La economía según Francisco

Por Daniel V. González

p13-1Nuevamente el Papa Francisco hizo conocer algunos de sus puntos de vista sobre economía, producción y distribución del ingreso, esta vez ante un grupo de cooperativistas europeos. Y resultan, como siempre, muy interesantes para visualizar la actual ubicación de la Iglesia Católica en el contexto político, social y económico de la América Latina de nuestros días.
Cierto es que la Iglesia en varias ocasiones ha dicho que ella no promueve ni propone política económica alguna, medidas específicas que a su juicio sean soluciones a los problemas planteados. Y, en verdad, cumple literalmente con esa conducta. Pero sucede que, en la descripción de los problemas, en el planteamiento de prioridades, en el relato de los hechos, las circunstancias y los temas, en las expresiones elegidas y en varios aspectos más, la Iglesia –aún sin proponérselo- insinúa un camino determinado. O, dicho de otro modo, de sus enfoques puede deducirse una política económica determinada.
Esta vez el Papa derramó varios conceptos que convocan a la reflexión respetuosa pero también lejana de la complacencia que, por su propia naturaleza, impide afinar los conceptos y las ideas, como así también desviarse de los errores y caminos ineficaces.

Estiércol del diablo
Una de las frases más controvertidas de todo el discurso de Francisco es la siguiente:
“No resulta fácil hablar de dinero. Decía Basilio de Cesarea, Padre de la Iglesia del siglo IV, citado más tarde por San Francisco de Asís, que «el dinero es el estiércol del diablo». Ahora lo repite también el Papa: «¡El dinero es el estiércol del diablo!». Cuando el dinero se convierte en un ídolo, rige las decisiones del hombre. Y entonces arruina al hombre y lo condena, esclavizándolo. El dinero al servicio de la vida puede ser administrado de manera justa por la cooperativa, siempre y cuando esta sea una cooperativa auténtica, verdadera, en la que no es el capital el que manda sobre los hombres, sino los hombres los que mandan sobre el capital”.
Bien es cierto que Francisco se apresura a aclarar el sentido de su sentencia: que no sea el capital el que mande sobre los hombres sino al revés. De todos modos, ésta es una afirmación tan general que resulta cuanto menos complicado determinar la circunstancia concreta en que el hombre predomina sobre el capital o a la inversa.
Pero queda claro el ánimo papal de señalar con el dedo acusador y en forma genérica, al capital (que siempre incluye a su dueño, el capitalista, el empresario, como propietario del capital y, a la vez, de una cuota de insensibilidad tal que descarta al trabajador, o lo explota, o lo tiene en negro, privándolo de beneficios sociales a los que aspira y le corresponden.

Explotación laboral
Dice Francisco:
“Aún hoy, en varias diócesis italianas, se sigue recurriendo a la cooperación como remedio eficaz para el problema del desempleo y contra las diferentes formas de malestar social. Hoy es una regla –no digo normal, habitual…, pero se la ve muy a menudo–: «¿Buscas trabajo? Ven, ven a esta empresa. Once horas, diez horas de trabajo, 600 euros. ¿Te gusta? ¿No? ¡Pues vete a tu casa!». ¿Qué hacer en este mundo que funciona así? Porque hay cola, hay una cola de gente que busca trabajo: si a ti no te gusta, a aquel otro le gustará. Y el hambre, el hambre nos hace aceptar lo que nos dan, el trabajo en negro… Yo podría preguntar, para citar un ejemplo,  acerca del personal doméstico: ¿a cuántos hombres y mujeres que trabajan como personal doméstico se les pagan los seguros sociales con vistas a su jubilación?”
En este párrafo, es probable, el Papa describe sobre todo una realidad europea porque la muestra como novedosa. En América Latina, la precariedad laboral ha sido una norma y, pese a los avances de la legislación laboral moderna(en el caso de la Argentina, por ejemplo), sobrevive una economía negra que contiene aproximadamente la mitad del empleo real.
Y no se trata, principalmente, de la existencia de infracciones morales sino de la presencia de una legislación laboral que no se corresponde con las posibilidades del pequeño empresario. Productividad, desarrollo capitalista van de la mano de mejores salarios y beneficios sociales. Éstos vienen acompañados del crecimiento económico y el desarrollo empresarial.
Pero esto nos lleva al tema siguiente.

Producción y distribución
Dijo Francisco:
“ Es sabido que cierto liberalismo  cree necesario producir primero riqueza – sin que le importe el cómo– para después promover alguna política redistributiva por parte del Estado: primero llenar el vaso, y luego dar a los demás. Otros piensan que debe ser la propia empresa la que dispense las migajas de la riqueza acumulada, cumpliendo así con la propia  denominada «responsabilidad social»: con ello, se corre el peligro de creer que se está haciendo el bien, mientras que, por desgracia, no se hace más que mercadotecnia, sin salir del círculo fatal del egoísmo de las personas y de las empresas que ponen en el centro al dios dinero”.
Aquí el Papa retoma un antiguo y permanente problema de la economía: la producción versus la distribución. Gran tema que da para largo. Pero cabe señalar que, con Benedicto XVI, la Iglesia había llegado a formulaciones más equilibradas que no aparecen en la prédica de Francisco, quien prefiere retrotraerse a un enfoque más clásico (y quizá más elemental) sobre la dialéctica riqueza-pobreza.
En Caritas in veritate (junio de 2009), Benedicto XVI afirma:
“(…) se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor”.
Sobre este párrafo se puede construir toda una teoría sobre la naturaleza de la producción capitalista y sus niveles de solidaridad implícitos.
De igual modo, al pronunciarse como “hincha” de las “empresas recuperadas”, Francisco las opone –voluntaria o involuntariamente- a las empresas tradicionales y parece adjudicarles una potencialidad fundada en los modos asociativos (cooperativas) que dista de tener sostén no ya científico sino meramente económico.
En su conjunto, el discurso de Francisco ante los cooperativistas, sus énfasis y vehemencias, nos llevan a pensar en una propuesta económica muy cercana a los tics del populismo actual. El que exhiben países como la Argentina pero que encuentra su despliegue máximo en Venezuela.
La economía actual de este país se ha construido (o mejor: destruido) al amparo de conceptos similares a los que Francisco ha expuesto en este caso. El infierno venezolano es un ejemplo “in vitro” muy elocuente al cual se ha llegado por un camino nutrido de preocupación por los pobres y denuestos al capital.