Carta Abierta y los hijos de fierro en la Panamericana



Por Fernando Rosso
@RossoFer

DSC08826Finalmente vio la luz la Carta Abierta número 17 titulada “Buitres de la economía y Halcones de la guerra”. La estructura general del documento no difiere casi en nada de los anteriores, a excepción de que aporta muchas menos ideas y muchas más desilusiones. La gravitación del colectivo de intelectuales kirchneristas en la vida política nacional está en declive en proporción directa al retroceso de su gobierno.
En momentos de tensiones económicas y políticas, de una agenda nacional marcada por la incertidumbre del rumbo de la economía, por las preocupaciones populares que genera la inflación y el peligro de la pérdida del empleo, la recesión o los tarifazos, la crítica disciplinada de las almas cansadas tiene mucho menos posibilidades de éxito o de atracción. El extenso texto, como siempre, encuentra las fórmulas crípticas para ocultar la “crítica”, para destacarse por lo se esfuerza permanentemente en no nombrar.
La búsqueda del equilibrio perfecto de una “crítica” que camina en puntas de pie por los laterales del gobierno y del Estado, para no estorbar la obra que se juega en el escenario central. Para dormir tranquilos de noche habiendo cumplido la función de sostener con sobreproducción de palabras un “modelo” y un “proyecto” que hace agua por todos lados y niega en cada medida concreta su propio relato. Las palomas de vuelo gallináceo contándoles cuentos de hadas a los halcones y a los buitres.
Sin embargo, hay algo que la Carta no pudo dejar de nombrar. Un lugar que se fue elevando a la categoría de símbolo de la nueva resistencia en la percepción popular y que es más que un espacio físico: es un territorio de disputa social. Y también de pelea política, cuando la política debe bajar a la calle o la ruta.
La autopista Panamericana, en la zona norte del Gran Buenos Aires, un escenario de querella donde muchos ven que se juega un parte de su propio futuro.
Ya en el primer punto de la nueva Carta Abierta se afirma: “Si en Wall Street observamos, bajo el poderoso influjo de un nombre que provocó novelas, películas, teorías económicas y metáforas diversas sobre el capitalismo, la nueva actuación de un dominio financiero aliado a perfeccionados roles de viciadas prácticas judiciales, a miles de kilómetros de distancia, en el escenario social, comunicacional y de circulación de nuestra ruta Panamericana, vemos una discusión ostensible sobre los derechos sociales que emanan de las diversas situaciones que se producen ante decisiones de gerencias empresariales”.

Los intelectuales kirchneristas tienden a traducir todo hecho político o social al nivel de una “discusión”, pese a que esta particular “discusión” se libra con cortes, piquetes, palazos, balas de goma, gas pimienta, Gendarmes caranchos, heridos y detenidos. Una “discusión” que se parece mucho a la lucha de clases, que después de todo, no deja de ser una discusión pero por otros medios.En este particular debate toman parte actores concretos, con nombre y apellido que el estilo temeroso de la crítica cartaabiertista tiene prohibido nombrar. Los defensores de los “derechos sociales” son los obreros de la autopartista Lear y la gráfica Donnelley (hoy MadyGraf) que enfrentan a las “decisiones de las gerencias empresariales” de estas corporaciones en un cuerpo a cuerpo que ya es mucho más que una lucha por sus propios intereses particulares. Unos ocupando la fábrica para ponerla a producir bajo su control y otros en una batalla cotidiana por la Panamericana, para reclamar por sus puestos de trabajo.

La cuestión es que estas “decisiones de gerencias empresariales” fueron sostenidas y bancadas por otras decisiones tomadas en las jerarquías de los ministerios y de las nuevas fuerzas de seguridad (además de las conducciones de sindicatos como SMATA).
“No es así como todos esperamos que se traten las necesidades y carencias de sectores de la población que son víctimas antes que agentes de actos furtivos o comercios ilegales. Si en los funcionarios del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y de otros territorios del interior donde no se democratizaron las fuerzas policiales durante 30 años, estas conductas no dejan de ser previsibles, son inaceptables en las voces que representan al gobierno nacional”, afirma Carta Abierta. La voz cantante, tan inaceptable como prudentemente innombrada en la Carta Abierta es la del jefe de los “gendarmes caranchos”, el Secretario de Seguridad, Sergio Berni. La cara pública del nuevo orden kirchnerista. Mientras los discursos parlamentarios del oficialismo siguen planteando -Ley de Abastecimiento mediante-, la necesidad de que el Estado le ponga límites al mercado, en la realidad, el único límite que se pone y a los palazos es a los que reclaman por sus puestos de trabajo. En la “discusión” que se libra en la Panamericana unos parten con ventaja: tienen al aparato del Estado de su lado.
Símbolos
Más allá de estas limitaciones de la crítica oficialista, que la Panamericana haya logrado atravesar las paredes de la Biblioteca Nacional es muy significativo.

Si 1989 tuvo a los saqueos -que comenzaron en Rosario y luego se extendieron-, como una marca simbólica del fin de ciclo alfonsinista, y a finales de los ’90 ese lugar lo ocupó la Ruta 3 de La Matanza y sus mega-piquetes de los desocupados; la Panamericana comienza a ser el emblema de la resistencia social del fin de ciclo kirchnerista. Esto registra la potencialidad social y hegemónica de los sujetos protagonistas y en cierta medida una síntesis de la experiencia histórica reciente.
En un artículo titulado “Los hijos de fierro”, el último número de la revista Crisis también toma nota de esta realidad y pone su ojo en la Panamericana. “En esa postal a cielo abierto de las costuras del modelo que ofrece cada día la ruta Panamericana, asoma un nuevo sujeto. Casi diríamos, ‘el hijo del kirchnerismo real’: el delegado de la fábrica. A media distancia muchos oficialistas, habituados al confort ideológico de la educación televisada del Gobierno, solo ven en ellos el rictus típico del trotskista militante. Esa figura del costumbrismo político que empioja los ‘cursos naturales de la historia’. Para el sindicato clásico peronista, que ni se inmutó con la década de la memoria, son la “zurda loca” sobre la que volver a depositar el remanido autoritarismo gremial”.

Más que “hijo del kirchnerismo real” el nuevo sujeto que el delegado representa es el producto de la recuperación económica (basada en devaluación y viento de cola) y las medidas de pasivización que debió tomar el kirchnerismo para salir de la crisis del 2001, sumado al empuje militante de la izquierda clasista. Solo en un sentido muy general y metafórico puede entenderse como “hijo del kirchnerismo real”; y en todo caso, si así fuera, parece ir a la búsqueda acelerada del parricidio. Ya que el “kirchnerismo real”, el de los factores reales de poder, como la Gendarmería y los sindicatos clásicos peronistas es el que está garantizando la pérdida de sus elementales derechos sociales.
Culmina la Carta Abierta 17: “En las amplias alianzas sociales y nacionales que esto implica, será necesario entonces que la interpretación del conflicto social como los que habitualmente ocurren al costado de la ruta Panamericana –flujo vital, económico, poblacional, simbólico, técnico, laboral– no se presten a los habituales considerandos de un macartismo fuera de tono, de historia y de lugar, proferidos por aquellos dirigentes sindicales cuya representatividad política está perimida hace algunas décadas”.
El kirchnerismo real ya lo interpretó a su manera, muy distinta a la que pide el kirchnerismo utópico que se reúne en la Biblioteca Nacional. La única interpretación alternativa posible está en manos de los “hijos de fierro” que hoy libran su “debate” (y su combate) en la Panamericana.