La utopía retro

Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustra clic modernos y artaudMuchos melómanos que empezaron a fascinarse con la música cuando ya estaba avanzada la década del noventa, crecieron con la nostalgia de los discos de vinilo. Ellos, que coleccionaron CDs hasta llenar varias vitrinas, añoraron siempre los tiempos en los que las canciones se agrupaban bajo el formato de un long play o circulaban alrededor del plato de la bandeja dentro de un disco simple. Ese salto tecnológico ha sido, para ellos, la clave de un trauma que todavía sigue acosándolos.
Con ese desánimo a cuestas, deambularon por ferias de vinilos y pagaron cualquier precio con tal de apropiarse de ese disco de segunda (tercera o cuarta) mano que alcanzaba el estatus de trofeo. Pero no era lo mismo. Podían ser poseedores del usado, pero nunca de un cero kilómetro. Y eso continuó siendo una espina clavada en el corazón de las nuevas generaciones, que debían soportar estoicamente los relatos de sus mayores, cuando les contaban las circunstancias en las que habían adquirido tal o cual LP.
Hace ya varios años, tímidamente en un principio, algunos artistas decidieron publicar sus nuevos álbumes también en vinilo, en ediciones muy limitadas y para coleccionistas. Las pocas fábricas de estos productos que sobrevivieron a los dictados de las nuevas tecnologías, volvieron a prestar sus servicios para una causa que parecía demasiado acotada en cuanto a su alcance. Como la demanda de estos discos fue creciendo, ciertos sellos se animaron a recuperar álbumes clásicos para relanzarlos en vinilo, reproduciendo textualmente su apariencia original.
Así, casi sin pensarlo, la industria discográfica retomó la fabricación y distribución de long plays, que fueron apareciendo como objetos de culto en las vidrieras de las escasas disquerías que todavía no habían optado por bajar definitivamente la cortina. La tendencia también llegó a la Argentina (y a Córdoba), aunque por su precio de venta al público, estos productos eran inalcanzables para el consumidor medio y sólo podían ser comprados por fanáticos dispuestos a todo.
En medio de una crisis que amenaza ser terminal, los sellos multinacionales detectaron esta veta y se dispusieron a aprovecharla. De esta forma, surgió hace algo más de un año la iniciativa de Sony Music, que planeó el rescate emotivo de su catálogo de rock argentino, para comercializarlo en formato de vinilo en todo el continente. La tarea estuvo a cargo de la factoría mexicana de esta firma, que puso manos a la obra y reprodujo- con una apariencia similar a las ediciones originales- “Artaud” de Pescado Rabioso, “Dividios por la felcidad” de Sumo y “Superficies de placer” de Virus, entre muchas otras joyas.
Los flamantes long plays arribaron pronto a las principales ciudades del continente. Pero en la Argentina, las restricciones a la importación impidieron su acceso. Los coleccionistas pusieron el grito en el cielo y los más impacientes optaron por trasladarse a algún país vecino en busca de su tan ansiado LP. Según parece, la insistencia de un importador habría abierto un resquicio legal, por el que finalmente se filtrarían varios de los discos recuperados por Sony, que en los próximos días estarían llegando a Córdoba.
¿Tiene sentido esta utopía retro? ¿Se puede comprar hoy un disco de vinilo nuevo, aunque publicado originalmente en 1973, y experimentar la misma sensación de quien lo adquirió en aquel lejano momento? ¿Se puede reparar ese incontrolable sinsentido de haber nacido a destiempo? Todo indica que estamos ante otra estrategia de marketing, destinada a alimentar la insaciable industria de la nostalgia. Sin embargo, ver esos álbumes otra vez en las bateas produce el mismo efecto que tapar un bache. Había un espacio vacío que ahora está otra vez lleno. Ahora podemos seguir transitando nuestro camino, en paz con los recuerdos.