¿Nadie muere en las vísperas?

DYN03.JPGPor Pablo Esteban Dávila

El refrán castizo (alguna vez citado por Carlos Menem) sostiene que “nadie muere en las vísperas”. Suele ser tomado –como todo aforismo– a modo de verdad infalible, que no admite prueba en contrario, hasta que la realidad demuestra que es más tozuda que la pretendida sabiduría popular que supone este tipo de sentencias.

Contra todo pronóstico, el fiscal federal Alberto Nisman murió en las vísperas. Su cuerpo fue encontrado horas antes que concurriera al Congreso Nacional para explicar los fundamentos de su acusación de encubrimiento contra la presidente Cristina Fernández y su canciller Héctor Timerman a raíz del Memorándum de Entendimiento firmado con Irán hace exactamente dos años. Ayer podría haber sido su gran día, el momento épico en que debería haber expuesto ante los representes del pueblo de la Nación las razones profundas de su grave acusación. Nunca llegó a hacerlo.

La autopsia sugiere el suicidio. No hay señales de terceras personas en su departamento de Puerto Madero. El arma encontrada junto a Nisman le pertenecía. Todo indica que el fiscal decidió, tan abrupta como sorpresivamente, terminar con su vida en la antesala de su momento de mayor notoriedad, justo antes de intentar aplicar la ley penal a los más poderosos de la Argentina.



¿Es esto plausible? Es natural que aparezcan las dudas. Si es un hecho que cometió suicidio, ¿cuáles fueron las razones? ¿Se trató de una decisión personalísima –de aquellas que, de tan extremas, escapan a la comprensión del común de las personas– o fue inducido a hacerlo frente a la amenaza de hacerles pagar a otros las consecuencias de sus actos públicos?

Cualquiera tiene derecho a suponer lo que desee pero, es de convenirse, que la hipótesis del suicidio “tradicional” merece ser, en este contexto, analizada con cautela. Nisman no parecía un tipo que fuera a tomar esta decisión. Lejos de cualquier estereotipo de la depresión, el fiscal se mostraba dispuesto a llevar el caso hasta donde hubiera lugar. Podría haberse supuesto –in extremis– que la ideación suicida hubiera aparecido tras algún tipo de traspié o ridiculización luego de brindar su informe ante la comisión de Legislación Penal de Diputados, pero nunca antes de exponer virtualmente ante todo el país las pruebas del supuesto encubrimiento presidencial.

Según donde se lo mire, a este suicidio le falta o le sobra contexto. Si Nisman decidió quitarse la vida en el marco de un penoso soliloquio interno, el contexto no se entiende; ahora bien, si lo hizo inducido por poderosas e inapelables fuerzas exteriores, el contexto podría explicarlo todo. El fiscal estaba a cargo de la Unidad Fiscal AMIA, la dependencia judicial encargada de esclarecer el que quizá haya sido el más penoso atentado contemporáneo sufrido por la Argentina. Años atrás, y de la mano de Néstor Kirchner, había logrado imponer la tesis, convenientemente rubricada por la inteligencia estadounidense, israelí y argentina, sobre que los funcionarios de la embajada iraní en Buenos Aires habían sido los autores ideológicos de la voladura de la mutual judía. Con esta convicción había requerido a Interpol la captura de importantes funcionarios persas, entre los cuales se contaba a Moshen Rabbani, un influyente miembro del gobierno de los Ayatolás.

Pero Cristina echó por la borda aquella política con la firma del mencionado Memorándum de Entendimiento, una incomprensible, y a priori inútil, pieza de diplomacia. Debido a una serie de inesperadas escuchas en teléfonos intervenidos con anterioridad, Nisman llegó a la conclusión que aquél acuerdo sólo había servido para garantizar la impunidad de los iraníes acusados y que este encubrimiento sólo podía ser responsabilidad de la presidente en concurso con Timerman. Sus argumentos (ya lo dijimos en la edición de ayer) bien podrían haber sido insuficientes, pero la historia que el fiscal se había ocupado en narrar ante diferentes medios de comunicación sonaba verosímil.

Las consecuencias de su acusación podrían haber sido potencialmente devastadoras para un gobierno en la fase final de su mandato. De haberse manifestado una admiradora de la Alemania de Ángela Merkel en 2007, Cristina corría el riesgo de terminar como una populista autoritaria, emparentada con un régimen teocrático y asumiendo posiciones ambiguas frente el terrorismo internacional si estas acusaciones finalmente prosperaban. Alguien podría haber concluido, consecuentemente, que Nisman había llegado demasiado lejos y que había llegado el momento de terminar con su cruzada, una sospecha que bien podría definir el contexto que enmarca a este dramático desenlace.

Tal vez el fiscal se haya llevado este secreto a la tumba. Tanto si fueron motivaciones personales como si obró apremiado por inapelables presiones extremas, las verdaderas razones de su decisión probablemente se hundan en el misterio y la especulación. Con el tiempo, hasta podría hablarse de un suicidio o de un crimen perfecto por partes iguales. Sea como fuese, su muerte llega en un momento institucional delicado, en el que cualquier especulación puede terminar marcando la agenda política y todavía lejos de cerrarse la causa AMIA, veinte años después que 85 argentinos murieran víctimas del terrorismo y sin que Nisman pudiera, al fin y al cabo, hacerles justicia.