El PRO frente al dilema del día después de mañana

Por Mariano Pica
Politólogo UBA para Diario Alfil

DYN50.JPGEncuestas telefónicas, sombrillas en las esquinas, tweets promocionados, afiches, pintadas y pasacalles, avisos en televisión, en youtube, en diarios en papel y digitales, debates televisivos y hasta una página que invita a jugar un prode electoral, nos recuerdan a cada instante que este es un año con muchas elecciones y que los porteños tenemos la primera cita de seis este domingo: las PASO para elegir candidatos a jefe de gobierno. Sin embargo, estas elecciones son percibidas por la mayoría como la interna del PRO que definirá al próximo jefe de gobierno y, de rebote, la suerte de Mauricio Macri como candidato a presidente.
Luego de ocho años de gestión sin grandes sobresaltos, en los últimos tiempos Macri abandonó su estancia chica para cultivar la imagen de candidato fuerte de la oposición a nivel nacional, y si bien ya empieza a cosechar algunos frutos, dejó un frente abierto: una sucesión al cargo que se volvió más problemática de lo que esperaba. La pertinaz Gabriela Michetti desafió al Ingeniero y ahora Horacio Rodríguez Larreta tendrá que revalidar su experiencia frente a ella.
En este contexto, el morbo y las especulaciones llegan a lugares inverosímiles: simpatizantes kirchneristas estarían dispuestos a votar a la no-elegida Gabriela (en lugar de votar a alguno de sus candidatos propios, sea Cerrutti, Recalde, Ibarra y algún otro) para ocasionarle un disgusto a Mauricio Macri. Aunque se trata de toda una muestra de la centralidad que el PRO ocupa por estos días en la política porteña, la opción no desborda racionalidad: si bien es cierto que en el macrismo duro se anhela una victoria de HRL, no cuesta demasiado imaginar que Macri sabrá aprovechar, en lo inmediato, el resultado contrario. Tal vez a esta hora se encuentre mejor predispuesto a un festejo con el actual jefe de gabinete pero difícilmente haya descuidado la escena contraria; la sonrisa, la música y los pasos que lo llevarían, micrófono en mano, hasta el escenario a saludar a GM. Son las ventajas de jugar prácticamente solo, con una oposición que evalúa votar en la interna de su partido. Como se dice comunmente, Macri está dulce.
Este protagonismo en el ámbito doméstico se fue construyendo por aciertos propios pero también por errores ajenos. Días atrás alguien recordaba que en el último tramo de la campaña para las elecciones porteñas del 2007, el kirchnerismo jugó la carta del apellido: en uno de sus clásicos discursos sobre el atril, el ex presidente Kirchner lanzó la frase “Mauricio, que es Macri…”. La intención era advertir al electorado de que los asesores del Ingeniero habían decidido llamarlo por su nombre de pila para volverlo más cercano a la gente, ocultando un apellido que por aquellos tiempos no gozaba de la mejor imagen. Raudamente la militancia tomó esa frase como eslogan y en un clásico ejercicio de campaña negativa, repartió volantes que imitaban la estética del joven partido con la leyenda “Mauricio es Macri”, tratando de contrarrestar la supuesta estrategia PRO. La historia ya es parte del anecdotario militante: a medida que avanzaba la volanteada, las caras de aprobación de los transeúntes le devolvían al militante el efecto contrario al esperado. “Le hicimos campaña gratis”, recuerda hoy un ex joven.
Incomprendidos y subestimados, lo cierto es que ocho años después, ninguna fuerza política logra tal nivel de atracción. Las razones que expliquen este fenómeno puedan tal vez encontrarse en tres ámbitos y en sus intersecciones: la gestión de gobierno, la comunicación política y el desempeño del resto de los partidos.
La gestión, clave de bóveda (en principio semántica pero no tan sólo) del PRO, ha sido aceptable, al menos vista desde la superficie: áreas como tránsito y espacios verdes evidencian ciertos progresos, al igual que la atención en oficinas públicas. Por otro lado, su insistencia y reclamo al gobierno nacional, durante los primeros años de gobierno, en “hacerse cargo” de ciertas áreas que la autonomía porteña reclamaba, lo fueron forjando en su perfil de gobernante. Lo antedicho va de la mano de una política comunicacional exitosa, con tres momentos bien marcados dentro de una verdadera campaña permanente. El primero es el de la instalación mediática a fuerza de mostrar su exitosa gestión en Boca, contraponiéndola a la insípida experiencia progresista (aun sin el desastre de Cromagnon, Mauricio Macri hubiera ganado esas elecciones). Luego, ya en el gobierno, su discurso se va puliendo y abandona algunas expresiones reñidas con el buen gusto democrático, colocándose en el centro del arco político; fueron los años en los que aquella clave de bóveda, la gestión, le hizo un lugar a otro concepto central del partido: la buena onda. Y un tercer momento, el que transita actualmente, que es el de la desporteñización: si se le pregunta rápido a un porteño quién es el jefe de gobierno, seguramente tarde una milésima de segundo más en contestar que lo que lo hubiera hecho dos años atrás. Aunque suene paradójico, abandonar los temas de la ciudad le dio otra proyección. Por último hay que señalar que contra estas dos dimensiones (la netamente política y la comunicacional) el resto de la política porteña no pudo, no supo o no quiso, hacer nada; el espacio que mejor performance tuvo en las elecciones de 2013 enfrentando al macrismo, UNEN, hoy hace malabares para conciliar los acuerdos nacionales con la oposición al macrismo. Por el lado del kirchnerismo, seguirá sin poder pasar de lo testimonial, toda vez que inició su experiencia en la ciudad subestimando, cuando no despreciando, a este electorado, juntando lo poco que andaba orbitando alrededor del planeta progresista. Cierto es que las características del sistema político no ayudan al que corre de atrás, menos si el que va a adelante no tropieza.
Pero este mundo feliz se ve por primera vez y en su mejor momento amenazado. Hay incertidumbre sobre lo que pueda ocurrir entre mayo y octubre con una parte del gabinete derrotado. La inesperada elección interna en el macrismo, abre dos caminos posibles: que se imponga el que Mauricio Macri desea pero no logró decidir, o el contrario. Los larretistas aseguran que el segundo camino sería algo más complicado para las aspiraciones de Macri y, en consecuencia, para el futuro del PRO como partido político. Los michetistas adelantan palabras de consuelo al Ingeniero: en una original concepción política dentro de la democracia de partidos, aseguran que el triunfo de Gabriela le dará un activo, demostrar que es capaz de aceptar caminos distintos al escogido por él.
Mientras tanto, cerca de Mauricio festejan que ya empiece la veda. Acostumbrados a las campañas centradas en los candidatos dentro de un sistema presidencialista, en las que están implícitamente aceptadas las estrategias de campaña negativa, ya que de cualquier manera no habrá que construir nada con ese otro el día después -a diferencia de lo que ocurre en aquellos sistemas que necesitan de acuerdos entre partidos para subsistir-, el estilo de campaña fue tema de preocupación dentro del partido: nadie estaba preparado para una interna realmente competitiva. Sin llegar a ataques personales, las aptitudes que cada sector destaca de su candidato apuntan a las falencias del otro. Del lado de HRL destacan que es un hacedor, un hombre de y con equipo, con capacidad de trabajo y hasta se animan a llamarlo el Mascherano del PRO. Los de GM resaltan su calidad humana y de generar consensos, “sus valores” y el ejemplo de superación personal.
No sabemos cuál terminará siendo su magnitud pero el partido predominante en la Ciudad de Buenos Aires, transita por estas horas una crisis que preocupa a Macri; porque ambos precandidatos declaran como si no hubiera mañana.