Epílogos Amira Yoma. «Una mujer escondida en la cocina»

Por Jorge Camarasa

Amira Yoma
“Nadie entraba al despacho más importante del país sin su visto bueno”
“Amira (“princesa”, en sirio), era la menor, y Zulema, la más grande, Primera Dama”
“Había traído a su marido, un coronel de Damasco llamado Ibrahim al Ibrahim, que por la magia de aquellos tiempos, aunque no hablaba español, sería designado director en la aduana de Ezeiza”
“El brigadier Andrés Antonietti, en cuya impecable foja de servicios destacaba la acción de guerra del desalojo de Zulema Yoma”

El olor del café a la turca y el perfume de las flores que adornan las mesas, se mezclan en el aire del pequeño restaurante.
Al otro lado de la puerta, en el bullicioso mercado municipal de Belgrano, a una cuadra de la esquina porteña de Cabildo y Juramento, la gente pasa apurada haciendo sus compras. Adentro, el local es coqueto. Tiene el piso de baldosas blancas relucientes y un cartel en la puerta que dice “El gourmet de Medio Oriente”, y su dueña, la señora de ojos bellos que está detrás de la barra, supo ser una de las mujeres más poderosas de la Argentina.
Aunque ahora casi nadie se acuerda de ella, hizo y deshizo como Directora General de Audiencias de Carlos Menem, y durante más de dos años, desde 1989 hasta 1991, nadie entraba al despacho más importante del país sin su visto bueno.
Cuñada presidencial, custodia de agendas misteriosas, guardadora de secretos que todavía hoy desvelan a muchos, su estrella se apagó cuando el juez español Baltazar Garzón la sospechó de ingresar por Ezeiza dinero que era del narcotráfico, y a la mujer el mundo se le cayó encima.
Después vendrían la cárcel, el ostracismo y el retiro, y al final sería como si a Amira Yoma (Nonogasta, La Rioja, 1952), se la hubieran tragado las turbulentas aguas del olvido.

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El Yomagate fue el primero de los muchos escándalos que sobrevolarían al menemismo, pero el único que llevaría el apellido de la familia política del Presidente, un clan de ocho hermanos del que Amira (“princesa”, en sirio), era la menor, y Zulema, la más grande, Primera Dama.
Amira había empezado a trabajar con Menem en La Rioja en 1983, y seis años más tarde había llegado con el flamante Presidente a Buenos Aires. También había traído a su marido, un coronel de Damasco llamado Ibrahim al Ibrahim, que por la magia de aquellos tiempos, aunque no hablaba español, sería designado director en la aduana de Ezeiza.
Todo iba bien para la pareja, pero la historia no tendría un final feliz y la bomba iba a estallar a fines de 1990, cuando la policía uruguaya detuviera en Punta del Este a un contador del Cartel de Cali, y en los papeles que tenía encima descubriera que figuraban los nombres de los dos. Desde entonces, todo se precipitaría: un arrepentido iba a declarar que Amira traía valijas con narcodólares que ingresaba por Ezeiza y luego llevaba a Uruguay, y en 1992, después de renunciar a su puesto, sería detenida y enviada a prisión.
El caso, al final, iba a ser sobreseído dos años después, pero a la mujer ya le habían pegado por debajo de la línea de flotación, y como daño colateral acabaría separándose de su esposo sirio.
Los años siguientes serían de encierro en su casa, algunos trabajos menores en despachos oficiales y un breve paso por los Cascos Blancos, a mil setecientos dólares por mes, un cargo que, según su nombramiento, merecía por su dominio del árabe.
Para entonces era finales de los noventa y Menem se estaba yendo, y Amira había vuelto a enamorarse.



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El segundo marido de Amira Yoma, Jorge “Chacho” Marchetti, era periodista. Se habían conocido en 1995 y se habían casado enseguida, y a él se le había ocurrido mudarse a Marbella, en España, para poner distancia con todo lo que había pasado. “Ya no aguantaba más, no salía de casa… Chacho me llevó pensando que para mí iba a ser curador, pero evidentemente, cuando uno tiene un problema lo lleva consigo a donde vaya”, diría Amira años más tarde.
En Marbella, el corazón turístico de la Costa del Sol, vivían muchos sirios, y al principio, durante un tiempo, el matrimonio se sentiría como en casa. Unos meses después de llegar habían abierto un restaurante de carne argentina, y allí recibirían amigos como Monzer Al Kassar, un traficante de armas al que Amira había conocido en Buenos Aires, que vivía en un palacete en Puerto Banus.
Por la novedad, el primer año el negocio funcionó de maravillas, pero el segundo fue el de la epidemia de “la vaca loca”, y se vino abajo. Se iban a quedar un tiempo más pero ya empezaban a extrañar, y en 2001 la pareja regresaría a Buenos Aires.
Para entonces, la ex funcionaria había hecho cursos de cocina y repostería, y al final había podido resolver un problema que la atormentaba desde niña: “Me tuve que poner a estudiar porque no sabía diferenciar una clara de una yema…”, se sinceraría después.
De vuelta a Buenos Aires la pareja se instalaría en un piso del barrio de Belgrano, en la calle Virrey del Pino, enfrente del departamento de Eduardo Menem, y en el mismo edificio donde vivía el brigadier Andrés Antonietti, en cuya impecable foja de servicios destacaba la acción de guerra del desalojo de Zulema Yoma y sus hijos de la residencia de Olivos en 1990.
El piso había sido decorado por Amira, que en el recibidor había puesto una bandera argentina y en las paredes del living una foto suya con Fidel Castro y otra con George Busch padre, a quien su cuñado llamaba “mi amigo George”.

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La vida de Amira Yoma, hoy, es la de una mujer emprendedora.
Además del restaurante árabe en el mercado de Belgrano, tiene un centro de estética corporal donde hace tratamientos de dérmato cosmiatría, una técnica que aprendió en Siria, donde vivió cuando era adolescente, y vende cremas de belleza que se hace fabricar para ella.
Distanciada de Zulema, su hermana mayor, cría a su hijo de quince años, y cada mañana, antes de salir a trabajar, revisa los diarios para estar al tanto de los chismes faranduleros, y mira televisión sólo cuando está Tinelli o cuando pasan novelas brasileras.
De los noventa, los años de cuyo peor aspecto fue protagonista, prefiere no hablar. Dice que de eso hace mucho, que ya se terminó, que a la gente no le interesa, que hay que mirar para adelante. “Los Yoma somos gente de bien. Fuimos sobreseídos de todo lo que se nos acusó. Salvamos nuestro buen nombre y honor, y punto. No hay más nada que hablar al respecto. Le guste a quien le guste, le pese a quien le pese, así lo dictaminó la Justicia”, dice.
¿Y el país? No, del país tampoco hay nada para decir: “De política, nada. No conozco a nadie, no miro el noticiero, no sé ni lo que pasa”.
¿Y Menem, y el menemismo? “Yo no soy quién para juzgar ni tampoco para dar nombres, pero creo que siempre hubo corrupción… Cuando hablan de los noventa y me incluyen, me pregunto: ¿Y qué descubrieron sobre mí? Y también: ¿Quién me paga por todo lo que se habló sin fundamentos?”.

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Amira Yoma, la princesa cocinera y dérmato cosmiatra que mira a Tinelli, sólo acepta decir que aceptó ser funcionaria para ayudar a su cuñado, porque no necesitaba dinero, y que cuando pasó el Yomagate se escribió más de ella que sobre la muerte de Perón, pero que cuando fue absuelta se escribió menos que en un aviso fúnebre.
¿Tanto? A lo mejor exagera.
Y por las dudas, aclara: “Me arrepiento muchísimo de haber estado en el gobierno, pero hasta el día que Menem viva, le debo toda mi lealtad”.