Entrevista Darío Olmo: “Hasta ahora no hay certeza de que en La Perla haya fosas comunes”



Por Jorge Camarasa

Darío Olmo“Hasta ahora no tenemos certezas de que en La Perla haya fosas comunes o de que haya habido enterramientos masivos. Sin embargo, los resultados son previsionales porque sí se han encontrado algunos restos… Seguimos buscando”.

Darío Olmo (La Plata, 1957) lo dice casi sin levantar la voz. Está sentado a una mesa del bar del Pabellón Argentina, y no le saca el ojo a una mochila donde lleva papeles y documentos. Olmo es antropólogo. Fue subsecretario de Derechos Humanos de la provincia en el gobierno de Juan Schiaretti, y actualmente dirige la licenciatura en Antropología que se dicta en la Universidad. Es una carrera nueva, pero en algún sentido la especialidad de Olmo también lo es: desde hace treinta años, él y sus colegas del Equipo Argentino de Antropología Forense, del que fue fundador y presidente entre 1997 y 2002, exportan knowhowpara la identificación de cuerpos.

***Formalmente, el EAAF fue fundado en mayo de 1985.

En los hechos, por imperio de las circunstancias, había nacido durante los trabajos de la Conadep para investigar las desapariciones ocurridas durante la dictadura, y su mentor fue Clyde Snow, un norteamericano de sesenta y seis años que formaba parte de la Asociación Norteamericana por el Avance de la Ciencia.

Antropólogo especializado en la ciencia forense, Snow había trabajado en los restos de John Fitzgerald Kennedy, en la momia de Tutankamón y en la identificación de los restos del criminal de guerra nazi Joseph Mengele, entre otros casos resonantes, pero lo que iba a encontrar en la Argentina sería nuevo para él: aquí debía exhumar cuerpos de enterramientos clandestinos, registrar y recolectar sus muestras biológicas, señas odontológicas, huellas dactilares, descripción de lesiones y cicatrices y demás indicios que permitieran formar los  perfiles de ADN, y tratar de identificar a esas entelequias llamadas “desaparecidos”.

Aquí, Snow, que sabía tanto del país como para traer un repelente para monos en su equipaje, convocó a voluntarios estudiantes de antropología para unirse a un equipo que pudiera trabajar en los enterramientos ilegales para identificar los restos y aportar a las causas abiertas contra los responsables de  genocidio y delitos de lesa humanidad, y así nació el EAAF.

En los treinta años siguientes, los resultados serían impresionantes: se iban a recuperar mil doscientos cuerpos de los cuáles se identificarían más de seiscientos, se formaría un equipo de 65 profesionales que trabajarían en más de cincuenta países, se abrirían tres oficinas en el país y otras tres en el exterior, se fundarían tres laboratorios de antropología y uno de genética forense, y se trabajaría en el hallazgo de restos y causa de muerte de personajes históricos como Che Guevara, Salvador Allende, Pablo Neruda y Joao Goulart.

Darío Olmo fue uno de aquellos jóvenes voluntarios que en 1984 había acudido a la convocatoria de Snow:

-Para entonces yo trabajaba en excavaciones de antropología prehistórica en la zona del canal de Beagle, y unos amigos me preguntaron si no quería participar en un desenterramiento que se iba a hacer en el cementerio de La Plata. Como era mi ciudad, me interesó y fui. Esa primera vez fue muy bravo. Yo estaba acostumbrado a trabajar con restos prehistóricos, pero en La Plata desenterramos el cuerpo de una chica que tenía medias de nylon hasta la cintura, que usaba la misma ropa de todas las chicas que yo conocía…

Los restos, sabrían después, eran los de Laura, la hija de Estela Carlotto.

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Darío Olmo se mudó a Córdoba en 2003, cuando un equipo del EAAF se instaló en la ciudad para trabajar en los restos de desaparecidos hallados en el cementerio de San Vicente.

Con el tiempo se mudaría a Salsipuedes y acabaría por formar una familia cordobesa, y unos años más tarde participaría de la identificación de unos restos que levantarían una polvareda de polémica: los del brigadier Juan Bautista Bustos.

-Sí, hubo polémica, pero yo tengo la certeza absoluta de que ésos eran los restos- dice Olmo.

La historia había empezado en 2008, cuando el gobernador Schiaretti había imaginado generar un hecho de fuerte repercusión social para la celebración del Bicentenario dos años después.

El brigadier Juan Bautista Bustos había sido el primer gobernador constitucional de Córdoba entre 1820 y 1829, y había sido derrotado por José María Paz en las batallas de San Roque y La tablada, a mediados de ese último año. Herido en combate, Bustos había alcanzado a escapar para no caer prisionero, y finalmente había encontrado refugio en Santa Fe, donde moriría en septiembre de 1830.

Aunque el paradero de sus restos, desde entonces, sería motivo de controversias, algunos indicios indicaban que había sido sepultado en la iglesia de Santo Domingo, en la capital provincial.

-Lo primero que hicimos- cuenta Olmo –fue la investigación documental, histórica, y después fuimos a ver si encontrábamos el cuerpo en Santa Fe.

Según los pocos documentos disponibles, los restos de Bustos habían sido enterrados en el presbiterio de la iglesia, donde había sepultadas dieciséis personas, entre sacerdotes y terciarios dominicos.

-Aunque aparecía en la lista de los sepultados allí, la tumba de Bustos no tenía una placa que la identificara. Trabajamos con un georadar para no romper el piso, y encontramos un cuerpo que había sepultado en un rincón. Entonces acordamos con los curas empezar a excavar sin que tuvieran que cerrar la iglesia, demarcamos el lugar y empezamos a trabajar.

El primer indicio que confirmaba la hipótesis de que podían ser los restos de Bustos, era la disposición del cuerpo: estaba enterrado con la cabeza hacia la puerta y los pies hacia el altar, lo que indicaba que era un laico y no un sacerdote.

-Los restos que exhumamos se correspondían en un todo con lo que estábamos buscando: no sólo había coincidencia de sexo, estatura, edad y raza, sino que los huesos presentaban las heridas que sabíamos que había sufrido Bustos en el combate.

 Para el equipo dirigido por Olmo no quedaba ninguna duda, pero la polémica iba a surgir porque no se podría hacer el análisis de ADN.

-El análisis no dio por la colateralidad de familiares que encontramos en el árbol genealógico. Los Bustos eran una familia patricia y, como todas las de ese sector social, habían ido incorporando entenados a quienes daban el apellido, y eso diversificó los rastros hasta hacer que no se pudieran cotejar.

-¿Y eso no deja un margen de error?

-No, ninguno. Nosotros llevamos treinta años identificando restos, y la técnica del ADN recién se incorporó hace diez. Bustos fue identificado con otras técnicas, y es indudable que se trataba de él.

Finalmente, en medio de versiones encontradas, en noviembre de 2011 los restos fueron trasladados a Córdoba, donde fueron recibidos con honores por el gobernador Schiaretti y ubicados en la nave central de la Catedral.

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En los últimos años, con la incorporación del análisis genético, la tarea de los antropólogos forenses se hizo más precisa.

-En 1985 ni siquiera se podía recuperar ADN de vellos, era una línea científica incipiente que solamente se estaba empezando a practicar en algunos países del Hemisferio Norte, y que estaba totalmente fuera de nuestro alcance- dice Olmo.

Recién desde fines de los años ochenta empezaron a trabajar con esa forma de identificación, remitiendo muestras a algunos de los laboratorios. Primero probaron con algunos que funcionan en Buenos Aires pero las pericias no fueron buenas, y recién hace diez años encontraron un pequeño laboratorio en Córdoba, que redundó en decenas de identificaciones.

Pero aún sin esa técnica, la exhumación de los restos en la iglesia santafesina podría ser, en sí mismo, una muestra detallada del trabajo cotidiano de Olmo y el EAAF.

-Siempre trabajamos en tres etapas. La primera es de investigación, donde se van generando las hipótesis; la segunda es de excavación, el trabajo de campo y, por último se llega el análisis en el laboratorio, donde se analiza lo que se encontró en el terreno.

De esas tres etapas, dice Olmo, la segunda es crucial y la única que no se puede repetir.

-Una excavación se puede hacer una sola vez. Si se excavas mal, el daño que se hace es irreparable. Porque siempre una excavación, por definición, es un episodio de destrucción. Entonces hay que hacerlo con el mayor cuidado, con los mayores recursos y con la gente más capaz. Si no, uno se expone a perder información que quizá nunca más se va a poder recuperar: se pueden mezclar restos de distintas personas, se pueden perder objetos pequeños como un diente o una bala…

-Tiene cierto romanticismo el trabajo, como un dejo de aventura…

-Sí, a veces se fantasea con eso… Pero si no fuera por su aplicación en los contextos de violencia política, la antropología forense no llamaría tanto la atención. Creo que tiene que ver más con el contexto que con lo atractiva que pueda ser la especialidad en sí.