguad y Ernesto Sanz. Todo esto cambió dramáticamente desde las legislativas de 2013 y, por cierto, no hace falta repasar la cronología de acontecimientos por demás conocidos.
Fue un hecho conocido que la fama de los cuatro de Córdoba comenzó a eclipsarse a medida que Massa se perfilaba como presidenciable. El posterior lanzamiento nacional de De la Sota (y su comprensible toma de distancia con el tigrense) hizo que el entendimiento sugerido en Córdoba se difuminase a medida que pasaba el tiempo. Un año después ya nadie se acordaba de aquel intento neoperonista.
Tal cosa podría haber continuado sin variantes si Massa hubiera logrado mantener el ímpetu electoral adquirido tras su rotundo triunfo en la provincia de Buenos Aires en las legislativas pasadas. Joaquín Morales Solá recordaba ayer en “La Nación” su portentoso capital político hacia enero de 2014: “30 por ciento de intención de voto presidencial (mientras que) Scioli contaba con sólo el 26 por ciento y Macri estaba relegado al 14 por ciento”. El hoy diputado nacional no necesitaba ninguna otra cosa que no fuera gozar de las venturas de su buena estrella. Lavagna, Moyano y De Narváez aceptaron bien pronto por donde pasaba el nuevo meridiano político y navegaron hacia él sin dudarlo. Contrariado, De la Sota observó el éxodo con aplomo; nadie como él para comprender que las desventuras propias pueden también ser efímeras.
Pero la política suele ser un hada sádica. De aquellas alturas, Massa sólo conserva hoy un endeble veinte por ciento de las intenciones de voto y observa con aprensión cómo Macri se posiciona como el contrincante de Scioli. No hay mucho que festejar y sí de que preocuparse. Esta sensación de urgencia lo instó para que negociara (y sellara) un acuerdo con De la Sota para participar juntos en las PASO y dinamizar sus respectivas candidaturas. El pasado viernes protagonizó un acto de campaña multitudinario en el estadio de Vélez Sarsfield, rompiendo la modorra de las movilizaciones y procurando evitar la fuga de dirigentes hacia otros rumbos.
Tozudo en sus intereses pero buen lector de la realidad, el gobernador de Córdoba ha tomado nota de estas mudanzas, allanándose a competir contra el diputado dentro de las primarias. Especula con el hecho que ambos podrían conformar un núcleo de atracción que solidificase al peronismo opositor. Si, como pareciera aconsejable, finalmente terminaran de sumar a Adolfo Rodríguez Saa, esta intención se transformaría en una realidad palpable. Una competencia tripartita intensificaría las aspiraciones massistas y atraería la atención de la opinión pública por sobre las monolíticas candidaturas de Scioli y Macri. Es tanta la conveniencia de obrar de este modo que muchos se encuentran tentados a preguntarse por qué no lo hicieron antes.
El acuerdo Massa – De la Sota reedita, no obstante que de una forma meramente casual, la experiencia de “los cuatro de Córdoba”. Allí están, nuevamente reunidos, los que quisieron construir un polo peronista que disputara la legitimidad justicialista que pretende la Casa Rosada y que quedaron en el camino. Por supuesto, de la tetrarquía originaria sólo uno puede decir que es un verdadero primus inter pares (el propio De la Sota) con capacidad para entenderse directamente con el hombre de Tigre. El resto no ha logrado escapar de ciertos ámbitos que les son propios, tanto de especialización como geográficos, que limitan sus expectativas en la misma manera que las mantienen vigentes. Hugo Moyano está lejos de transformarse en el “Lula argentino”, tal como aspiraba a ser llamado, en tanto que Roberto Lavagna no logra desprenderse de su excluyente reputación de economista experto. De Narváez, por último, sólo puede decir que es gravitante en la provincia de Buenos Aires y en ninguna otra parte.
Massa acaba de estrenar su nuevo slogan: “El cambio justo”, suficientemente evocativo como para intentar explicarlo. De la Sota, por su parte, insiste en presentarse como una opción de tierra adentro, en contraposición con el evidente parentesco geográfico del resto de los contrincantes. ¿Alcanzarán a conmover ambos programas al electorado? Hasta ahora, sólo Macri ha logrado presentar avances concretos en materia electoral. Los resultados en Santa Fe y Capital Federal lo ayudan claramente, pero debe subrayarse que ambos estaban vaticinados con meses de anticipación. Por el contrario, Córdoba podría mostrar un espaldarazo hacia De la Sota y, más genéricamente, otro para Unidos por una Nueva Argentina (tal es la denominación del Pacto de Palermo que lo une con el bonaerense). Queda por verse cómo se moverá Massa en los próximos meses. Está encerrado en un dilema complicado: sus potenciales votantes no alcanzan para acceder a la Casa Rosada, pero tampoco son tan escasos como para declinar en sus ambiciones. Para colmo, muchos sostienen que, en el caso que abdicara, sólo serían ganancias para Scioli y sus deseos de ganar en primera vuelta. Sería insoportable, para alguien que desafió tan exitosamente al kirchnerismo, terminar siendo funcional a su continuidad en la Nación.