¿Un alvearismo posible?

Por Néstor Leone
Para elestadista.com.ar

6El concepto reapareció hace un tiempo en las redes sociales. Con viejas resonancias. Con encadenamientos de nuevos nombres y sentidos. Más precisamente, cuando empezó a quedar claro que el apellido Kirchner no estaría en la cabeza de ninguna fórmula presidencial, luego de década y cuarto de preeminencia. Cuando la fuerza de gobierno (y, sobre todo, muchos de sus caciques territoriales) empezó a auscultar con mayor inquietud entre las alternativas de continuidades posibles que su jefa política tenía frente a sí. Caja de resonancia y reflejo ampliado de los debates políticos en curso (en el mejor de los casos, por lo menos), en esas redes se habló como en ningún otro sitio de post-kirchnerismo, de la metáfora del “pato rengo”, de supuestos sucesores naturales y, también, de una posible “alvearización” del Frente para la Victoria en su afán por extender su predominio más allá de la nominalidad de sus líderes originarios.
Ahora bien, ¿qué significado darle, en este contexto, a ese vocablo con cierta tradición en el argot político nativo? ¿Qué pertinencia tendría hoy para caracterizar a alguna de las opciones políticas en danza? ¿Qué supuestos implicaría? La referencia histórica, por lo pronto, parece obvia: nos retrotrae a Marcelo Torcuato de Alvear y la forma como el radicalismo procesó la primera sucesión política de su espacio y, luego, la disputa por el horizonte de sentido posible del partido en ausencia de Hipólito Yrigoyen, su líder fundador, y en épocas de proscripción “patriótica”. La connotación política, más persistente en el tiempo, también resulta obvia: un menú de alternativas, acotadas y de itinerarios enfrentados, y la opción por una de ellas, más conciliadora con el núcleo duro de actores y lugares comunes que se pretendió enfrentar en el período inmediatamente anterior. Y allí, el apellido Scioli. Invocado como parte de esa tensión. Y, a su vez, como supuesto garante de un cúmulo de adhesiones que permitirían al Frente trascender el ríspido 2015.
Esta recuperación del término parte de un diagnóstico. Construido, opinable y en disputa. Pero bastante extendido en algunos círculos. Propios y ajenos. Sostiene no sólo que es más probable un triunfo del Frente para la Victoria con Daniel Scioli encabezando la fórmula, sino también que el gobernador bonaerense es quién mejor representaría el espíritu de época en gestación. Respecto de lo primero, buena parte de las encuestas de opinión difundidas hasta aquí marcan ese predominio por sobre sus rivales internos, aunque no pueda decirse que esto sea algo irreversible, ni definitivo. De hecho, Florencio Randazzo, su rival más directo en las primarias, suele poner un manto de sospecha sobre estos guarismos y se tiene fe en la tarea de desbancarlo. Respecto de lo segundo, mucho se machaca sobre las confrontaciones persistentes y sobre cierta necesidad de mitigar los términos de las disputas abiertas. El perfil político de Scioli, ciertamente moderado, y con apelaciones recurrentes hacia la búsqueda de consensos sintonizaría más con esta demanda, supuestamente extendida. Aunque eso implicase cambios en rumbos, imaginarios y perspectivas tan caros a la impronta kirchnerista.
La cuestión, en ese sentido, es cuánto de continuidad y cuánto de ruptura tendría una experiencia de ese tipo. Y ahí, nuevamente, el apellido Scioli entrelaza una historia de persistencia, de 2003 a la fecha, y un abanico de gestos, rispideces y destratos acumulados. Las pruebas de alineamiento y profesión de fe que tuvo que dar hasta aquí hablan de eso. Del carácter ajeno de su figura respecto al espectro de kirchnerismo más consustanciado y de su carácter de complemento necesario (no querido, a veces) que supieron ver los Kirchner, como vicepresidente, gobernador o diputado testimonial del FPV. De ahí las dudas, exteriorizadas por unos pocos (cada vez menos), aunque internalizadas por muchos. Y de ahí, las indefiniciones prolongadas. Sobre todo, en la cúspide del armado K. Los primeros apuntes de Miguel Bein, su economista de cabecera, por lo pronto, ya trajeron los primeros cruces. De baja intensidad. Procesados en buenos términos. Pero que hablan de diferencias importantes sobre rumbos posibles. Y, sobre todo, de una búsqueda propia que ese kirchnerismo, aún en su vocación por marcarle la cancha, quizá no pueda (quiera o sepa) reconducir.
Y ahí la cuestión de quién manda. Si el liderazgo de un espacio nunca puede ser considerado un dato aleatorio, menos aún debe serlo en el peronismo. Manual de conducción política, precisamente, se llamó el libro ya mítico de Perón que reunía unas conferencias de 1951 sobre el arte de conducir y pletórica de frases célebres. Esa que dice que cada peronista “lleva el bastón de mariscal en su mochila”, por ejemplo, proviene de ahí. Liderazgo y conducción, entonces, es lo que siempre se exige y sobre lo que siempre se factura cuando se deja de tener. “El que gana, conduce; el que pierde, acompaña”. En ese esquema, cuesta ver a Cristina asimilada a un dispositivo que no sea el suyo y bajouna lógica a la que no le imponga el sentido y los tiempos. También resulta difícil verla por encima del tablero, escrutando las piezas desde una posición de poder perdurable. Vertical y poco propenso a las corrientes internas, diferenciadas y en conflicto con la voz de mandoúnivoca, el peronismo no suele entregar esas heterodoxias.
“El candidato es el proyecto”, repiten desde sectores militantes del kirchnerismo. Aquellos que intentan ofrecerse de puente entre mandatos y que, a su modo, reafirman el carácter inédito de este cierre de período: una Presidenta que no resignó centralidad política, como sucedió con las transiciones anteriores, tan traumáticas ellas; y una campaña oficialista que espera de gestos de su electora para seguir sus pasos. La “kirchnerización” creciente de la campaña de Scioli, incluso en su cuidada estética, está claro, va en ese sentido. E intenta quitarle argumentos a quienes ven en un triunfo eventual del gobernador, si no un viraje importante en términos de sentidos, orientaciones, construcción política y ejercicio del poder, por lo menos un giro ideológico no tan definido. Riesgo de cambio, en definitiva. De política de baja intensidad. ¿De fin de ciclo?