Adiós al mp3



Por J.C. Maraddón

ilustra adios al mp3Parece que hiciera una eternidad, pero apenas ha transcurrido poco más de una década. Cuando los archivos de audio en mp3 empezaron a circular por las autopistas de internet pareció que la industria musical sufría un terremoto catastrófico, mientras que el mercado de los discos compactos, gestado al final de los años ochenta, empezaba a prepararse para lo peor. Las trompetas del apocalipsis anunciaban el fin de una época.

De a poco, esas perspectivas empezaron a concretarse. Se popularizó el uso de los reproductores de mp3, que funcionaban (curiosamente) a la manera de los primitivos walkmans y de los imposibles discmans, que al menor movimiento imprimían un salto al CD. Portar ese tipo de adminículos para mp3, con sus correspondientes auriculares, era un símbolo de la modernidad. Y se publicitaba a los pequeños aparatitos como la posibilidad de trasladar en el bolsillo a una cantidad de canciones imposible de imaginar en otro soporte.

De ese entonces data la doble manera de circular que tenía este tipo de archivos. Por una parte, se abrieron tiendas online que vendían temas y discos completos para ser descargados por determinado precio, a pagar mediante tarjeta de crédito. Y por otro lado, geniecillos de la informática desarrollaron la tecnología llamada P2P, que permitía compartir de manera gratuita nuestra música con otros usuarios, quienes a su vez nos daban acceso libre a su propio catálogo. Como todavía las velocidades de conexión eran muy lentas, las descargas insumían semanas enteras. Pero el valor del botín justificaba cualquier esfuerzo.

Ni los sellos ni los artistas ignoraban la existencia de este circuito alternativo que soslayaba sus derechos de autor y sus intereses lucrativos. Así que, mientras implementaban estrategias legales para detener la sangría, se propusieron buscarle la vuelta al intríngulis, para que las cosas se encarrilaran otra vez. Es decir, para reconstituir un proceso en el cual ciertas mercancías culturales salían a la venta y el público interesado en ellas aceptaba abonar un costo para obtenerlas. A pesar del empeño puesto en esta tarea, los años iban pasando y ninguno de los mecanismos propuestos daba resultado.

Hasta que apareció el streaming, es decir, un nuevo artificio que volaba de un plumazo la necesidad de realizar descargas. Desde cualquier dispositivo con acceso a internet, se podía escuchar un repertorio infinito de canciones. Dentro de esa oferta, el que más lejos llegó ha sido Spotify, que con su servicio de probada calidad logró lo que parecía un milagro: que la gente acepte pagar un canon mensual por su uso, con lo que parece retomar su antiguo cauce el flujo que entregaba productos (artísticos) a cambio de dinero.

En su balance del año 2014, la asociación que reúne a la Industria Fonográfica Británica ha corroborado ese avance sostenido del streaming dentro del mercado de la música, de cuyo total de transacciones aporta hoy un 12 por ciento. Pero lo más sorprendente de las cifras conocidas ayer no reside en ese dato: por primera vez desde 2004, la venta por descarga de singles y álbumes ha registrado una merma. La caída, que alcanza al 15 %, ha encendido las alarmas dentro de un negocio que, así de rápido como se instaló, podría derrumbarse estrepitosamente.

En las listas de los artistas más requeridos a través del streaming, se destacan los nombres de One Direction y Ed Sheeran, ídolos entre los adolescentes. Y si los teenagers lo aprueban, ¿qué duda cabe de que esa forma de consumo musical terminará imponiéndose? Vaya, entonces, un sentido adiós para los archivos mp3, que tan buenos momentos nos reportaron durante los últimos diez años. Todo tiene un final. Todo termina.