Y el hombre hizo a la mujer

Por Víctor Ramés
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GEDSC DIGITAL CAMERALa perspectiva de género nos ha permitido ver la construcción social de “lo femenino” (y también de “lo masculino”) como parte de una contingencia histórica y cultural, en lugar de la tantas veces esgrimida determinación biológica.
Aplicar dicha perspectiva nos posibilita leer los discursos de hace más de cien años, que fueron parte sustancial de la asignación de los roles femeninos, como estereotipos que mantuvieron a las mujeres en flagrante inferioridad social. Por supuesto, el mismo enfoque es útil para entender las bases de la construcción social de lo masculino.
No es necesario retroceder un siglo atrás, claro: hay machismo para rato hoy mismo, y los análisis pueden dejarlo en evidencia. Pero nos concentramos en nuestro ángulo de mirada histórica.
Ejemplos de algunas publicaciones de diarios de fines del siglo XIX a principios del XX, permiten analizar el poder de los juicios morales, y de las normas que delimitaban de manera estricta –y amenazante- lo masculino y lo femenino. Al poder de la prensa, se sumaba el poder masculino que monopolizaba el discurso.

El diario católico El Porvenir, del 25 de noviembre de 1892, a propósito de noticias sobre una destacada esgrimista argentina, suscita el siguiente juicio del cronista periodístico:
“Un florete en manos de una mujer me hace el mismo efecto de un abanico en manos de un hombre. Seré todo lo retrógrado que se quiera, pero el masculinizamiento me revienta, sin poderlo remediar.
La mujer del hogar, la que cuida de sus padres o hijos, la que se preocupa más de la casa que de la calle, esa me gusta.”

Tan afianzado está el poder del discurso, que la publicación se basa totalmente en el juicio personal del escriba. Lo cierto es que la nota da los antecedentes de la “espadachina” –de quien no se provee el nombre-, quien había estudiado florete en Italia y continuaba su formación en Buenos Aires. Tras la síntesis, vuelve el juicio –el fallo- del cronista: “El diario que da la noticia se entusiasma con la dilettante y le presagia un hermoso porvenir. Ninguna de mis lectoras se lo envidiará, porque habrá que ver a dicha señorita casada y con hijos. Si estos ponen el chillido en el techo, tomará un florete y en medio minuto hará una brochette con los barullentos infantes”.
Es interesante comprobar que, al menos, un diario de Buenos Aires saludaba con naturalidad a la esgrimista, mientras que en la conservadora Córdoba se ponía “el chillido en el techo”.

La carta de un lector publicada en el diario La Patria de junio de 1896, se pretende jocosa y juguetea con la ambigüedad entre la pintura artística y la pintura de maquillaje femenino, afirmando que “ya el arte pictórico me tiene reventado”:
“Mi señora, que dicho sea de paso y aún a trueque de pasar por demasiado detallista, frisa ya en los cuarenta, ha resultado poseer de dos años a esta parte aficiones artísticas de primer orden, las que van tomando un desarrollo asombroso, aficionándose cada día más a la pintura del natural.”
La conclusión del anónimo autor de la carta expresa: “Héteme aquí desesperado, convertido en un Ecce homo, pues ya no recuerdo la fisonomía original ni de mi mujer, ni de mis hijas, ni aún la de la chinita a su servicio”, y afirma que “con este cambio de rostros” teme que “mi mujer no es tal, y que mis hijas son falsificadas”.
En este caso resulta evidente el tono paternalista, irrespetuoso e incluso discriminador sobre la “chinita”, así como el juicio socarrón formulado desde una perspectiva androcéntrica, en la cual lo masculino se percibe como la norma (lo normal) y lo femenino es juzgado como lo “otro”, el estereotipo, lo superficial.

Pero la perspectiva de género es tan valiosa para analizar la construcción de lo femenino como su complemento, la de la masculinidad (como en el ejemplo del abanico en manos de un hombre). El diario La Patria de principios de enero de 1910 trae una nota titulada “Los maridos de su casa”, donde expresa:
“¿Quién no conoce estos engendros? Él maneja la casa, él manda al mercado y a veces inspecciona la despensa. (…) Cuando regresa de sus quehaceres da risa verle, con los bolsillos como arganas, repletas de las compras que ha hecho el apóstol de la ciencia doméstica.”
En este caso –no obstante- la crítica del autor de la nota señala con precisión que este “modelo de marido” es una desgracia para la mujer, dado su carácter controlador y autoritario, lo que no puede ser menos cierto. Las causas de esta actitud se resumen al ahorro y el control de gastos domésticos.
“¡Ay de la esposa que ha tenido en suerte semejante marido! Ni le está reservado el placer de lucir un vestido o un sombrero a su gusto. El marido es el que compra las telas, elige las gorras y hasta el figurín”.

Vimos apenas tres ejemplos entre innumerables otros, visibles en la burguesía acomodada, pero ayudan a resaltar los juicios dominantes a que debían atenerse las mujeres. Casos peores eran noticia cotidiana, que involucraban –como ocurre con pocos cambios hoy- violencia de género física y psicológica.