La encuesta del PRO: el infierno son los otros



Por Pablo Esteban Dávila

DYN36.JPGEl PRO acaba de encontrar una fórmula para acabar con todos los males de la política: una encuesta. Simple, aséptica, relativamente económica. Un cuestionario con preguntas preestructuradas / abiertas / cerradas / horquilladas, una muestra representativa, voluntariosos encuestadores haciendo el trabajo de campo, diligentes analistas que interpreten los datos recogidos y un responsable de entregar el informe final a los precandidatos. Adiós a las internas apasionadas, llenas de agravios y desencuentros. La vida es bella y, si no lo es, es culpa de la vieja política, de esa que no entiende a la gente.
El razonamiento, simplificaciones al margen, es precisamente éste. Al postular a una encuesta como solución a los problemas que enfrenta su armado cordobés, Mauricio Macri envía un metamensaje: una candidatura es, en el fondo, una cuestión de costo – beneficio. Si alguien mide bien, pues que sea candidato. No importa demasiado que, en el medio, haya centenares de dirigentes territoriales que quieran otra cosa, ni que el imaginario político de tal o cual partido exija un respeto imposible de brindar a través de un sondeo de opinión. Estas son cuestiones anexas, colaterales, que distraen del propósito final de ganar la presidencia.
Muchas veces (cuando no todas) los asuntos políticos se resumen en decisiones excluyentes. Hacer esto y no lo otro, aliarse con fulano y no con zutano, firmar o no firmar. La lista es infinita y retrotrae a la cuestión central del asunto, eso es, que el poder es una sustancia peligrosa por la que todos compiten y que solamente uno puede disfrutar dentro de un mismo espacio.
Para lograr el poder se necesita una alta consideración pública, pero también estructura y capilaridad política. En Córdoba, estos atributos no coinciden en la misma persona ni en el mismo partido dentro de la cacareada Triple Alianza. Juez (presuntamente) tiene más intención de voto que cualquiera de los postulantes de la UCR, pero son los radicales quienes tienen una fuerza ampliamente organizada. Como no existe acuerdo más allá del deseo que Macri sea presidente, el asunto sobre quién encabezará las listas provinciales se dilata al paroxismo.
Con enorme candidez, los operadores macristas creen que la encuesta es la solución. El problema es que, con tal instrumento, contraponen carisma contra estructura. El resultado es casi cantado: siempre ganará carisma, aunque personalmente nos resistamos a denominar “carismático” al señor Juez. Nadie en una encuesta valora la estructura (un concepto casi hermético) ni, mucho menos, la gobernabilidad que ésta proporciona cuando de tomar decisiones se trata. Simplemente, una encuesta no sirve para tomar dirimir este tipo de cuestiones.
No se trata, por supuesto, de negar el valor superlativo que tienen los estudios de opinión dentro de un sistema político; sin embargo, no pueden utilizarse como by pass de un proceso electoral. Las encuestas son, casi siempre, instrumentos utilitarios, silentes, cardenalicios. Se utilizan profusamente dentro de espacios de confianza para medir fuerzas o evaluar consecuencias de tal o cual iniciativa pero, cuando salen de un ámbito de reserva, son declaraciones de guerra. De hecho, los candidatos las utilizan para influir sobre los votantes en detrimento de sus adversarios, por lo que es común que los comandos de campaña falsifiquen metódicamente sus resultados. Lo que quiere hacer el PRO es, desde esta perspectiva, utilizar una herramienta de la guerra política como una prenda de paz entre dirigentes que mutuamente se detestan. La contradicción es evidente.
Aún prescindiendo de la futilidad del instrumento para lograr un objetivo de unidad, el diseño que ha trascendido del cuestionario es, cuanto menos, sorprendente. En todas las fórmulas que se pretenden medir, el hombre del PRO (Héctor Baldassi) aparece como segundo de los demás, sea de Aguad, de Juez o de Mestre. Esto equivale a decir que los principales interesados en lograr una síntesis que les resulta esquiva se abstienen, deliberadamente, de medir las propias chances de su candidato estrella. Es inevitable suponer que, en este punto, el macrismo repite la genial letanía sartriana respecto a que “el infierno son los otros”.
Existe otro punto propio de diletantes. Entre las preguntas del borrador se destaca una que requiere a los entrevistados el optar por alguna de los posibles binomios de la alianza, del tipo (por ejemplo) ¿prefiere usted una fórmula Juez – Baldassi u otras integrada por Mestre – Baldassi? Más allá de la lícita curiosidad que despertaría la dicotomía, es seguro que la difusión de los resultados de estas preferencias generaría un clima convulso. ¿Qué diría, el intendente si fuera humillado frente a Juez en el informe de los expertos? ¿Aceptaría ser expuesto de este modo frente a tan a un socio asaz incómodo? O, viceversa, ¿Que haría Juez si Mestre fuere el preferido? ¿Denunciaría la corrupción de los encuestadores macristas? Una situación semejante debería ser, forzosamente, calificada de bizarra.
Siempre se podrá decir –como lo hizo el propio Macri en Cadena 3– que, al fin y al cabo, es la gente la que decidiría la cuestión, porque lo que realmente importa es “escuchar a la gente”, no a los políticos. Sin embargo, esta es otra afirmación falsa. La opinión pública no es infalible, incluso todo lo contrario. Si así fuera, la presidencia de la Nación debería ser para un encuestador, no para un estadista. ¿Tiene una decisión que tomar? Haga una encuesta. ¿Compramos o no aviones para la Fuerza Aérea? Haga una encuesta. ¿Subo los impuestos para dar más subsidios? Haga una encuesta. La falacia de tal razonamiento es evidente, lo que lo hace insostenible. Ni el propio Macri, por supuesto, creería en tal cosa. No obstante, lo que es absolutamente impropio para gobernar parece ser adecuado para decidir sobre quién habrá de hacerlo. Es difícil de entender la lógica de la premisa.
Finalmente, está el tema de “la gente”. Este es un colectivo que, gracias a Bernardo Neustadt (y probablemente a su pesar) ha venido a reemplazar al histórico concepto, mucho más apropiado, de “pueblo”. Esto tiene una explicación. Evocar a la gente tiene un tufillo de vulgar sentido común que no se le puede atribuir al pueblo, que es un sujeto netamente político, que transpira ciudadanía. Las encuestas consultan a “la gente”, las elecciones (cualquiera sea su tipo) interpelan al “pueblo”, y lo hacen con todas las armas a su alcance. Negar la chance de votar internamente, de medir fuerzas con padrones, fiscales o trabajo territorial es ingresar a una dimensión desconocida, ajena a los partidos políticos que, según los deseos del común de la clase dirigente, deben ser fortalecidos a toda costa. La “gente” no puede ser una coartada para impedir que los partidos se expresen con las herramientas a su alcance.
Es un hecho que quienes promueven las encuestas al estilo de un arbitraje de problemas que son esencialmente políticos, con toda la densidad que supone esta condición, ignoran o menosprecian la dimensión simbólica de la actividad. En el caso del demorado acuerdo amarillo los resultados no pueden ser otros que más incomprensión, un círculo perverso que puede terminar devorando a una criatura que todavía no acierta a nacer.