Estrés postraumático de Juez

Por Pablo Esteban Dávila

0 ilustra juez geniolLos efectos psicológicos del rotundo viraje de Luis Juez desde la izquierda a la derecha pueden que sean devastadores para el Frente Cívico. Las encuestas no pueden medir esta perturbación ni predecir qué ocurrirá en la psique individual de cada uno de sus militantes, obligados ahora a adherir a las teorías de Mario Vargas Llosa cuando, hasta no hace mucho, se les exigía la lectura de los textos canónicos de Rosa Luxemburgo.
La psiquiatría describe el estrés postraumático como un trastorno caracterizado por la aparición de síntomas específicos tras la exposición a un acontecimiento estresante, extremadamente traumático, que involucra un daño físico o es de naturaleza extraordinariamente amenazadora o catastrófica para el individuo. No sería aventurado predecir la inminente aparición de este síndrome dentro del juecismo luego de los acontecimientos, ideológicamente tan extremos, protagonizados por su líder.
La coherencia doctrinaria nunca fue el atributo dominante en la carrera política del senador pero, justo es decirlo, desde 2003 hasta 2014 se sintió cómodo únicamente dentro de expresiones de centro izquierda. Un repaso por sus adhesiones a lo largo de estos once años confirma lo dicho. Primero abrazó el kirchnerismo y, tras breves interludios con Lilita Carrió y Fernando “Pino” Solanas, terminó abrevando en el progresismo de Hermes Binner y sus rigurosos socialistas. Esta línea de conducta hizo que sus seguidores no repararan demasiado en el hecho que, durante los ’90, fuera también un leal soldado de Carlos Menem y Juan Schiaretti, entre otros. Estos lejanos antecedentes fueron conjurados, durante su ascenso al estrellato, mediante la repetición mecánica de la letanía “a lo pasado, pisado”.
Sin embargo, el barquinazo ideológico que pegó Juez al adherir a Mauricio Macri dejó a gran parte de su tropa offside, más allá de cualquier pragmatismo. De perseguir ideales revolucionarios, sus acólitos deben ahora aplaudir las teorías macroeconómicas de Carlos Melconian y reconocer que, después de todo, el libre mercado no era una cosa tan terrible. También deberán alterar dramáticamente su opinión sobre los radicales. Dentro de su inicial mitología política, el senador les enseñó con un lenguaje brutal y malos modales que el centenario partido era un nido de rosqueros, que gustaban de recibir plata del delasotismo y que generaban candidatos tapones al sólo efecto de arruinar sus chances electorales. En adelante tendrán que revisar críticamente aquellas enseñanzas o, tal vez, reconocer que entendieron mal sus mensajes, que es lo que al propio Juez le encantaría que sucediera.
El daño psicológico que estos vaivenes puede producir no debería ser tomado a la chacota. Piénsese en el legislador Santiago Clavijo, un hombre que proviene de Luz y Fuerza y que, años atrás, militó en el frente Santiago Pampillón. Seducido por los modos contestatarios del exintendente, se transformó en uno de sus incondicionales. “Juez es el Largo Caballero cordobés” debe de haber supuesto cuando aceptó, en el ya lejano 2011, ser candidato a legislador por el Frente Cívico. Pero hoy se enfrenta a una dolorosa realidad. De la epopeya de la Sierra Maestra imaginada a su lado, ha pasado a respaldar, involuntariamente y sin escalas, a la siembra directa, la minería a cielo abierto y la reducción de las retenciones a la soja. Es inevitable que aparezcan secuelas mentales tras un desvío de esta naturaleza
Se podría atacar estas presunciones diciendo que el senador nunca ocultó que su conducción era unipersonal y que, por tal motivo, ninguno de sus militantes estaría en condiciones de quejarse de sus mudanzas doctrinarias. Es cierto. Para sostener el razonamiento, hasta podría agregarse que los partidos de izquierda y centro izquierda han sido, generalmente y salvo el socialismo, estructuras verticales, legatarias de organizaciones de corte leninista o estalinista, según el período de la Unión Soviética que se prefiera. Sin embargo, el consuelo fue válido mientras el Frente Cívico se mantuvo nominalmente a la izquierda del espectro político. No es esta su actual realidad. Si ahora se encuentra más a la derecha que antes y se desea mantener intacta la fe en un líder omnisciente, debería trocarse el imaginario revolucionario de la fuerza por otro más apropiado, como el de la Falange de Primo de Rivera o el Frente Nacional de la familia Le Pen.
¿No será mucho? Puede que sí, pero la desorientación dentro del juecismo debe efectivamente existir; de lo contrario sería más apropiado hablar de autómatas, un adjetivo absolutamente injusto de aplicar a esta gente. Entonces, ¿por qué el stress postraumático no se ha manifestado con la intensidad que podría suponerse? Probablemente debido a que, hasta la reunión que mantuvo el senador con Macri el pasado miércoles, todavía existía el sueño Juez Gobernador. De haber ocurrido efectivamente, aquél logro hubiera generado un efecto balsámico, capaz de restañar cualquier herida ideológica. Pero esta esperanza se ha desvanecido y, con ella, cualquier lectura tolerante hacia el barquinazo que está protagonizando.
Existe un abismo entre aquél líder prepotente, declarado monopolista de la ética y el dedo acusador, con este dirigente autoflagelante, que ayer en Cadena 3 aceptó mansamente que aceptará “trabajar para el candidato que (Mauricio Macri) elija, sin ninguna condición”. Es evidente que la transición desde sus originarias posiciones jacobinas hacia las actuales girondinas ha mellado en su espíritu revolucionario, al punto de hacerlo irreconocible. ¿Lo será también para sus propios seguidores?
Esta novedosa sumisión hacia el jefe de gobierno porteño y su inédita pasión por el consenso tiene aparejado otro efecto colateral: la sustantiva disminución de los cargos electivos destinados al Frente Cívico. Nadie plantea, por ahora, la hipótesis del triunfo de la mano de Aguad o Mestre. El nerviosismo que existe es una señal clara que el horizonte de la victoria se ha vuelto quimérico. Esta también es una fuente de estrés postraumático. Hasta el momento, el juecismo cuenta con once legisladores pero, en el mejor de los casos, la triple alianza lo dejará con la mitad. Tal cosa obligará al senador a repartir lo que obtenga entre sus incondicionales, librando a su suerte a los adláteres menos confiables. Es de presumir que este momento agravará la anomia que comienza a cernirse sobre la fuerza, obligándola a preguntarse si tantos vaivenes, al final, tuvieron sentido alguno, excepto para el jefe inapelable.