La UCR y la otra Convención



Por Santiago A. Rodríguez
y Fernando Casullo

alem47La reciente Convención de la Unión Cívica Radical en Gualeguaychú devolvió al centro del escenario político, al menos durante un fin de semana, al centenario partido. De todos modos tal evento, que fue seguido con inusual pasión tanto por medios tradicionales como por las redes sociales, no debería resultar tan sorprendente. Las convenciones radicales tienen una historia que lleva más de un siglo y que siempre ha dejado tras de sí una retahíla de heridos ideológicos y poroteos urgentes. Y la que tomó lugar este verano en Entre Ríos no fue la excepción: con facciones que aún sanan las marcas que dejan las derrotas y ganadores que necesitan con urgencia tender la mano para buscar asiento firme en el campo que se presenta delante, una cosa es clara: los radicales saben de convenciones.
El 15 de enero de 1891 se realizó la primera Convención Nacional de la Unión Cívica en Rosario, que terminaría eligiendo la fórmula Mitre-Irigoyen para las elecciones presidenciales de 1892, no sin atravesar escenas de enfrentamiento verbal que no le envidiarían nada a la pimienta vista este marzo del 2015. En efecto, Mitre no había perdido el gusto por el sillón de Rivadavia e intentó, con aliados que hoy llamaríamos variopintos, regresar a la Presidencia montado en la ola de descontento que desde 1890 todavía se hacía notar. De hecho, fue el cierre de la Bolsa por parte de Juárez Celman el primer catalizador para que aquellos porteños y, hoy, bonaerenses, se juntaran para unificar posiciones frente al unicato juarista. Uno de los últimos en unirse a este grupo, que contaba con la presencia preponderante del fundador de La Nación, fue Leandro N. Alem. Este personaje, clave en la génesis de la Unión Cívica, en realidad llevaba por nombre Leandro Antonio Alen (h) pero, para escapar del estigma que llevaba su padre ahorcado por mazorquero en los febriles tiempos pos-Caseros, había retocado su identidad.
Entre los puntos en común entre Mitre y Alem se hallaba la defensa de la violencia como vía legítima para manifestarse frente al Estado central, consolidado bajo el PAN y puesto en manifiesto en la federalización de la ciudad de Buenos Aires, a la que ambos se habían opuesto, ya sea con discursos o las armas. Tanto Mitre como Alem encontraban en la “revolución” o el accionar violento contra el Estado un hecho justificable y legítimo, más allá del dolor que pudieran infligir. Esta actitud, asociada al estado de violencia permanente previo a la consolidación del PAN en el poder, era rechazada fuertemente por Roca.
Tras la renuncia de Juárez Celman, tanto el PAN como la recientemente creada UC, conformados ambos por miembros de la elite política y entrecruzados por múltiples lazos, ya sean familiares como políticos, comenzaron un proceso de reconstrucción y reestructuración que incluirían cruces, negociaciones y enroque de figuras. Dentro de la UC, el mitrismo proveía la estructura y presencia a nivel nacional y quienes se juntaban alrededor de los ex republicanos (Bernardo de Irigoyen, Alem, Luis Sáenz Peña) no eran más que una fuerza urbana centrada en torno a la ciudad de Buenos Aires. Es necesario introducir una salvedad: cualquier similitud con hechos presentes es mera coincidencia.
Es en esta diversidad que la UC llegó a Rosario en 1891. Múltiples negociaciones posteriores, de parte de ambas facciones, mitristas y alemnistas/irigoyenistas, tanto con Roca como Pellegrini llevarían a la división en la Unión Cívica Nacional y Radical. Diferencias de origen, culpas no resueltas por el fracaso de la Revolución del Parque y ventajismos mutuos se encontraban en el primer paso de esta división. Es cierto que la tendencia no colaboracionista que le imprimió Alem tras este primer acercamiento, desde 1890 hasta su muerte, se ha convertido en un símbolo partidario en sí mismo. El acercamiento romántico a la figura de Alem presenta por sobre la figura política a una especie de superhombre que se hermana con el discurso y en particular con su testamento político, pero que no echa luz en las negociaciones que llevara adelante, porque no todas eran roturas, sino que también había dobleces. El origen de esas boinas blancas revolucionarias, la construcción del consenso que permitiera la “radicalización” posterior y el protagonismo de banderas que podrían considerarse inéditas en la gran política nacional tienen su génesis en el encuentro con el representante del que podría denominarse el primer liberalismo nacional.
Como describe Paula Alonso en “Entre la revolución y la urnas, los orígenes de la Unión Cívica Radical y la política argentina en los años ‘90”, la Unión Cívica Radical de Alem, Bernardo de Irigoyen y Mitre es muy distinta al radicalismo de Yrigoyen y, en menor medida, Marcelo T. de Alvear después de 1903; casi partidos distintos. La ausencia del abstencionismo y el impulso constitutivo de enfrentar al régimen en las urnas, pese al fraude, las proscripciones y los arrestos, son signos distintivos de esta primera etapa. Una primera etapa que nace de una negociación, del acercamiento de figuras distintas y confrontativas entre sí.
Hoy como ayer una Convención es protagonista. Los hechos que sucedieron a la de Rosario generaron un efecto cascada que encuentra en su recorrido la conformación de los partidos políticos tradicionales y la organización de su entorno hasta la irrupción del peronismo. Está por verse si a orillas del Uruguay se pescan historias tan potentes como en el Paraná.
Publicado en el Estadista