Perfiles Jorge Capitanich: El hombre que podría reinventar la Física

Por Jorge Camarasa

Jorge CapitanichJorge Milton Capitanich Popovich, (a) Coqui, de profesión contador, surfea la vida de funcionario público en una contradicción permanente: tiene dificultades para contar.
El hombre que sin ponerse colorado pudo decir que los economistas son agentes encubiertos de los empresarios y los políticos, y que pagar impuesto a las ganancias es filosófica e ideológicamente necesario, en las últimas horas ha engarzado otra perla a su collar de disparates: ha dicho que la fractura de tobillo de la Presidenta “se produjo en virtud de que no advirtieron la aplicación de un líquido deslizante en el piso”, y que “eso provocó efectivamente una caída y en virtud de ello una fractura”.
Ahá. Pero para un hombre cuya función en el Gobierno es comunicar, cualquiera diría que no lo hace muy bien. Habla como Fidel Pintos pero sin su gracia, y los receptores de sus mensajes tienen que esforzarse para entender lo que quiere decir: a la inflación la llama “dispersión de precios”; a los saqueos, “acciones deliberadas por grupos determinados con el objeto de provocar daño y/o delito de cualquier naturaleza”, y a la fuga de dólares “tendencia inercial de reducción de reservas”.
Y sin embargo, el Jefe del Gabinete de Ministros de la Nación, como la chica de Virginia Slim, ha recorrido un largo camino.
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Jorge Capitanich, hijo de inmigrantes montenegrinos, nació en una colonia agrícola de Presidente Roque Sáenz Peña, Chaco, en 1964. Fue el segundo de tres hermanos, y con el tiempo aprendería a manejar el tractor de la familia antes que el auto. Aunque a los dieciocho años se mudó a Resistencia, sus hermanos se quedaron en el pueblo. Héctor, el mayor, se haría peronista, y Daniel, el más chico, sería candidato a intendente por el radicalismo.
Coqui, desde siempre, había tenido otro vuelo. Empezó a estudiar Ciencias Económicas, y se afilió al peronismo. Militando conoció a Sandra Marcela Mendoza, quien iba a ser su mujer, y a Guillermo Mendoza, el padre, que era presidente del Tribunal Superior de Justicia de la provincia. Entonces empezó a trabajar como secretario privado del gobernador, que era Danilo Baroni, y así comenzaría su carrera política.
Para 1991 ya estaba en Buenos Aires y, como muchos que después se harían kirchneristas, empezó a trabajar en el menemismo. En 1994 sería nombrado coordinador del Programa de Creación de Empleo Privado en la Secretaría de Asistencia para la Reforma Económica Provincial de la Nación, después subsecretario de Coordinación Técnico–Administrativa de la Secretaria de Desarrollo Social, y más tarde subsecretario de Proyectos Sociales de la misma dependencia.
Estudiaba. Se había recibido de contador, y cursaría posgrados y maestrías en universidades privadas, y navegaba displicente las aguas borrascosas del peronismo. En 2001 iban a elegirlo senador nacional por el Chaco, y al año siguiente Eduardo Duhalde iba a nombrarlo Jefe de Gabinete. Coqui, el menemista que iba a ser kirchnerista, había ingresado a las filas del duhaldismo.
Después de la experiencia, en 2003, volvería al Senado, y allí conocería a Cristina Fernández de Kirchner, senadora ella y además Primera Dama, de quien se haría un amigo muy cercano.
Para Jorge Milton acababan de abrirse las puertas del cielo.
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Desde el Senado, Capitanich empezó a preparar su candidatura a gobernador del Chaco.
Lo consiguió en el 2007, cuando pudo quebrar la hegemonía radical del rozismo con su Frente Chaco Merece Más, y se convirtió en el primer mandatario de una de las provincias más pobres del país. Había quedado en deuda con el kirchnerismo, y en 2008, en pleno conflicto con el campo por la Resolución 125, pagaría enfrentando a su propia familia: Daniel, uno de sus hermanos, participaba de los piquetes agropecuarios en las rutas chaqueñas, mientras en Sáenz Peña al gobernador lo tildaban de traidor a sus orígenes.
¿Con qué provincia se había encontrado Capitanich al asumir? Con un territorio desolado. Un informe de la Institución Salesiana Nuestra Señora del Rosario de marzo de 2005, consignaba que Chaco tenía el mayor índice de analfabetismo del país (ocho por ciento contra una media nacional del 3,5), que la mortalidad infantil era del 24 por mil contra el 16,3 del resto del país, y que el nivel de pobreza era del 71,6% y el desempleo alcanzaba el 17,4, con un sector informal que incluía a cuarenta de cada cien habitantes. Con el apoyo del gobierno nacional a Coqui iba a irle relativamente bien y, en la comparación, iba a hacer una gestión de gobierno aceptable, derramando obra pública.
Algunos escándalos, sin embargo, lo habían salpicado: en 2009 iba a tener una separación con Sandra Mendoza ribeteada de sainete; se iba a pelear públicamente con su vice, Juan Carlos Bacileff Ivanoff; reprimiría con la policía las protestas de pueblos originarios y sería denunciado por utilizar el avión de la gobernación para irse de vacaciones a… Panamá.

Pero en fin: en esa tierra devastada por la pobreza que era Chaco había hecho algunas cosas bien, y en 2011 Jorge Milton esperaba que Cristina Kirchner lo eligiera como compañero de fórmula para su reelección. Como es público, notorio y problemático el elegido fue Amado Boudou, y Capitanich tuvo que masticar su bronca.
Dos años más tarde, en el 2013, se vengaría con holgura: sería reelecto gobernador con el sesenta por ciento de los votos, y aquella noche del 27 de octubre iba a ser uno de los pocos kirchneristas que sonrieran.
Y entonces sí, Cristina lo llamó a Buenos Aires, y lo ungió su Jefe de Gabinete.

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El contador que tiene dificultades para contar, trabajaría desde entonces de comunicador que comunica mal.
Dicen que, cuando asumió, una llamada telefónica de Julio De Vido le impuso un curso acelerado de buen kirchnerismo. “Nada se dice ni se hace sin la aprobación de Cristina”, fue el mensaje, y Coqui lo pescó al vuelo. De allí en adelante tendría que hacer cabriolas con las palabras, hablar para no decir nada y adornar con confusión lo que debería ser simple.
A los cortes programados de energía los llamaría “sistema de interrupción de servicio de carácter rotativo”; a la devaluación, “tipo de cambio con evolución conforme a parámetros de seguimiento respecto a otras monedas a los efectos de garantizar su competitividad”; a la suba salarial acotada “razonabilidad desde el punto de vista de la capacidad de cumplimiento y de la preservación de poder adquisitivo del salario”, y al acuerdo de precios, “perspectiva de mayor certidumbre a los efectos de lograr una convergencia de precios y salarios a los efectos de desincentivar expectativas que sean alcistas”.
Hace unas horas, cuando le tocó explicar (¿explicar?) cómo se había fracturado un tobillo la Presidenta, Jorge Milton Capitanich Popovich, inventó el concepto hidráulico de “líquido deslizante”, que quizá esté llamado a reinventar la Física.