La noche del glifosato eco fascista

Por Pablo Esteban Dávila

1-slide-copia2La historia universitaria argentina tiene al episodio conocido como “la noche de los bastones largos” como una de sus páginas más oscuras. A finales de junio de 1966 y pocas horas después de haber derrocado al presidente constitucional Arturo Illia, el general Juan Carlos Onganía decretó la intervención de las universidades públicas y el fin de su autonomía. Ante algunos intentos de resistir esta orden, la Policía Federal desalojó las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Filosofía y Letras de la UBA a golpes de bastones largos, un dispositivo que, por aquellas épocas, utilizaban las fuerzas de seguridad para reprimir manifestaciones públicas. El episodio fue todo un símbolo sobre el desprecio que siente el autoritarismo hacia la vida académica y el progreso científico.

El martes pasado, la Universidad Nacional de Córdoba vivió su propia noche de terror institucional, solo que, esta vez, los bastones de la policía fueron reemplazados por algunos litros de glifosato en poder de un grupo de eco fascistas.
Los sucesos son conocidos y tienen que ver con la radicación de la empresa Monsanto. El rector Francisco Tamarit le imploró al decano de Ciencias Agropecuarias, el ingeniero Marcelo Conrero, que diera de baja un convenio que había suscripto en su momento con la multinacional. A regañadientes, y abandonado por el resto de sus pares, el decano accedió. No deja de ser un contrasentido que sus ideas no puedan tener cabida dentro de una institución que, conforme la creencia popular, es uno de los grandes templos de la libertad de pensamiento.

Los eco fascistas ingresaron al edificio Claustrorum y comenzaron a amenazar a los integrantes del cuerpo que, paradójicamente, se aprestaban a tomar nota de su derogación. A los exaltados no les interesó un comino el hecho que, finalmente, se salieran con la suya. Lejos de mostrarse satisfechos con la claudicación universitaria exigieron más: que los SRT no transmitan publicidad de Monsanto y que, entre otras barbaridades, la UNC se aleje del mundo de los alimentos. Se sucedieron gritos y escupitajos contras las autoridades hasta que el rector decidió que no podían continuar sesionando en tales condiciones. Cuando los miembros del Consejo se retiraban comenzaron a arrojarles glifosato, una verdadera editorial sobre sus convicciones políticas. También los nazis usaban productos químicos para matar personas.



No sorprenden estas actitudes. Es más, ya estamos acostumbrados a ellas. Los eco fascistas se toman de cualquier argumento ambientalista –no importa cuán falaz o científicamente incorrecto sea– para destruir la propiedad pública o privada, agredir a quienes piensan diferente o interferir con decisiones tomadas por instituciones de la democracia. Se creen por encima de las leyes porque consideran que la coartada verde les otorga una inmunidad de la que no gozan el resto de los argentinos. Este es un pensamiento fascista, violento, que de ningún modo se atenúa por el izquierdismo de cotillón que postulan en sus consignas antiimperialistas.
Pero lo que sí sorprende es la quietud con que la opinión pública recibe estas noticias. Un puñado de fanáticos vociferantes interfiere exitosamente con el funcionamiento de una universidad con 400 años a sus espaldas e impide una inversión multimillonaria (con su consiguiente generación de empleos) con un bloqueo ilegal y sin ninguna razón técnica atendible. Las capuchas, los palos y el estilo “rebelde way” con que adornan sus rostros y equipan sus protestas contrastan vívidamente con la pálida imagen que exhiben políticos, universitarios y periodistas frente a ellos. Por lo bajo, todos mascullan su indignación y bronca porque semejante pandilla dicte políticas que deberían pertenecer al Estado pero, cuando llega el momento de enfrentarlos con palabras fuertes y claras, nadie lo hace. Es este silencio el que permite que los sucesos ocurridos en el Consejo Superior de la UNC puedan, potencialmente, multiplicarse al infinito sin ninguna consecuencia.

Los eco fascistas conocen de esta suerte de vergüenza social por no salirse del molde de lo políticamente correcto. Y, por cierto, la explotan a destajo. Es de esta forma que gente perfectamente razonable y científicamente preparada permanece inerme y distante ante sus atropellos, como si confrontarlos con decisión le hiciera el caldo gordo a quién sabe qué demonio contaminante o inconfesable interés trasnacional. El resultado es que ya no hay raciocinio posible cuando se trata de una cuestión ambiental, pues todo se reduce a una cuestión de fe. Científicos temerosos, políticos trémulos y universitarios dogmáticos (todo un oxímoron) conforman un combo que nutre y amplifica a estos grupos minúsculos y electoralmente irrelevantes.
La historia dirá que Onganía echó con bastones policiales a la comunidad universitaria en 1966 y que los eco fascistas lo hicieron con glifosato en 2014. Entre aquel general golpista y estos activistas que se dicen de izquierda no hay ninguna diferencia apreciable, pues ambas son manifestaciones de la intolerancia, el obscurantismo y del desprecio por el funcionamiento republicano. Pero nadie debe llamarse a engaño: si no se las enfrenta a tiempo, siempre regresan. No hay nada más persistente que la estupidez humana.