Queridos montañeses



Por J.C. Maraddón

ilustra bervely cordobesesEn la presuntamente obsoleta televisión de los años sesenta, las opciones de las que disponía la audiencia en Córdoba eran sumamente restringidas: sólo lo que entraba dentro de la por entonces acotada programación de Cabal 12 y Canal 10. No había señales infantiles, señales deportivas, señales gastronómicas, señales de películas, de documentales, de videoclips, de pastores evangélicos. Solo un puñado de programas locales, unos cuantos de las emisoras porteñas y un montón de series estadounidenses, que constituían al principio el núcleo principal de la oferta.

Pero, pese a la humildad de este servicio en comparación con el que disponen hoy los usuarios de la TV paga, lo curioso es que en aquellas breves grillas encontramos el germen de muchos de los formatos que predominan en la televisión actual. Se puede detectar en Pipo Mancera a un proto Marcelo Tinelli, en Odol Pregunta al antecedente directo de Los 8 Escalones y en Operación Ja Ja al predecesor de Peligro Sin Codificar. Las asociaciones se podrían prolongar hasta el infinito, incluyendo ciclos que todavía se emiten, como los almuerzos de Mirtha Legrand.

En esos años proliferaban los envíos de media hora de duración, sobre todo las telecomedias nacionales y extranjeras; una duración que iba a caracterizar por siempre al género de la “sitcom”, que renovaría su vigencia en los años noventa. Esos relatos plagados de situaciones graciosas, con las clásicas risitas de fondo a cargo de la claque, se iban a instalar rápidamente entre los favoritos del público e iban a ocupar algunos de los espacios centrales de la programación, sobre todo porque entretenían por igual a todos los miembros de las familias.

Entre los más recordados títulos dentro de ese estilo, hay que señalar sin duda a “Los Beverly Ricos”, una tira que produjo la cadena estadounidense CBS  entre 1962 y 1971, y que desataba carcajadas generalizadas en cada uno de sus episodios. Aunque su temática (una familia de montañeses que hallaba petróleo en su campo, ganaba una fortuna y se mudaba a vivir en una mansión de Beverly Hills) tenía un fuerte anclaje en las contradicciones sociales de su país de origen, la mayoría de los gags que presentaba resultaban universales y los personajes estaban tan bien caricaturizados que causaban gracia con apenas un gesto.

La familia en cuestión, si observamos bien, distaba bastante del modelo que la sociedad de aquella época presentaba como ejemplar. El viudo a Jed Clampett convivía con su suegra, la abuela Daisy, junto a quien compartía la crianza de su hija Elly May, tan bella como carente de maneras femeninas. Al mudarse a Beverly Hills, se acopla a este grupo el no muy avispado Jethro, el hijo de un primo de Jed, que al principio es el encargado de introducirlos en su nueva vida como millonarios, pero que luego ocupará un importante lugar en la trama, como disparador de las inquietudes que generarán el remate absurdo por parte de los otros personajes.

Dentro de ese esquema, el guion lograba que el contraste entre los modos rústicos de los protagonistas y la sofisticación del entorno en el que debían manejarse, derivasen en las más graciosas situaciones. A más de cincuenta años de su estreno en los Estados Unidos, los episodios de “Los Beverly Ricos” pueden ser vistos hoy sin que casi nada de la pólvora de su  humor se haya  humedecido con el paso del tiempo.

El primer día de este 2015 murió Donna Douglas, la actriz que personificaba a la robusta Elly May. Tenía 81 años y había nacido en un pequeño pueblito, donde no dejaba árbol sin trepar. Alguna vez tuvo que abandonar esa bucólica vida para desarrollar su carrera en Nueva York. Por eso, la historia de los Beverly Ricos no le resultaba extraña: sabía muy bien cómo era aquello de persistir en las costumbres pueblerinas bajo la cruel evaluación de la gran ciudad.