Epílogos: Juan Carlos Blumberg. El hombre que se quedó solo

Por Jorge Camarasa

2014-10-16_BLUMBERG
“Cuando el chico bajó de su auto fue secuestrado al boleo por una banda en búsqueda de una presa, y seis días más tarde aparecería muerto”
“Menos de una semana después del asesinato de su hijo, consiguió entrevistarse con el presidente Néstor Kirchner, y desde entonces todo fue un torbellino”
“Su cruzada alcanzaría muchos resultados concretos”
“Algunas declaraciones públicas lo sacarían de caja”

Hace un poco más de diez años, la noche del 17 de marzo de 2004, Axel Damián Blumberg (23, hijo único, estudiante de ingeniería con planes de casamiento) había salido de su casa de Martínez, al norte de Buenos Aires, para buscar a su novia Stefanía Garay. Iban a ir al cine a ver El pago, una película del chino John Woo sobre un hombre que trabajaba para una corporación que le borraba la memoria después de cada encargo. Después, quizá se fueran a comer.
Tal vez no era un gran plan, pero sería el último: cuando el chico bajó de su auto fue secuestrado al boleo por una banda en búsqueda de una presa, y seis días más tarde aparecería muerto en Moreno con un tiro en la frente.
Hubiera sido otro hecho de inseguridad como los tantos y tan trágicos que estaban por venir, pero en cambio se transformaría en una bandera política que el padre de Axel, Juan Carlos Blumberg, agitaría exitosa y perentoriamente al viento de la insatisfacción ciudadana.

***

Hoy, Juan Carlos Blumberg (69, porteño) apenas si ha cambiado de imagen. Sigue con el cabello largo, los trajes oscuros, los ojos como saltones y las arrugas que la cruzan la cara. Desde que aceptó que nunca se recibió de ingeniero, el título con el que se presentaba, ahora es un empresario textil a secas que tiene una rutina invariable: se levanta todos los días antes de las cinco, va a su fábrica hasta media mañana, y después se instala en la fundación que creó, la Fundación Axel Blumberg por la Vida de Nuestros Hijos, que funciona en un semipiso prestado a metros de Corrientes y Florida, en el centro de Buenos Aires.

Desde 2004, en el local de la fundación, adornado con gigantografías de las marchas que organizó y fotos de Axel y de él mismo con Juan Pablo II, trabaja un grupo de voluntarios que reciben denuncias de víctimas y testigos de hechos de inseguridad.
Los domingos visita la tumba de su hijo en el cementerio Jardín de Paz, en Pilar, y le lleva flores: “Cada domingo estoy quince o veinte minutos hablando con él”, dice. Y lo que dice, también, es que nunca ha conseguido acostumbrarse a su pérdida: “Cuando murió Axel se me venían continuamente a la cabeza flashes de mi hijo en la morgue, todo golpeado… Me llevó tres años superar el duelo. Pero el dolor no se va nunca. Todas las noches voy a su habitación, que está como él la dejó, y le cuento lo que hice en el día”.
Por lo demás, Blumberg sigue viviendo en la misma casa con María Elena, su esposa, y se acuesta invariablemente a las nueve de la noche.

***

Hasta hace unos años, la vida de este hombre no era tan metódica y ordenada.
Había pasado menos de una semana después del asesinato de su hijo cuando consiguió entrevistarse con el presidente Néstor Kirchner, y desde entonces todo fue un torbellino. Nadie sabe, en realidad, qué pasó en esa reunión, pero él la cuenta así: “Yo le dije: `Mire, Presidente, habría que cambiar algunas leyes para poder ayudar’, y él me contestó: `Pero Blumberg, esas cosas las tienen que hacer los legisladores…’. Y yo le respondí: `Entonces voy a organizar una marcha para ir al Congreso…’”.
Fue un éxito: la convocatoria se hizo para el 1º de abril de aquel 2004, y ciento veinte mil personas se congregaron en la plaza frente al edificio. Llevaban pancartas con fotos de víctimas, velas en vasitos de plástico, rosarios gastados. Veinte días más tarde otra marcha convocó cien mil personas ante el Palacio de Tribunales, y luego vendrían tres más, la última en la Plaza de Mayo a fines de agosto de 2006.
Para entonces, y aunque él no quería admitirlo, Juan Carlos Blumberg había pasado de padre en busca de justicia, a hombre que olfateaba el poder. Casi de la noche a la mañana, por imperio de las circunstancias, había devenido en una suerte de especialista en seguridad ciudadana, y lo escuchaban funcionarios, gobernadores y ministros. Con algunos jueces la relación era más tensa, porque Blumberg los criticaba por “garantistas” y excesivamente tolerantes a la hora de aplicar los códigos.
Propagandista de las ideas de Rudolph Giuliani, el alcalde de Nueva York que había puesto en marcha la llamada “tolerancia cero”, Blumberg desembarcaría en la Capital Federal y en Córdoba, donde habían empezado a funcionar los jurados populares. Aquí, bajo el paraguas del asesoramiento, trataría además de hacer algunos negocios privados, y habría movilizaciones en contra del acuerdo que la provincia había firmado con el Manhattan Institute, que él representaba.

***

Para entonces, Blumberg había empezado a crecer mediáticamente, y su alto grado de exposición le generaría logros pero también dificultades.
Su cruzada alcanzaría muchos resultados concretos. A él se deben las modificaciones del Código Penal que endurecen el castigo para los que portan armas sin autorización, la denegación de libertad condicional para los condenados por delitos aberrantes, la ampliación de la pena para quienes cometen homicidios o violaciones seguidas de muerte, y el tope de cincuenta años de prisión para los autores de delitos concurrentes.
Sin embargo, su discurso planteaba una dicotomía falsa (“El que no está conmigo está con los delincuentes”), y en su transitar por radios, redacciones y canales de televisión, algunas declaraciones públicas lo sacarían de caja: justificaría la muerte del joven Sebastián Bordón a manos de la policía mendocina cuando estaba en viaje de egresados diciendo que “se drogaba”, se mostraría en favor del voto calificado para que valga doble, aceptaría una “embajada” de la secta Moon, diría que la gente no es buena ciudadana porque si no tiene problemas económicos no se compromete…
También se pelearía públicamente con el ministro de Seguridad bonaerense León Arslanián (“Destruyó a la policía”), con el juez Raúl Zaffaroni (“Es un inmoral”), y recibiría retos del entonces cardenal Bergoglio: “Yo le decía que el preso tenía que trabajar ocho horas y después estudiar, pero no abogacía ni medicina, y Bergoglio me decía que yo no podía pensar así…”

***

Hoy, a Juan Carlos Blumberg le queda poco de aquel capital político que supo reunir a partir de su propia tragedia.
Lo que había empezado como una pelea por conseguir justicia a la muerte de su hijo, terminaría en nada. El hombre sin pasado y sin archivo que en unos pocos meses se había erigido en un símbolo de los reclamos sociales de seguridad, el que juntaba decenas de miles de firmas, movilizaba multitudes, acusaba a jueces e interpelaba legisladores, presidentes y ministros, al final quedaría sumergido en un olvido gris e indiferente.
¿No le habían perdonado sus apologías a la mano dura, su usurpación de título, sus desplantes iracundos, su exposición mesiánica? Quién sabe.
El único dato incontrovertible es que en las elecciones de septiembre de 2007, las primeras y únicas a las que se iba a presentar como candidato a gobernador (pese a que había dicho que nunca lo haría), sacaría el 0,89 por ciento de los votos.
Los mismos miles de ciudadanos que había logrado movilizar tras sus banderas de seguridad y orden, llegado el momento, iban a darle las gracias pero le dirían que no, y lo dejarían solo.
Aunque él no lo sienta así.
El cuarto de Axel en la casa de los Blumberg en Martínez, todavía está como quedó hace diez años y medio: su cama con la colcha azul, la computadora, sus trofeos, sus fotos.
“Todas las noches voy a su cuarto y le cuento lo que hice. Hice tal cosa, ayudé a tal persona… Se lo cuento a él. A mí me hace bien, porque cuando yo era chico le rezaba a Dios antes de irme a dormir. Ahora, subo a su cuarto”.