Un retroceso a los tiempos del miedo

Por Jorge Camarasa

ilustra el fiscal nismanLa muerte del fiscal Alberto Nisman, cuyas causas últimas aún están por dilucidar, no sólo significa un retroceso institucional y político en la tambaleante historia del país: en un sentido amplio, también es un traspié cultural.

En lo institucional, sería innecesario abundar en el daño que implica la muerte sorpresiva de un fiscal que acababa de denunciar por supuestos delitos graves a la presidenta Cristina Fernández de Kircher, su ministro de Relaciones Exteriores, Héctor Timerman, y un par de “parafuncionarios” como Luis D’Elía y Fernando Esteche, líder del grupo Quebracho.

Nunca, hasta la semana pasada, una denuncia había calado tan hondo, tan a fondo, en la institucionalidad del país, poniendo en tela de juicio la conducta de los más altos funcionarios de la Nación. Por añadidura, el denunciante era la persona que más conocía la causa del atentado a la AMIA, y había sido designado por el propio gobierno como fiscal especial para investigarla, dándole tiempo, presupuesto, tecnología y personal.



Por la gravedad de la acusación, la denuncia de Nisman había impactado bajo la línea de flotación de la institucionalidad, y el día en que iban a encontrarlo muerto, se preparaba para ampliarla ante legisladores nacionales oficialistas y de la oposición.

Desde lo institucional, después de treinta y un años de democracia, el efecto de la denuncia podría haberse comparado a un golpe de Estado o a la ruptura del orden constitucional y republicano.

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En lo político, sobre todo para el oficialismo, la muerte del fiscal Nisman ha abierto las puertas del infierno.

Más allá del reduccionismo que significa suponer que su desaparición favorece a quienes acusaba, el hecho en sí retrotrae a los peores momentos del menemismo, cuando sospechosos, denunciantes o testigos de supuestos hechos de corrupción, aparecían ahorcados, muertos en accidentes o suicidados.

Menem, en los noventa, sospechado y asumiendo costos que nunca le resultaron impagables, supo sobrevivir políticamente a escándalos como el Yomagate, el Narcogate, el tráfico de armas, la mafia del oro, decenas de negociados de amigos y funcionarios, y hasta los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, que era justamente el que estaba investigando Nisman.

La pregunta que cabría hacerse es si, veinte años después, el kirchnerismo tendrá la misma suerte.

Pero estos retrocesos en lo institucional y en lo político conllevan, en alguna medida, otro más profundo y peor: el regreso de la desconfianza y de la incredulidad, que parecían desterrados de la vida pública del país.

Porque si como decía Gabriel García Márquez la verdad, en definitiva, es lo que cree cada uno, lo que no se podrá levantar a pesar de los dictámenes y las explicaciones sobre la muerte de Alberto Nisman, será el registro que de esa muerte quede en el inconsciente colectivo de los argentinos.

No será un fenómeno nuevo. Sucedió con los suicidios de Alfredo Yabrán y del brigadier Rodolfo Etchegoyen, con el accidente de Carlos Menem Junior, con la caída desde un balcón de Lourdes Di Natale y con la desaparición de Julio López, entre una docena de casos desde la restauración de la democracia.

Y esos registros subjetivos de verdad, a veces más allá y a veces hasta en contra de las propias pruebas, son los que marcan el retroceso cultural.

La Argentina de la década ganada, más allá de las explicaciones que aún faltan para la muerte del fiscal Alberto Nisman, ha retrocedido a los tiempos del miedo.