En UNC vuelve la “contribución” (para financiar a Carro)

2014-11-05_TAMARIT_web“Esto es los mismo que la contribución estudiantil pero ahora la pagamos nosotros”, fue el comentario en voz baja de los pocos docentes que presenciaron la sesión de Consejo Superior del martes pasado.
Un poco de historia: en marzo de 2011 la entonces rectora Carolina Scotto presentaba, con bombos y platillos, un proyecto de derogación de la ordenanza 5/90 más conocida como Contribución Estudiantil.
El aporte consistía en una cuota mensual. Su monto era equivalente al precio de un café, que los estudiantes pagaban y que se destinaba a los gastos llamados “paraeducativos”, es decir a insumos para trabajos prácticos, limpieza, materiales varios, biblioteca, servicios de computación y cobertura de salud. En resumen, la versión universitaria de la tradicional cooperadora escolar.
Este mecanismo, tan habitual para los ciudadanos de a pie, siempre fue una suerte de “bestia negra” para el sofisticado pensamiento del progresismo universitario. Lo consideraban un paso hacia el arancelamiento y un avance de la lógica neoliberal en los sacrosantos claustros universitarios. Una vez consolidados en el poder, y convenientemente enrolados en el kirchnerismo, se propusieron terminar con la contribución y exponerlo como el final de un ciclo, objetivo que consiguieron para satisfacción de sus seguidores estudiantiles.
El pago de la contribución no era obligatorio, los estudiantes podían eximirse mediante un trámite sencillo con la sola exposición de su voluntad. Justamente este mecanismo de eximición fue tomado como caballito de batalla por los detractores, quienes argumentaban que obligar a alguien a presentar una nota para evitar el pago de la cuota convertía al mecanismo en “compulsivo” y “estigmatizaba” a quienes optaban por no aportar el valor de una etiqueta de cigarrillos a la universidad pública.
Quizás el recuerdo de este debate fue lo que provocó la sorpresa de muchos conocedores de la política universitaria cuando descubrieron que en el artículo 66 del Convenio Colectivo de Trabajo para el sector docente aprobado el martes en el Consejo Superior se leía textualmente “Se establece para todos los beneficiarios del presente (todos los docentes de la universidad) un aporte solidario equivalente al l,5% de la remuneración integral mensual, que se descontará una vez al año de los haberes percibidos el primer mes en que se cobre un aumento”.
La paradoja del “aporte solidario” es que descontará compulsivamente de los salarios de todos los docentes universitarios e irá a parar a la caja del ultra-minoritario gremio docente ADIUC. Para decirlo más claro, la enorme mayoría de los profesores (más de 7.000) financiará la actividad de quienes dicen representarlos aunque ni siquiera puedan participar de las elecciones en las que solo podrán votar los 1400 afiliados al sindicato.
El derrotero de sinsentidos de la mayoría oficialista prosiguió durante la sesión cuando, ante el cuestionamiento de los consiliarios opositores, introdujo una modificación en el artículo que reza “aclárase que los docentes podrán solicitar de manera individual y fehaciente” eximirse del insólito tributo sindical. Es decir, el mismo mecanismo que, en el caso estudiantil, era considerado como la prueba misma la traición a todos los principios de la educación pública hoy es utilizado como excusa absolutoria por parte de la conducción kirchnerista de la UNC.
La gestión Tamarit parece acompañar el devenir del kirchnerismo y evolucionar desde la épica redentora centro-izquierdista de la primera época, cuyo emblema local fue su ex esposa Carolina Scotto, al crudo pragmatismo de estos tiempos que no teme a las contradicciones históricas ni a las inconsistencias simbólicas a la hora de acumular poder.