Desnudos y sin corbata

Por Víctor Ramés
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Moda fines S XIX fract specchio colorMientras nos preparamos para ser la generación pasada, podemos decir que hemos sido testigos de la desaparición del traje y la corbata en tanto prendas de vestir inseparables de la burguesía -a no ser para ciertas profesiones o especialidades que conservan su uso como atributo de distinción. Pertenecemos al tiempo en que dejó de usarse en la vida diaria el lazo al cuello, se prescindió del saco y del sombrero, y fueron desechados los tiradores. Conocimos viejos tíos que vestían así, y nuestro turno nos impusieron el saco y la corbata en la secundaria, pero para muchos de nosotros las prendas quedaron en la percha, tras la graduación.
También somos de la época en que personas cifraban su batalla anti-sistema en la intolerable imposición social de la moda, resistiéndose a anudar el yugo simbólico alrededor del cuello. Incluso conocimos algunas que prefirieron renunciar a un puesto de trabajo, o a un cargo, antes que doblegarse al uso de corbata. Héroes alternativos.
Así se produjo un desfasaje cultural, y un tiempo en que sólo los uruguayos parecían –y aun parecen- dignos de la delicada cortesía del traje y la corbata, como detenidos en una novela de Onetti . Al menos hasta la ascensión de Pepe Mugica, un auténtico descamisado, un presidente en camiseta.
Hoy que sólo los políticos, funcionarios y médicos ostentan esas tiras de buena tela atadas bajo la nuez -bandera de los trajeados-, mirar hacia el pasado ilustra sobre las etapas de una sociedad que –como la nuestra- fue suscribiendo sin vacilar el pacto de usar las prendas hegemónicas en cada período. Las personas parecían nacer con traje y corbata. Su uso estaba totalmente naturalizado, como el uso del sombrero, cuya ausencia no sentimos en la vida urbana de que somos contemporáneos.
La agitada actividad de costureras, sastres, vendedores de sombreros y corbatas que comían de su trabajo, era índice de la excitación del ramo indumentaria, reflejo del montaje de la vida pública en la ciudad hace un siglo y medio. Así también lo señalaba el prestigio de las grandes y antiguas tiendas de ropa de confección que se levantaba en el centro, ya desaparecidas, que gozaron de renombre en la capital cordobesa.
Es necesario entender que aquellas ropas simbólicas representaron una forma de conquista sobre la barbarie, un signo de civilidad, una tendencia europea replicada en todo el mudo. Prendas de distinción, que demostraban la aptitud de pertenecer al círculo adecuado. La elegancia era privilegio de la clase que dictaba las reglas, y exhibirla era el modo más directo de diferenciarse, trazando un límite con los excluidos.
Una vez adoptado sin chistar el figurín de la moda masculina, la ausencia de esas prendas en la vida pública se convirtió en algo casi tan obsceno como la desnudez: un motivo de escándalo, un hecho digno de demérito público; una confesión de ser inadaptado, de haber regresado a los tiempos de los que tanto había costado emerger. No habríamos sospechado tal virulencia y ese es el costado que nos atrae de las siguientes citas, recogidas en un número veraniego de comienzos de 1865, del diario El Eco de Córdoba. Allí la moda no era el capricho voluble que conocemos ahora, sino la norma irrenunciable del buen vestir, que no toleraba los extremos de que se escandaliza el cronista, ni tampoco los de la extravagancia, actitud que seguramente debía hacerse notar en más de una ocasión.

“En mangas de camisa
Creíamos pasados los tiempos en que la gente se presentaba muy suelta de cuerpo y satisfecha, en el repugnante traje que se clasifica con el nombre que llevan estas líneas; pero acabamos de ver a un mozo de tienda, y lo que es más, a un mozo de botica en tan indecente como poco culto estado, despachando ambos, y recibiendo a las personas que tienen necesidad de entrar a sus casas. Sírvales esta indicación de suficiente advertencia, pues si vuelven a reincidir nos veremos en la dura necesidad de zurrarles la badana y poner sus nombres a la execración de la gente educada.”
El autor de la nota no duda de su poder de advertir y denunciar, en nombre de la sociedad, las faltas graves a la elegancia, equivalentes a la indecencia y a la falta de educación. En el ímpetu de su perorata, el redactor incluye inmediatamente abajo un siguiente suelto, reafirmando su rol de vocero del supremo tribunal de la moda:

“Sin corbata
Cierto empleado de una de las principales oficinas de la Provincia, tiene la añeja y fea costumbre de presentarse sin el adminículo que se denomina corbata, y cuyo uso no ofrece la más pequeña dificultad, ni por el precio, ni por que cause molestia al que lo lleva. Tan repugnante se muestra este señor empleado llevando su desencorbatamiento hasta usar la camisa del todo abierta y desabrochada, que fuéramos Jefe de oficina, en vez de cronista, sólo por no sufrir las náuseas que ocasiona, solicitaríamos su remoción, así como las de otros empleados que no usan cepillos de dientes, ni polvos, ni jabón ni limitas y cepillos para las uñas.”
Náuseas, repugnancia, indecencia, incultura, expulsión de su cargo al culpable; como se ve, la munición era gruesa. El juego del disfraz social -ese asunto lúdico colectivo que para algunos es libertad y para la mayoría imposición- tiene severas leyes, y las mismas se aplicaban, hace siglo y medio, con un rigor digno de mejor causa.