Entre ricos y estigmatizados

Por Gabriela Origlia

DYN001.JPGEl ministro de Economía Axel Kicillof minimizó en los últimos días dos problemas que están en la agenda de muchos argentinos (no sólo de los dirigentes o de los candidatos). Por un lado, aseguró que la falta de actualización del impuesto a las Ganancias no es un problema, porque se trata de un tema marginal. Por el otro, fundamentó la falta de datos de pobreza en no querer “estigmatizar” a los afectados.
En el primer caso, dejó en claro que un trabajador que cobra $15.100 por mes y que debe mantener a su esposa y dos hijos percibe un “salario alto” y debe pagar Ganancias. Olvidó también que el esquema actual del impuesto grava con el 35% a alguien que gana $150 mil al año y al que percibe $4 millones. Todos quedaron en el mismo escalón.
Una distorsión absurda, tanto como que de dos personas que trabajan en la misma empresa y en el mismo cargo una pague el impuesto y otra no. Todo depende si en 2013 cobraba $15 mil o no. Son los resultados que provocan los parches y la postergación de un debate que debe darse, evitando también las promesas inútiles e insostenibles como la de eliminar el impuesto de un día para el otro, cuando hoy aporta $40 mil millones al año a las arcas del Estado.
Ganancias hoy afecta a dos millones de argentinos, incluyendo trabajadores en relación de dependencia y autónomos. Que lo pague uno de cada diez argentinos no hace que no deba buscarse una solución definitiva. Un estudio del Iaraf señala que si este año no se modifican los parámetros por segundo año consecutivo, y bajo el supuesto de un incremento nominal de salarios del 30%, los trabajadores resignarán a favor del fisco entre 1,1 y 0,2 salarios netos adicionales respecto del año pasado.
Cuando Kicillof tilda de demagógicos los anuncios de candidatos que plantean abolir el impuesto se olvida de decir que su equipo no lo modifica para usar esos fondos en otras medidas, también demagógicas. Sin esos recursos al kirchnerismo también le tocaría cuidar más el dinero y ajustarse el cinturón.
En el caso de la “estigmatización” de los pobres por contarlos, la definición no resiste el menor análisis. Que el hombre encargado –en base a datos y a la realidad- de fijar medidas y crear instrumentos para resolver problemas pueda luchar contra la pobreza sin saber a cuántos afectas es, por lo menos, alarmante.
Es curioso el argumento del Ministro para justificar la destrucción del sistema estadístico estatal. Es raro también que la jefa de Kicillof, la presidenta Cristina Fernández enfatice todo lo hecho por su administración por “los que menos tienen, por los más postergados”. Eufemismos que, tal vez, no le suenan estigmatizantes al oficialismo.
Gobernar sin brújula no debe ser fácil. Además de tener un objetivo, los Estados requieren datos, proyecciones de dónde se viene y hacia dónde se va. Saber cuántos son los pobres, cuáles son sus necesidades, dónde están permitiría definir políticas focalizadas y, por ende, más eficaces. Hace unos meses el Ministro de Educación usó un argumento similar al de Kicillof: desechó las pruebas Pisa que miden el nivel de aprendizaje de estudiantes de buena parte del mundo. La ruptura de los termómetros es común; ahora se le agregó la “preservación” de los afectados por una condición. No nombrarlos. Tal vez así no están.