Las preferencias de Cristina

Por Gonzalo Neidal

DYN36.JPGMientras se van reagrupando las fuerzas políticas y definiendo los candidatos para los comicios presidenciales y hasta tanto no quede claro quiénes y en qué condiciones participarán de la contienda electoral, nos nutrimos de especulaciones políticas, muchas de ellas altamente perecederas. Quizá apenas un juego de imaginación para intentar, con éxito incierto, vislumbrar el futuro que se develará en apenas seis meses.
Una de las grandes incógnitas es si la presidenta Cristina de Kirchner apoyará a algún candidato de su entorno o simplemente dejará que los postulantes (principalmente Daniel Scioli y Florencio Randazzo) disputen libremente una interna que decida quién será el candidato del espacio político liderado por la presidenta.
El otro tema sobre el que se especula requiere también un ejercicio de imaginación: cuál es el escenario futuro que más conviene a Cristina que es lo mismo que preguntarse acerca de quién desearía que sea el próximo presidente.

Los problemas con Scioli
Hace rato ya que en la cabeza de la dirigencia política argentina está ausente “el interés nacional” como guía de sus acciones. Las convicciones han pasado a un segundo plano y apenas sobrevive el espíritu de permanencia en el poder o sus inmediaciones. Los miembros de la clase política argentina no tienen el menor empacho en sostener con energía hoy una bandera y, dentro de unos meses, afirmar lo contrario con igual entusiasmo y brío.
En tal sentido, todo lo que haga Cristina –aunque no sólo ella- sólo puede ser considerado desde esa perspectiva de supervivencia personal. Ninguna otra consideración se cruza en su análisis. En cierto modo existe un paralelo entre la situación actual de Cristina con la de Carlos Menem hacia el final de su período.
Da la sensación que Cristina piensa que, por una simple cláusula constitucional fastidiosa, se ve obligada a delegar el poder por un tiempo, hasta que transcurra el plazo (en principio, cuatro años) hasta que ella esté habilitada nuevamente para volver. Está segura de que el grueso de los argentinos la aclama y que quien no la quiere gobernando es apenas un puñado de ricos egoístas despreocupados por el destino de los más humildes. No concibe al país gobernado por otra gente, otros equipos y, mucho menos, por otras ideas.
La desconfianza del kirchnerismo por Daniel Scioli es razonable. El gobernador de Buenos Aires los incomoda especialmente. Nadie puede acusarlo de infringir la lealtad hacia Néstor y Cristina. Ha sido un subordinado dócil y obediente. En algún momento mostró gestos desafiantes pero fueron tibios y menores, conforme a su estilo calmo. Pero en todo lo demás, su trayectoria ha sido de impecable alineamiento. A punto tal que muchos de los que no lo quieren bien, lo comparan con una alfombra.
Sin embargo, Scioli despierta recelos entre los K. Ellos piensan que se trata de alguien no confiable. Y esto es sinónimo de tener independencia, juego propio, proyectos distintos. En realidad, no hay excesivos motivos para pensar así. Quizá lo más preocupante para Cristina sea que, en caso de que Scioli acceda a la presidencia, será porque tiene los votos del conurbano bonaerense y entonces ocurrirá lo inevitable: el grueso de los diputados y senadores que hoy son leales a la presidenta, se mudarán hacia el nuevo poseedor de la lapicera.
Además, los kirchneristas pueden pensar –horror de los horrores- que si Scioli hace un buen gobierno, puede repetir su mandato, recluyendo a Cristina para siempre al nicho sureño de El Calafate. En este sentido, la situación es comparable a la de Menem-Duhalde. Los rivales del propio palo son los peores: arrojan a un costado al derrotado y lo sacan de carrera. Por eso Menem prefirió el triunfo de De la Rúa, con el sueño de un retorno posterior.

El encanto de Macri
En tren de continuar especulando, puede afirmarse que quizá el mejor escenario para Cristina sea el que le ofrece un triunfo de Mauricio Macri. Por muchos motivos.
En primer lugar, Cristina quedaría como la única que puede llevar el peronismo al poder. Scioli y Massa habrían fracasado. Ella sería la referente inevitable de un peronismo opositor. Todos los diputados y senadores se referenciarían con ella y en su cabeza circularía la idea de que nadie sino el peronismo puede gobernar este país. En consecuencia, restaría aguardar cuatro años o una crisis que saque a Macri en helicóptero de la Casa Rosada, para regresar triunfal. Un trámite sencillo.
Además, todos los analistas coinciden en que las condiciones en que queda el país en materia económica no son sencillas. Lo dijo incluso la propia presidenta. Una gran cantidad de tensiones acumuladas quedan por resolver y su administración será sumamente conflictiva. Allí donde los problemas afloren estarán agazapados los kirchneristas para señalar el intento de un “ajuste neoliberal” y su consecuencia: la rebelión popular.
¿Quién podría disputarle a Cristina el liderazgo de un peronismo opositor a un gobierno de otro signo? Más aún: tratándose de Macri, queda blanco sobre negro que se trata de la lucha entre lo “nacional y popular” y el “neoliberalismo”. Un escenario ideal para los gestos y obsesiones adolescentes de Cristina y el conjunto del kirchnerismo.
Esta y ninguna otra es la situación que le asegura a Cristina mayor poder para los próximos cuatro años. Fue lo que hizo Menem: sabotear a Duhalde y luego plantearse como oposición a De la Rúa. Hasta llegó a formar un “gabinete en las sombras”, que se reunía en Anillaco. Las cosas siguieron bien para él: la crisis de la convertibilidad y su nueva candidatura, ofreciéndose como el único que puede traer estabilidad. Ganó la primera vuelta pero estaba condenado para la segunda. Conservaba 1/3 de los votos. Muchos, pero no suficientes para acceder al poder.
De todos modos, todas éstas son ideas y cálculos en un momento en que aún falta mucho para los comicios. Mucho pero no medido en términos de calendario sino en relación con la cantidad de acontecimientos y sorpresas que nos puede deparar la política nacional, siempre tan pródiga en novedades insospechadas.