Extraña mutación de Kicillof: de Marx a Rasputín



Por Pablo Esteban Dávila

2014-10-05_KICILLOF_2_webLos Kirchner nunca se caracterizaron por ser gente moderna. Aunque con diferencias, tanto Néstor como Cristina porfiaron en visiones de la economía y del mundo que prácticamente ya nadie utiliza, excepto ciertas progresías que, aparentemente, todavía colonizan algunos países de América Latina.
Sin embargo y pese a la obsolescencia de sus ideas, durante mucho tiempo les fue bastante bien. Los precios de la soja y la revolución agrícola que vivió el país gracias a las inversiones realizadas en los ‘90 hicieron que gobernantes ideológicamente rezagados pudieran acumular un poder significativo.

Contribuyó también a este fenómeno la fenomenal crisis de 2001, que identificó (muy injustamente) las ideas del libre mercado con aquella lamentable coyuntura. Esto privó a referentes de la oposición de las palabras adecuadas con las cuales confrontar simbólicamente el incongruente relato oficial. Pero el período de esplendor kirchnerista hace algún tiempo que pertenece a la historia. Es un hecho que el país se encuentra otra vez en estanflación (un escenario muy parecido al del final del ciclo alfonsinista) y que esta situación no tiene otro responsable que el propio gobierno. A diferencia de la crisis de 2009, originada en la debacle de las hipotecas sub prime en los EE.UU., la actual tiene causas absolutamente nacionales que, en última instancia, descansan en la impericia de la conducción económica. Y, a poco que se indague sobre esta incompetencia, aparece nítida la figura de Axel Kicillof.

Desde un punto de vista objetivo, el ministro no tiene ningún logro para exhibir. La economía está en recesión, la inflación se encuentra en torno del 40% y las reservas del Banco Central continúan en picada. El dólar blue se encuentra próximo a duplicar la cotización del oficial y los controles sobre el sector privado parecen evocar nostalgias soviéticas. Pese a las negativas oficiales, no puede ocultarse que la Argentina ha caído nuevamente en default, un curioso colofón de los esfuerzos del propio Kicillof por volver a los mercados internacionales. Cualquier observador imparcial podría preguntarse, en este sentido, a guisa de qué estrategia se arregló tan onerosamente con Repsol y el Club de París si, al final, ni el equipo económico ni sus abogados supieron hacer nada para solucionar el tantas veces postergado asunto de los holdouts.
En otro país y en cualquier gobierno, tantos yerros hubieran costado la cabeza del ministro. Sin embargo, la lógica de Cristina Fernández aconseja incrementar su poder, como si las equivocaciones seriales en el manejo de la economía mereciesen premiar simétricamente el esfuerzo. Cuesta entenderlo pero es así: a peor desempeño, mayor poder. Toda una editorial sobre el devenir de la década ganada.

El problema es que al gobierno le queda algo más de un año y que, con las pruebas a la vista, tanto la presidente como su ministro estrella están dispuestos a profundizar las recetas que parecen estar llevando el país al caos. Para colmo de males, ya no queda nadie en el gabinete que pueda hacer de dique de contención a las afiebradas ideas de Kicillof, absolutamente desconocidas en el mundo y que han tomado a la Argentina como un inmenso laboratorio de experimentación. Juan Carlos Fábrega acaba de ser despedido del Banco Central y ninguno de los ministros supérstites tiene la influencia necesaria como para detener el avance de este economista cuarentón sin ningún antecedente serio en la materia.
Dentro del peronismo oficialista crece una inquietud semejante a los miembros del gabinete. Kicillof es tan lejano al partido como podría serlo Lilita Carrió, al tiempo que parece importarle un comino la suerte del justicialismo. Ninguno de los caudillos del interior que manifiestan nominalmente su lealtad a Cristina tienen algún tipo de llegada a Economía, una orfandad que padecen democráticamente los ministros de Hacienda provinciales. No hay error en afirmar que Kicillof es un hombre políticamente ecuánime: hace el mal sin mirar a quién.
No deja de ser curiosa la metamorfosis en la imagen del ministro. Al principio, era percibido como el cultor de una suerte de marxismo postmoderno, pero ahora debe agregársele un componente de eficaz intriga palaciega. Es como, si arropado por las mieles del poder, hubiera dejado de frecuentar a Marx para asemejarse un poco a aquel Rasputín, el monje confidente de la zarina Alexandra en la agonía del imperio de los Romanov.

Podría sugerirse que existe cierta pasión por la historia rusa en el ministro, bien a tono con las recíprocas muestras de buena voluntad recientemente prodigadas entre Vladimir Putin y Cristina Fernández, pero esto sería forzar la interpretación de los acontecimientos. Si Kicillof ha invertido la historia, pasando de revolucionario a intrigante, lo ha hecho porque ha advertido la oportunidad que le brinda un gobierno personalista, autoritario y con endeble sustento ideológico para colarse entre los entresijos del poder. Es tan simple como esto. La volubilidad presidencial, para completar el cuadro, acaba de permitir que esta golondrina haga todo un verano aunque, por las características del momento, la estación de Kicillof supere en crueldad al mítico invierno de Álvaro Alsogaray.
Ahora que el ministro tiene todo el poder, como en su momento Lenin lo reclamó para los Soviets, su capacidad de daño no tendrá límites, excepto los que él mismo se imponga. Cristina se ha auto excluido de esta posibilidad, dado que su entendimiento de la economía es totalmente deficitario y que, precisamente por ello, le ha delegado por entero su manejo. Por lo tanto, y a menos que Kicillof ensaye un improbable viraje hacia la ortodoxia, se profundizarán todas las acciones que porfían en llevar al país al despeñadero: más déficit fiscal, emisión descontrolada, mayores restricciones al comercio exterior, creciente intervencionismo estatal y diatribas internacionales al por mayor. Si las consecuencias no fueran tan graves y no estuvieran a la vuelta de la equina, hasta podría decirse que todo esto ya aburre, porque todos conocen el final de una historia que, al igual que la del marxismo y de Rasputín, no tiene ningún final feliz.