De qué se despide Godard



Por Gabriel Ábalos
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AdieuDurante la proyección de Adiós al Lenguaje me removí en la butaca del Showcase del Shopping de Villa Cabrera todo el tiempo. Seguramente las butacas contribuían a la incomodidad. Pero la película que veíamos los pocos espectadores el domingo por la noche  con los anteojos de 3D puestos, también tributaba a mi malestar.  El de no poder asirme a casi ningún parámetro narrativo que sin embargo a cada rato la película tendía, para volverlo a desmentir. Supe que Godard lo había logrado una vez más, el viejo guerrillero demoledor. Había triunfado sobre al menos este espectador.

La frustración, el tableteo de la película donde un hocico de perro o un pezón de mujer se me metía en el ojo, donde Beethoven era una y otra vez escamoteado tras un compás o dos, donde la fragmentación de los sujetos, de las voces, de las imágenes, de los textos, me recordaba que toda pasión cinematográfica es definitivamente cultural, aprendida, naturalizada. Hasta el punto de que admitimos bodrios sólo porque no debemos esforzarnos en entender lo que se propuso un director, mientras que sufrimos obras que nos dan literalmente la espalda. Obras que no nos hacen evadir, que no nos permiten olvidar las molestias del cuerpo en la poltrona, de los pies, de la angustia de sentir que uno se está quedando fuera del chiste, de temer condenar aquello con lo que no empatiza. Se me ocurre que esta obra en particular, este adiós al lenguaje del cine que propone el anciano maestro, probablemente no hará escuela –como la hicieron las películas del joven Godard en otros años y condiciones históricas.

Hay claros trazos con que Godard se cita en esta obra: ese afán de abrazar en un solo movimiento lo estético, lo filosófico y lo político, ese conectar la fisura entre lo real y lo imaginario. El discurso textual de la película que echa mano a las citas, como subrayados en las lecturas de Godard. Aquí se hace presente la sugerencia de leer aspectos de la sociedad mediante puntualizaciones históricas, elementos ficcionales, fragmentos documentales, citas. Sus miradas a la sociedad actual, a los íconos políticos, literarios, o el empleo de todos los recursos para proponer una continuidad a través de la fragmentación. A la imagen literaria le sigue una imagen fílmica, a ésta una representación de un texto por una actriz, y enseguida un fragmento bélico documental, y luego una breve dramatización, y entretanto la música, un patchwork que superpone también sus evocaciones. Y en medio un múltiple bombardeo de estímulos entrecortados.

Es seguro que haga falta ver más de una vez Adiós al lenguaje, si se quiere dejar que la fragmentación vaya decantando, como tantas veces es necesario al releer un libro. La película no sólo por su hermetismo, sino porque está producida mediante la compactación de elementos muy concentrados, que no se perciben a primera vista.  Probablemente sea una obra de lenta digestión, que precisa de tiempo, que reclama una atención y un compromiso de largo alcance.

Tienta la hipótesis de un cine que no puede ni debe perder el tiempo en acudir a los antiguos recursos narrativos, porque es mucho lo que tiene para decir y el tiempo se acaba; y ese lenguaje de ciento veinte años, en un escenario de resistencia a los modos elocuentes de explotación, masacre y control de los que nos toca ser contemporáneos, debe asumir el papel de transmitir pistas y claves para al menos pensar cómo es posible resistir. La película parece buscar el tono de contundencia de una carta de despedida, que por otra parte no detendrá al mundo, pero no deja de intentarlo.

Imagino una asamblea donde ya otros han leído su proclama, otros han dado su opinión, o su convicción. Otros han propuesto demoler, destruir, construir sobre las ruinas. Ahora levanta la mano el viejo maestro. Atención, va a dar su opinión. La da. Es sólo una opinión, pero no es cualquier opinión. Posee una sabiduría bien ganada, y por supuesto que es falible, eso es parte de las condiciones de la sabiduría: equivocarse. Nada le quita honra, ni significación, ni resonancia a la opinión del maestro.

Godard no se queda solo, no borra a los demás. Trabaja su parcela, ahonda sus reflexiones, aprovecha fragmentos inspiradores. Decir Godard es echarse a hablar sobre la historia del cine, y no es el caso de un anciano al que le aplaudiríamos el mero hecho de filmar a sus 85 años.  Aun con la incomodidad de sentirse “afuera del chiste”, no se trata de una sensación personal, egocéntrica. Es el control de Godard sobre sus materiales. Es su timing, su burla, su chicotazo, su koan de la tradición zen, que también es un medio de iluminación. Es su derecho a opinar sin irrespeto, sin liviandad, sin vanidad, ni desde la cima de nada. Es el viejo compañero, el audaz desdeñador de la gramática, lo oímos con atención.

Lo dicho para despedir al lenguaje no conlleva sólo el testamento de un octogenario, sino el mensaje a un mundo mucho más anciano aún. Tanto que Jean-Luc es aún joven para agitarlo, para agitarnos y hacernos huir del cine hasta una próxima oportunidad.