El hombre que cazaba palabras



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Tobías Garzón y la portada de su obra editada en Barcelona, en 1910.
Tobías Garzón y la portada de su obra editada en Barcelona, en 1910.

Hubo, allá por finales del ochocientos, un hombre que llevaba en los bolsillos papeles llenos de anotaciones, apuntes tomados al correr de los días y las horas, con el oído atento a las expresiones que usaban los hablantes a su alrededor. Tobías Garzón paraba la oreja, escuchaba una expresión en boca de un amigo o de un desconocido, en cualquier ambiente donde anduviese; sonreía, sacaba un lápiz y una hoja de papel del bolsillo del saco, y hacía una anotación. La metodología de trabajo de Tobías, mientras surcaba las calles de Córdoba, o desarrollaba su vida social, o daba clases de Castellano en el Colegio Monserrat, o viajaba a las provincias o a la Capital, era la del investigador sin pausas ni horarios: el objeto de su estudio era algo tan vivo como la lengua, que sólo puede estudiarse en el habla misma que se reproduce cada día en los ambientes sociales, en el uso cotidiano que nos rodea.
También se nutría don Tobías Garzón de otras fuentes para esa obra que iba armando y desarmando en su cabeza y en sus apuntes, a medida que se extendía su investigación. “He pedido también al diario, á la revista y á la crónica su valiosa cooperación. Ellos son la lengua; ellos son el alma y la vida de las sociedades. Su vocabulario es el vocabulario del pueblo en sus múltiples manifestaciones”, escribió en el prólogo de ese libro de 520 páginas que fue el fruto de su minuciosa tarea. El libro incluyó numerosos textos que ilustraban el uso de los vocablos en las diferentes entradas.
“Al principio comencé á formar un vocabulario de barbarismos; pero resultaron tantos y tan generalizados en el país (y me refiero al lenguaje de la gente culta), que empezó á repugnarme el nombre de barbarismos dado á este inmenso caudal de voces, entre las cuales hay un número no
insignificante que corren también en las otras naciones de la América hispana. Veía en esto un desconocimiento de la ley ineludible y universal de la evolución de la lengua.”
Garzón vio con nitidez que los vocablos que coleccionaba, más que una excepción a una lengua “normal” -o madre-, por su profusión eran la materia misma de la lengua que se hablaba en el país. Cuando publicó finalmente, en 1910, el año del Centenario, su Diccionario Argentino que lo ubicó en la memoria cultural, declaró que “en esta obra me he propuesto demostrar el estado actual de la lengua en la República Argentina y que en ella no se habla ya el idioma que hablan en España, si el Diccionario de la Real Academia traduce con fidelidad el uso corriente en la península.”
Los casi 6.000 vocablos que forman el repertorio léxico aportado por el diccionario de Tobías Garzón, son recogidos sin propósito de sugerir la independencia del “idioma argentino” respecto del peninsular, sino con la intención de hacer tomar nota de esa identidad lingüística viva, que no podía ser obviada dada su riqueza y variedad. Aclara en el prólogo que la misma no constituye “una degeneración del sistema particular en que está basada la lengua española y que la distingue de las demás, sino simplemente mudanza, renovación ( que las lenguas son como los árboles, que voltean y renuevan sus hojas, según el sentir de Horacio); enriquecimiento de su vocabulario.”
La problemática a la que se suma la obra de Tobías Garzón se remonta a una activa discusión finisecular, y debe ser leída a la luz del proceso de constitución de la Nación argentina, en medio del torrente de culturas facilitado por la inmigración. El entonces llamado “criollismo” en el ámbito del lenguaje, aparece como signo distintivo ante la amenaza de “borramiento” de esa identidad por las nuevas identidades e idiomas que se arraigan en el país.
El Diccionario Argentino de Tobías Garzón fue editado en la Imprenta Elzeviriana de Borras y Mestres, en Barcelona. Fue en el mismo año del Centenario en que en Buenos Aires se concretó formalmente la fundación de la Academia Argentina de la Lengua, Correspondiente de la Española, dirigida por Vicente Quesada e integrada por dieciocho académicos miembros de la élite nacionalista, de quienes no formó parte Tobías Garzón. Y el mismo año en que dicha Academia publicó el Diccionario de Argentinismos, dirigido “a coleccionar y definir las voces y locuciones regionales, para publicarlas en conjunto, e independientemente del léxico castellano, con el objeto de iniciar la formación de un vocabulario hispanoamericano.”
Tobías Garzón fue miembro de una conspicua familia cordobesa. Nació en 1849 en la Docta, se formó en el Colegio de Monserrat, donde luego sería profesor. En el artículo “Tobías Garzón: un lexicógrafo del Centenario”, publicado en Santa Fe en 2009, Jorge Reynoso Aldao afirma que Tobías fue hermano de Ignacio Garzón, autor de los tres tomos de las Crónicas de Córdoba, y que “el futuro lexicógrafo se dejó llevar por su definida vocación docente, estableciendo con su hermano Ignacio una escuela primaria, a la que denominaron ‘Escuela Graduada de I. y T. Garzón’ que ya en 1880 otorgaba Diplomas de Honor a los alumnos del Primer Grado.” Pese a la seguridad de Aldao, no hemos podido constatar este parentesco recurriendo a la genealogía, donde sólo se cita como hermano de Ignacio al doctor Ezequiel Garzón.
Tobías Garzón fundó además el diario La Opinión en la década de 1870, fue secretario de la Universidad Nacional de Córdoba y escribió una Gramática castellana y una Gramática argentina. Falleció en mayo de 1914.