El peronismo como populismo

Por Daniel V. González

538f16c15c5d0Los peronistas que están disconformes con el gobierno de Cristina tienen problemas para explicar qué es lo que no les gusta y qué es lo que estarían dispuestos a cambiar en caso de que accedan al poder.
Le pasa a Sergio Massa y también a José Manuel de la Sota. Y también a comentaristas políticos y opinólogos de distintos matices dentro de la amplia gama que ofrece el peronismo.
Muchos de ellos se la ven en figurillas para explicar qué es lo que cambiarían y qué es lo que dejarían. O si, directamente, darían un giro completo a la política institucional, económica y al estilo presidencial en vigencia.
Detrás de esta cuestión subyace otra, con ribetes conceptuales: ¿es lo de Cristina el “auténtico” peronismo o se trata de una variante distante y distorsionada del peronismo originario y fundacional, que sería “el verdadero”?
La fórmula que alude a conservar “lo bueno” de este gobierno y cambiar “lo malo”, resulta exigua y elusiva. Sobre todo, a medida que los problemas se van agudizando y amenazan con legar un sacudón a quien resulte el heredero. Vayamos por partes.

Concentración del poder
El populismo abomina de la República. Rechaza la división de poderes. Ve en ella una trampa de los poderosos para oprimir al pueblo. Un invento que sólo busca diluir el poder del gobierno nacional y popular, menguando su capacidad transformadora.
En el concepto populista, el Congreso debe ser un simple levantamanos del Ejecutivo, depositario del verdadero poder. Los legisladores existen para ratificar, sin discusión alguna, la voluntad del presidente, que es la voluntad del pueblo. El caso de la Resolución 125 fue una anomalía que no debe repetirse. ¿Dónde se ha visto que los legisladores del mismo partido del presidente se opongan a una ley impulsada por el Poder Ejecutivo? ¡Eso es algo que supone una traición y que debe evitarse a toda costa! En el partido de gobierno no debe haber margen para la disidencia.
Respecto de la Justicia, el populismo piensa exactamente igual. El Poder Judicial debe actuar en completa armonía con el Ejecutivo. Las leyes deben ser interpretadas en consonancia con la política oficial y de ningún otro modo. Si la Justicia contradice los criterios presidenciales, es porque está conspirando y tratando de horadar al Poder Ejecutivo, que es el más genuino, pues ha sido elegido por el pueblo.
La justificación teórica acerca de la necesidad de concentrar todo el poder en la figura presidencial está en la esencia misma del populismo. Y es ésta: el gobierno popular está haciendo una revolución a favor de los pobres. Para lograr este objetivo debe afectar intereses poderosos, luchar contra el poder económico concentrado. Y para ello debe contar con la suma del poder. Todo el poder que sea posible. En ese sentido, piensa, la República es un pantano que impide al gobierno beneficiar al pueblo tanto como desea. El Poder Legislativo y el Judicial deben ser apenas extensiones formales que sólo corroboren la voluntad del Ejecutivo.
En tal sentido, la reelección indefinida del presidente es algo natural: el pueblo debe tener la posibilidad de elegir para siempre a los gobernantes que los benefician. Así ocurre en países como Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia. La limitación a esta necesidad, como ocurre en Perú, Brasil, Uruguay, Chile y en todas las democracias avanzadas, es algo fuera de época, que perjudica los auténticos intereses nacionales y populares.
De este concepto del poder derivan otros. Por ejemplo, el avance sobre la prensa, el intento de instalar un discurso único y una versión única de la historia.

Economía populista
Respecto de la economía, el populismo cuenta con una versión muy simple: la postergación de los pobres es producto de la explotación impuesta por los ricos, de afuera y de adentro. Esta visión, claro está, cuenta con un amplio consenso en la sociedad y en los partidos políticos de la oposición.
El gobierno ha contado con la posibilidad de ejercer durante estos años una amplia política distributiva, fundada en la extraordinaria afluencia de recursos provenientes de los altos precios de nuestros productos de exportación. Lo mismo ha ocurrido en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia. Todos ellos han seguido políticas económicas parecidas a la de Argentina: extensión de la participación del Estado, estatizaciones de empresas, despreocupación del largo plazo, ampliación de los subsidios, enfrentamientos con el empresariado.
Para existir y desplegarse, el populismo necesita recursos abundantes. Los cambios en la economía mundial a partir de 2002 crearon un escenario pletórico de ingresos que permitieron una amplia política de subsidios que, en lo inmediato, sin duda benefician a los sectores de menores recursos pero que, en el largo plazo, van creando debilidades económicas de difícil y compleja reversión, que terminar afectando la capacidad productiva del país. Las más importantes, en el caso de la Argentina, son el deterioro energético y la inflación, con su derivación natural: el retraso cambiario.
El rasgo esencial del populismo en economía consiste en la subordinación del largo plazo al corto plazo. El reinado del puro presente por sobre el ahorro, la inversión y la planificación estratégica. Esto tiene una explicación clara: los beneficios inmediatos significan apoyo electoral. Los deterioros de largo plazo deberán ser reparados por otros gobiernos a fuerza de ajustes que, además, contrastarán con los años gloriosos del populismo distributivo. El beneficio es, entonces, doble.
“En el largo plazo estamos todos muertos”, decía Lord Keynes. Y esta frase es la viga maestra del concepto populista de la economía. Los subsidios estimulan el consumo y, en consecuencia, la producción. Así de simple. ¡No hay que ahorrar! es el grito de guerra del populismo. Si el consumo se detiene, si los ingresos son horadados por la inflación, siempre existirá la posibilidad de emitir. Y esto, sostienen, no es perjudicial porque la inflación no es producto de la emisión monetaria sino de una conspiración de los poderosos para perjudicar a los pobres y desestabilizar al gobierno.



Populismo y peronismo
Una amplia franja de la oposición al gobierno piensa que el kirchnerismo es una distorsión del peronismo de Perón. Están lejos de aceptar similitudes, parecidos y coincidencias entre uno y otro.
Esto es razonable: afincar en el peronismo los problemas que hoy tenemos a la vista, resulta complicado de explicar. Llevaría al peronismo anti K, por ejemplo, a una revisión completa que sólo podría acarrearle perjuicios electorales. No es, ciertamente, el momento para una reflexión de esta naturaleza.
Si el peronismo, lejos de la singularidad que se le adjudica, no es más que el modo argentino que adopta el populismo, una revisión completa llevaría al cuestionamiento crítico de los años de fiesta, del período fundacional, de aquel tiempo de Perón y Evita. Y esto es algo que, por el momento, casi nadie se atreve a hacer.
Queda como tarea pendiente para los próximos años.