Argentina saudita

Por Gonzalo Neidal

vaca muerta telamLos precios de los alimentos están bajando en el mercado mundial como consecuencia de la gran cosecha estadounidense. El viento de popa está aflojando. Pero no hay nada que temer: Dios es argentino. Y si faltaba algo para demostrarlo, ahí está Vaca Muerta, que nos transformará en un país petrolero. Es cierto que, para que esto ocurra, deberemos invertir unos 10.000 millones de dólares por año a fines de poner en producción este formidable yacimiento. Deberemos sortear también todo el debate acerca de si el “fracking” (la técnica de extracción) atenta contra los equilibrios ecológicos o no. La discusión y la pelea consiguiente será dura y de resultado incierto. Pero ya vislumbramos una nueva renta para explotar y para no depender de la producción agraria, si es que ésta entra en un cono de tranquilidad y caída en materia de precios.
Con Vaca Muerta tendremos la “vaca atada”, o sea un seguro de provisión de recursos que quizá podrá protegernos de los avatares desfavorables del mercado mundial y de las oscilaciones del ciclo económico global.
La presidenta ha dicho que ya hay analistas que comparan a la Argentina con Arabia Saudita, el gran país petrolero. En verdad, allá el petróleo está mucho más accesible que aquí. Nosotros tenemos shale oil y shale gas, lo que supone fuertes inversiones para su extracción. Pero la existencia de Vaca Muerta no deja de ser una gran noticia como reserva de recursos naturales que significarán fuertes ingresos de fondos para el país en un plazo que puede oscilar en una o dos décadas.

Maldita riqueza
Que la riqueza natural no es un pasaje directo a la prosperidad permanente, es una de las grandes lecciones de la Historia. Quien mejor lo sintetizó fue el Premio Nobel de Economía Simón Kutnets, que bromeó diciendo que hay cuatro clases de países: desarrollados, subdesarrollados, Japón y la Argentina.
Es que nuestro país siempre ha generado perplejidad entre los economistas. No se explican cómo puede ser que, pese a nuestra riqueza natural, chapoteemos siempre en problemas, estallidos, ausencia de un desarrollo consolidado, a la vez que tengamos también altos niveles de pobreza e indigencia.
Japón, en el otro extremo, con un tercio de su pequeño territorio ocupado por montañas, sin petróleo ni recursos naturales diversos, ha alcanzado un alto nivel de desarrollo.
En realidad, los recursos naturales no son una garantía de nada. Ahí está Venezuela para atestiguarlo. O, más atrás, el caso de la propia España al momento del Descubrimiento de América, cuando fluían a la península barcos repletos de oro y plata, que no le sirvieron para sortear su condición de país más pobre de Europa. También está a la vista el propio caso de los países árabes, a los que la bendición de un subsuelo abundante en hidrocarburos no les ha sido suficiente para construir países productivos y económicamente potentes.
Comparados con estos ejemplos, el llamado “mal holandés”, la abundancia de recursos producida por el descubrimiento de combustibles en el Mar del Norte, es apenas un trastorno financiero de la abundancia de recursos.

El populismo que vendrá
Aunque hoy pueda significar un pronóstico osado y arbitrario, es probable que el flujo de riquezas que pueda provenir de la explotación petrolera de Vaca Muerta, pueda volver a caer en el barril sin fondo del despilfarro populista, si es que no cambian los conceptos y las condiciones para esos recursos –todavía potenciales- puedan ser aprovechados para la acumulación de capital y el desarrollo.
Esto ocurrirá irremediablemente si no aprendemos las lecciones de la pasada década, la del despilfarro kirchnerista. Al contrario, una nueva fuente de recursos podrá servir, por ejemplo, para estimular la creación de una nueva oleada populista, esta vez financiada por el petróleo. Y entonces sí se cumplirá la profecía que arriesgó Cristina al compararnos con Arabia Saudita.
No es la abundancia de recursos lo que transforma a un país. Si carece de una dinámica de acumulación, no hay recursos que alcancen. Si la abundancia de fondos no se transforma en infraestructura, vías de comunicación, transporte, tecnología, industrias, mano de obra adaptada a los nuevos tiempos, técnicos y científicos que aporten al desarrollo, entonces los problemas actuales se perpetuarán aún bañados en oro.
A partir de la abundancia de recursos se abren dos caminos. Uno, el de su aprovechamiento rumbo al desarrollo económico y social. Al final de esta senda habrá una sociedad dinámica, trabajadora, con oportunidades, con creatividad, con menos pobres, más ricos y clase media, con aprovechamiento útil de las riquezas con que la naturaleza nos favoreció.
Pero este camino no es inevitable. Existe otra posibilidad: la del populismo y el despilfarro. Con la consigna siempre lista de favorecer a los pobres (que sin duda recibirán un alivio temporario), se los condenará a una marginación subsidiada.
De Vaca Muerta puede salir un país múltiple y potente o una sociedad ociosa y dilapidadora.
Dependerá de los gobiernos que elijamos.
O sea, dependerá exclusivamente de nosotros mismos.