La política es una broma

Por Pablo Esteban Dávila

0 ilustra cacho vicegobernador“La guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares”, sentenció George Clemenceau hace casi cien años atrás. Debido a su ingeniosa construcción, la frase invita a adulterarla. ¿Es la política un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los políticos? A la luz de recientes acontecimientos, la pregunta no es sólo retórica.
Cacho Buenaventura, el conocido humorista cordobés, fue presentado ayer como compañero de fórmula de Eduardo Accastello, el representante de los K en Córdoba. Aunque Cacho asegura ser radical (en los ’90, apoyó televisivamente a Ramón Mestre), buena parte de sus años recientes la pasó coqueteando con el peronismo. No hace tanto protagonizó un spot de apoyo a Juan Schiaretti, diciendo que algo así que “la política era cosa seria” en evidente alusión al pretendido capo cómico Luis Juez. Ahora cambió de bando; las evocaciones son, por lo tanto, inevitables.
Accastello no buscó a Buenaventura por sus conocimientos en la administración pública o su habilidad para liderar un gobierno, sino porque es un tipo conocido y, además, simpático. En esto no hizo otra cosa que replicar lo que hicieron tantos otros, comenzando por Carlos Menem, el inventor de este tipo de candidaturas en la Argentina. En esta sociedad tan extrovertida y con tanta desconfianza hacia los políticos, lo sorprendente es que existan listas que no postulen a algunos de estos tanques mediáticos. En cierto sentido, lo excepcional se ha vuelto una regla.
¿Es bueno o malo dejar la política –o parte de ella– en manos de no políticos? Depende. En los últimos tiempos, la tendencia parecería ser la de banalizar la representación pública. Con el sistema de partidos aún en terapia intensiva, es más fácil sacar dirigentes de la cantera de los deportes, la farándula o de los medios que obtenerlos de la paciente construcción del liderazgo que supone una fuerza política estructurada. Algunos de estos outsiders resultan ser verdaderos hallazgos (Palito Ortega, Carlos Reutemann o Daniel Scioli) y otros rotundos fracasos, pero en la elección de todos ellos prima el elemento central de la popularidad.
Es un hecho que captar este tipo de personajes supone una óptima relación de costo y beneficio. Si se tienen en cuenta las cifras, varias veces millonarias, de una campaña electoral se comprende fácilmente que convencer a alguno de los integrantes de la claque de los famosos permite ahorrar plata. Impulsar a un dirigente “tradicional” que cuida las palabras, sopesa las ideas e intenta practicar el arte de la persuasión, cuesta mucho y sus resultados, en términos electorales, son inciertos. Mejor intentarlo con quienes nunca hollaron el cursus honorum de la política.
Podría apostarse que, si alguien se tomara el trabajo de cotejar el pensamiento vivo de un Baldassi, un Buenaventura o un Del Sel no podría encontrar diferencias ostensibles, más allá que sirvan a líderes diferentes. En ellos prima la forma, la exterioridad, por sobre el contenido político. Ocupan los lugares que detentan porque simbolizan “algo nuevo”, sin que nadie pueda explicar qué ventajas para la ciudadanía (al fin y al cabo, de esto se trata esta actividad) conllevan semejantes novedades, esto sin considerar el hecho que, en tales casos, la primicia parece agotarse en sí misma.
Es un hecho que las ideas del famoso terminan definiéndose, en términos políticos, por su adherencia a tal o cual líder. Se supone que referí Héctor Baldassi es de centro derecha porque le dijo que sí a Mauricio Macri, mientras que Cacho Buenaventura se adivina progresista porque hizo lo propio con Accastello. Jamás se sabrá exactamente cómo se definían ellos antes de incursionar en estas lides, simplemente porque nunca tuvieron definiciones políticas que fueran conocidas o deliberadamente divulgadas. Todo lo que digan en adelante sobre, por ejemplo, las ideas de mercado o la Asignación Universal por Hijo será, forzosamente, una construcción ex post y, por lo tanto, sospechosa de haber sido elaborada por asesores externos dispuestos a llenar tanto vacío.
¿Serán estos los dirigentes que la Argentina necesita para los próximos años? ¿Acaso el pensamiento modesto, las ideas cortas y las frases insulsas serán el antídoto adecuado para los graves problemas que deberá afrontar el país? El buen sentido diría que no, pero el buen sentido no está de moda. En definitiva, de lo que se trata es de generar golpes de efecto antes que abordar las graves cuestiones que requieren definiciones. Quizá en esta certeza resida la molesta sensación de desconfianza que genera este tipo de candidaturas. Porque, al fin y al cabo, los lanzamientos de esta clase no son otra cosa que “atajos de popularidad” destinados a evitar la verbalización de lo que, en rigor, deberían tratarse de auténticos programas de gobierno. Poblar a la política de deportistas, humoristas o derivados del mundo del espectáculo puede que termine resultando pan para hoy y una profunda inanición para el mañana.
No se trata, por supuesto, de negar méritos personales o de caer en el determinismo de señalar que sólo un político puede hacer política. Ronald Reagan, uno de los más grandes presidentes de los EE.UU., fue un actor de Hollywood, en tanto que Eva Perón provino del mundo del radioteatro.
La política es un universo de poses, actuaciones de ocasión y representación de papeles diversos, y nadie que haya pisado alguna vez un escenario puede ser reputado como insolvente para desempeñarse en el territorio de lo público. Lo que debería dilucidarse en este tipo de fichajes es el aporte efectivo al bienestar general y no si son aptos (¡claro que lo son!) para llamar la atención de los ciudadanos o adornar las boletas en el cuarto oscuro.
Además, en el caso de la postulación del señor Buenaventura, la falta de correspondencia entre la forma y el contenido llega a niveles complejos. El Frente para la Victoria –tal su nuevo espacio– es un derivado ideológico del populismo laclausiano, absolutamente renuente a mezclar la frivolidad con el relato heroico del proyecto nacional, el culto al líder personalista y el poder corpóreo que se le atribuye a la militancia de las bases. ¿Cómo explicar que un humorista pueda suplir aquellas banderas tan cuidadosamente enarboladas? Su inclusión hasta podría ser tildada de herejía por parte de la ortodoxia K, horrorizada por la decadencia que supone haber apoyado a la filósofa Carolina Scotto y, apenas dos años después, secundar al narrador de la épica del Tío Brito y otras menudencias.
Estas disonancias no serían tan sospechosas si existieran partidos políticos fuertes. Se supone que, si para algo existen, es para formar ciudadanos (sean famosos o ignaros) en el arte de la política. Cuando Palito Ortega y Reutemann decidieron apoyar a Menem, se insertaron en el aparato del Partido Justicialista, una organización con amplia experiencia en los asuntos de gobierno. La dialéctica entre candidato y estructura permitió la aparición de matices que, a la postre, se revelaron como exitosas. Esto no ocurre en la actualidad. En la mayoría de los casos, los famosos son convocados para estructurar una oferta electoral, no al revés. Esto hace que el PRO santafecino se identifique con Del Sel, cuando lo ideal sería que este se identificara con aquel. Ocurre algo similar con Mc Allister en La Pampa y en tantos otros lugares. En lo que respecta al rol que la nueva política le otorga a sus partidos, cae de maduro que no son tomados en serio. Una prueba más que la política es una broma.