De la Sota–Schiaretti: una relación asimétrica de poder complementario



Por Pablo Esteban Dávila

9263115300_e56e0c0c6e_oEl viernes, José Manuel de la Sota tuvo que aclarar ante los periodistas de Cadena 3 que “Schiaretti y Llaryora es mi fórmula” enfatizando, previsiblemente, que “Juan es el mejor, el que más sabe, el que más hace, el más confiable y el que va a ganar”. La requisitoria de la prensa se había originado en los elogios que el gobernador prodigó a la gestión de Eduardo Accastello durante la semana pasada y a las pícaras afirmaciones del villamariense en el sentido que su candidatura tenía, entre otros, “apoyos de sectores delasotistas”.
Se comprende la avidez periodística por contar con noticias trascendentes pero, desde una perspectiva histórica, no había mucho que explicar. La sociedad política entre De la Sota y Schiaretti continúa incólume, tal como lo ha estado en los últimos quince años y prácticamente sin fisuras.
Es curioso de cómo, sin ser hermanos ni cónyuges, ambos dirigentes han logrado establecer una relación funcional que ha tenido el mérito de mantener al peronismo en el poder sin necesidad de alterar las reglas de juego institucionales. Deben ser bastante pocos los casos en que dos personas, de las que incluso se duda sean grandes amigos, compitan complementándose de una manera tan efectiva.
Esto no siempre fue así. A inicios de la década pasada, Schiaretti militaba dentro del sector del justicialismo que lideraba el ascendiente Domingo Cavallo. En tal carácter, disputó y ganó una interna contra De la Sota para elegir candidatos a diputados nacionales por Córdoba en 1993. Se volvieron enfrentar en 1998, cuando Schiaretti decidió competir contra Germán Kammerath (apadrinado por De la Sota) para definir el intendente de la capital, pero esta vez le tocó ser vencido, sin atenuantes, por el liberal.
Estas colisiones no generaron, sin embargo, odios insuperables. Ni De la Sota ni Schiaretti se fueron del partido cuando, cada uno a su turno, resultaron derrotados. Fue el propio De la Sota quién reconoció los méritos de su contrincante al ungirlo candidato a diputado nacional en 2001, cargo que no llegó a ejercer porque el entonces gobernador le requierió que asumiera en el Ministerio de Finanzas tras la confusa salida de Esteban “Tito” Dómina de aquella cartera. En 2003, De la Sota lo proclamó como su compañero de fórmula para luego, en 2007, nominarlo para la gobernación.
Es interesante hacer notar que, aunque De la Sota nunca exigió una rendición incondicional de su aliado y competidor, Schiaretti tampoco demandó cuotas de poder que amenazaran la jefatura delasotista. En 2003, y a pesar de ejercer como segunda autoridad de la provincia, apenas que contaba con tres legisladores del riñón: Carlos Massei, Alejandra Vigo y Héctor Lobo. Esta frugalidad se mantuvo incluso durante su gobernación, período en el cual sólo pudo contar con 5 legisladores propios y el presidente del Tribunal de Cuentas (Eduardo “Lalo” Barrionuevo). Es un hecho que, hasta 2007, Schiaretti no pudo insertar candidatos del palo en las diferentes nominaciones de legisladores y concejales que confeccionó el partido.
Pero esta minusvalía fue sólo aparente. Más allá de intrigas palaciegas y comprensible desconfianza en las líneas medias del poder, Schiaretti nunca tuvo una crisis de gobernabilidad debido a la abrumadora presencia delasotista, tanto en las listas como en la militancia. En 2009, y respetando la regla que indica que el gobernador es el jefe partidario, pudo designar el candidato a Senador (Eduardo Mondino) y acordar con su antecesor el armado de la boleta de diputados nacionales. Al final de su mandato se dio el gusto de nominar a Oscar “Pichi” Campana como intendente junto a la totalidad de los concejales aunque este logro tuvo, no obstante, un precio: sólo pudo apuntar tres legisladores (Carlos Gutiérrez, Ricardo Sosa y Adhelma Ponte) para que integraran la lista sábana del peronismo.
Esta relación asimétrica de poder complementario –toda una definición para la Ciencia Política– no parece estar languideciendo, sino todo lo contrario. Schiaretti ha sido ungido nuevamente por De la Sota para que lo suceda en las elecciones del próximo 5 de julio y, debe decirse, ha logrado avanzar algunos casilleros dentro de este minué funcional. Un repaso por las candidaturas presentadas en el justicialismo indica que siete legisladores serían schiarettistas, en tanto que el vicegobernador (Martín Llaryora) y el presidente del Tribunal de Cuentas (Juan Manuel Cid) gozan de su total bendición. En la capital, mientras tanto, el patrón de las elecciones anteriores parece repetirse pacíficamente, con la sola excepción de la fórmula a intendente y vice, designada por el gobernador.
Es prematuro vaticinar si este módico avance schiarettista será un indicio de un cambio en el poder del peronismo local. El actual diputado debe, primero, ganar las elecciones generales y, luego, gobernar con eficiencia y reconocimiento público. Si estas dos condiciones se verificaran, la voz de Schiaretti tal vez fuera determinante para el diseño del partido del futuro, mucho más de lo que parece serlo hoy. Sin embargo, tanto él como De la Sota parecen estar destinados a trabajar juntos más allá de sus deseos, pues ambos tienen la misma edad y áreas de poder diferenciadas. Así, mientras que el gobernador cuenta con carisma y un notable ascendiente sobre el aparato partidario (condición que supo mantener aún en sus épocas en la intemperie), Schiaretti tiene fama de buen administrador y hombre de consensos. Aunque, en teoría, ambos podrían competir hacia el 2019, no es menor el hecho que deberán lidiar con las crecientes demandas de renovación partidaria, una situación que comenzó a insinuarse con la irrupción del “peronismo que viene” y una nueva generación de dirigentes que, no obstante, todavía tiene mucho que demostrar.
El futuro, fiel a su carácter conjetural, deparará nuevas tensiones a este experimento de conservación y renovación dual. Argentina tendrá un nuevo presidente, y el justicialismo nacional deberá dilucidar si adquiere para siempre una fisonomía kirchnerista o si se reorganizará en base a una amnistía global y pacificadora. En este punto, si Schiaretti regresa a la gobernación tendrá una voz importante, mientras que De la Sota la habrá ganado en derecho por su actual cruzada presidencial. ¿Colisionarán en la Nación aquellos que siempre acordaron en la provincia? Es una posibilidad que se insinuó en los primeros días de la crisis del campo en 2008, la única oportunidad en que el delasotismo amenazó con operar en forma divergente del entonces gobernador. Pero en aquél entonces la sangre no llegó al río, y la tesis de respaldo al campo demostró ser la más redituable políticamente. Si se hace memoria, durante aquél conflicto las tradicionales áreas de especialización mutua funcionaron acorde a su fama: De la Sota en la política, Schiaretti en la administración. Con los resultados a la vista, cualquier conservador desalentaría innovaciones inciertas.